Cartel de la películaEl boca a boca funciona de vez en cuando como un sistema de promoción inmejorable. Yo, que no hago mucho caso de la tele, que apenas si he visto un par de las delirantes parodias de Homo zapping, no había prestado demasiada atención a Tapas, una producción española, dirigida y escrita por José Corbacho (el mismo showman del programa de Antena 3 que fustiga a media humanidad con sus tronchantes imitaciones) y Juan Cruz. Me la recomendaron vivamente, y fui a verla antesdeayer, con ciertas prevenciones que se desvanecieron a los cinco segundos de comenzar la película.

Tapas consigue que el espectador se identifique con su historia, con el ambiente que retrata, con su riquísima galería de personajes, desde los primeros fotogramas. Hay una poderosa corriente de autenticidad, de vida bulliciosa y un tanto anárquica, que recorre todo el filme con una fuerza avasalladora. Y hasta las sensaciones físicas que emanan del retrato de la vida de barrio -rodada en Santa Eulàlia, en L’Hospitalet de Llobregat, que es el barrio donde nacieron y se criaron sus directores-, el calor sofocante, la luz intensa, mediterránea, el apiñamiento, la bullanga, los sonidos de la calle, son inmediatas, poderosas y creíbles.

Este retrato abigarrado de la vida de un barrio charnego (es curioso que el único catalán que se oye, aparte de algún “nen” y “adéu”, sea el que sale de la tele), se expresa en forma de comedia agridulce, que mezcla en una combinación muy lograda el humor, las pequeñas y no tan pequeñas tragedias cotidianas, los dramas de la soledad y el dolor, la ternura y el sarcasmo, lo delicado y lo soez. La mezcla funciona, pues tiene la virtud, cada vez más rara en el cine español, últimamente obsesionado por el prurito de huir del costumbrismo y de cultivar una modernidad superficial y absurda, de conducir al espectador por los terrenos de la picaresca y el sainete (géneros que siempre han sido propicios al cine español), aquí actualizados fructífera, vigorosamente, gracias a un sólido conjunto de personajes cotidianos -el jubilado enfermo, su esposa que complementa con el trapicheo de estupefacientes la magra pensión, el propietario de un bar que sólo piensa en el beneficio material, la mujer abandonada que busca en los chats el alivio a su soledad, los jóvenes sedientos de sexo y experiencias, el emigrante chino, subempleado como cocinero-, todos ellos tocados por un halo de autenticidad que el espectador recibe como un chorro de aire fresco.

He mencionado el género de la picaresca, y también se podrían traer a colación los nombres de otros magistrales observadores de la realidad social española -Cela, Ignacio Aldecoa, Valle-Inclán, hasta Galdós-, cuya influencia me parece evidente, no sólo por la amplitud y profundidad de la mirada de los directores, sino por su atención al detalle, por la concreción de los gestos y de las palabras y, sobre todo, por la calidad de algunos diálogos. Lo literario, en el mejor sentido de la palabra, está muy presente en Tapas: la expresividad vulgarísima de los jóvenes reponedores del supermercado, las delirantes conversaciones (en realidad monodiálogos de Lolo) entre el propietario del bar y su cocinero chino (qué magnífica escena aquella en que Lolo le pregunta a Mao: “¿por qué un cocinero tan cojonudo como tú se viene aquí desde HongKong?”, y el otro responde con su castellano achinado: “pol amol”), las conversaciones en la tienda de Raquel, cuyas clientas se dedican con maliciosa retranca a despellejar al prójimo… los ejemplos se podrían multiplicar hasta el infinito. Incluso hay escenas sin palabras -algunas de las que muestran al perrito que Doña Conchi libera de su encierro en un coche abrasado por el bochorno barcelonés-, que en su ternura, en su emocionado patetismo cotidiano, trasladan al espectador el espíritu de la mejor literatura.

Las películas de personaje colectivo (a mí no me gusta nada el término “coral”, que tanto se lleva ahora), como Tapas, no serían nada si no fuera por sus intérpretes. Habría que rendirles homenaje a todos, pues la mayoría están “sembraos”, que diría un castizo. Me conformaré, sin embargo, con destacar a dos o tres: Elvira Mínguez, que lleva a cabo un prodigio de actuación con su papel de mujer madura y anhelante de compañía y cariño; Ángel de Andrés, un actor inmenso en todos los sentidos del término, que da la impresión de no actuar en absoluto, como si hubiera hecho el trabajo de propietario de bar toda su vida; o Rosario Pardo, absolutamente genial en su papel de prostituta sensata (ella preferiría llamarse “puta”, con las cuatro letras brutales de uno de esos raptos de sinceridad aplastante que tanto la caracterizan) que sabe cantar a sus clientes las verdades del barquero.

A Tapas le sobra algún exceso romántico, sensiblero y pretencioso, por ejemplo, en el desenlace de la historia de los jubilados, que va ilustrado por un tema musical (“Fly me to the moon”) totalmente inapropiado para el tono general de la película. Y le falta cierto brillo en la producción, un fallo que cabe mirar con simpatía habida cuenta de sus características, pero que tiene consecuencias muy desagradables: en concreto, varios episodios de un sonido directo infame, en los que resulta prácticamente imposible entender las conversaciones de los personajes. Con todo y con eso, esta primera película de Corbacho y Cruz constituye una gratísima sorpresa, y acaso también un punto de referencia para una tarea pendiente del cine español contemporáneo: la de cumplir con aquella modesta aspiración del Mairena machadiano, el retrato de “lo que pasa en la calle”. Tan modesta, sí, y tan difícil.

Casi todas las reseñas que he consultado son muy elogiosas; véanse, por ejemplo, las de Miguel Á. Refoyo, de Tònia Pallejà y de M. Torreiro. En el otro platillo de la balanza, la durísima crítica de Beatriz Martínez.

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