Hacía ya bastante tiempo que esta categoría andaba huérfana de novedades, porque, claro está, no todos los días se cruza uno con un tigre que se deje enjaular en ella.

El pasado domingo, durante una visita al Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, por fin cayó en mis redes un precioso ejemplar hembra del felino rayado (que es hembra no lo afirmo yo, sino los carteles explicativos del museo), capturado por la cámara fotográfica en el momento cumbre de su existencia: cuando se dispone a dar el golpe de gracia a una de sus presas, todavía más aterrada que ella.

Y es que la vida no debía de ser fácil ni siquiera para las fieras del circo. No, no debió de ser nada agradable la existencia de esta hermosa y desgraciada tigresa, traída de las selvas de la India o de la remota Hircania, y trasplantada, sin saber por qué secretas artes de magia, a las ardientes y sangrientas arenas del Anfiteatro de Emerita Augusta. De sus rugidos y de sus inútiles zarpazos se reirían los veteranos favorecidos por la concesión de tierras en la fértil vega del Guadiana (por allí se pasearon las enseñas de la V Legio Alaudae, la VI Legio Victrix y la X Legio Gemina), que a buen seguro ya habían echado una oronda tripa cuando asistieran a este simulacro de cacería.

Hubo, sin embargo, alguien que no tuvo tiempo ni ganas de reírse: un pintor, quizás un esclavo, capaz de capturar la trágica belleza de la tigresa y el jabalí, y de plasmarla con hábiles pinceladas sobre los estucos del anfiteatro emeritense. No sabemos el nombre del pintor ni el de los legionarios o los patricios que aplaudían a sus anchas en el circo; sólo han sobrevivido los ojos feroces de la tigresa, el gesto terrible del animal que da muerte a otro sin saber que la suya está muy próxima.

IMG_3987