Cartel de la películaÉsta es la tercera película del director neozelandés Andrew Niccol, y también la tercera que veo. Las dos anteriores (Gattaca, de 1997, y S1m0ne, de 2002) me gustaron mucho, especialmente la primera, una mezcla de ciencia ficción y thriller muy original, que destacó en su momento por una puesta en escena escueta, contenida, casi minimalista, con la que sin embargo lograba crear una exquisita y fascinante ambientación futurista.

En El señor de la guerra Niccol abandona los derroteros fantásticos que habían recorrido sus películas anteriores para abordar un tema de estricta actualidad: el de los traficantes de armas que equipan con su mortífera mercancía a los ejércitos de toda clase de caudillos, dictadores y tiranos del Tercer Mundo. Es curioso, por inesperado, el enfoque con el que se aborda la historia, ya que la narración en primera persona, presidida por la voz en off del protagonista, privilegia la perspectiva de un personaje amoral y cínico, que sólo cree en su propio beneficio y observa las consecuencias de su singular comercio con una mirada sarcástica y abundantes dosis de humor negro.

Esa perspectiva es el mejor hallazgo de la película, pues proporciona incontables oportunidades para diálogos afilados como cuchillas (como cuando le dice Orlov al agente Valentine, su perseguidor implacable e infructuoso: “su jefe [se refiere al presidente de los Estados Unidos] vende en un sólo día más que yo en todo un año”), pero también la vía por donde se le abren algunas grietas. En efecto, la inmediatez de la narración concede a toda la historia un irreprochable marchamo de credibilidad y verosimilitud, abonado por una magnífica realización, por la intensidad de la interpretación del actor protagonista (un Nicolas Cage muy convincente) y un despliegue de medios materiales y técnicos que, en algún caso (por ejemplo, en las secuencias que transcurren en los arsenales de una base militar ucraniana, justo tras la caída de la Unión Soviética, entre filas interminables de tanques T-80, listos para su venta al mejor postor) dejan al espectador con la boca abierta.

Sin embargo, hay algo en el tono del relato que no acaba de encajar con los objetivos de una película que, con toda evidencia, se propone condenar el negocio del tráfico ilegal de armas: tal vez el cinismo rampante del protagonista (que sólo siendo cínico puede sobrevivir en el deletéreo juego de imposturas en que ha convertido su vida), tal vez los elementos grotescos que, de vez en cuando, puntúan la narración, tal vez ese humor negro, negrísimo, con el que el personaje de Yuri Orlov aborda sus negocios e intercambios comerciales. No digo que sean inverosímiles, ni que carezcan de interés (más bien al contrario; de hecho, uno de los personajes más siniestros de la película, el del presidente de Libería, resulta fascinante por el humor arrogante y cruel que practica). Lo que quiero decir es que su reiteración interpone una barrera entre las intenciones de la película y el modo en que la percibe el espectador.

Lo que acabo de describir es un efecto de “extrañamiento” claramente deliberado, cuya originalidad y pertinencia no cabe discutir a un guionista tan competente como Andrew Niccol (autor no sólo de los guiones de sus tres películas, sino de filmes tan interesantes como El show de Truman y La terminal). Ahora bien, tengo mis dudas de que la eficacia narrativa acompañe a semejante estrategia, pues hay más de una ocasión en que el espectador, lejos de mantener la distancia pretendida, está a punto de identificarse con el protagonista.

Lo cual es casi inevitable, porque el traficante Yuri Orlov es un comerciante lleno de recursos, un hombre capaz de llevar una doble vida (como él mismo dice, “lo realmente difícil es llevarla triple o cuádruple”), de seducir a mujeres bellísimas y a mafiosos de corazón de roca, un individuo que sabe mantener la cabeza fría en momentos de máxima tensión y que conoce perfectamente qué precio ha de pagarse por la voluntad del prójimo. En este sentido, la película tiene algo de la magia picaresca de esas historias de delincuentes magistrales (en más de una ocasión la película me recordó a El general, de John Boorman), que triunfan sobre los agentes de la ley con ingenio, con elegancia y con una sonrisa. El problema es que tras los donaires de Orlov hay sangre y sufrimiento a raudales, y que su cinismo corre el riesgo de convertirse en una mueca insoportable, que alguno de los personajes (por ejemplo Vitaly, el hermano pequeño de Yuri) es incapaz de sobrellevar.

Con todo, y aunque no esté libre de defectos y contradicciones, El señor de la guerra es una película muy interesante, que no desmerece en absoluto en comparación con otros títulos del moderno cine político y de denuncia. Lo es, por ejemplo, por su puesta en escena, que contiene varios hallazgos visuales. No hay duda de que el más impresionante es el de la secuencia en cámara subjetiva que cuenta la historia de la fabricación, transporte y empleo de un cartucho de AK-47, mientras desfilan por la pantalla los títulos de crédito iniciales. También me pareció muy lograda la secuencia que sigue al aterrizaje forzoso de un avión de transporte lleno de armas en un campo africano: para librarse de las pruebas que le incriminan, Orlov regala su mercancía a la gente que ha asistido atónita al aterrizaje; por la noche, cuando la policía ya se ha ido, y ante los ojos estupefactos del traficante, los campesinos africanos desmontan el enorme carguero pieza a pieza, como si fueran hormigas que descuartizan un cadáver y se llevan sus restos al hormiguero.

Otro aspecto que merece la pena destacarse es el duelo entre Orlov y el agente Valentine (Ethan Hawke, un habitual de las películas de Niccol, que estaba espléndido en Gattaca, y también aquí), del que siempre sale triunfante el protagonista, gracias a mil y una marrullerías y al dominio de las artes de su oficio. Es una lástima que la trama no insista más en los encuentros entre estos dos personajes (demasiado inconstantes, demasiado espaciados a lo largo del metraje, para mi gusto), pues sus diálogos son, probablemente, los mejores de toda la película, los más demoledores, los más ácidos y corrosivos.

No quiero revelar completamente el desenlace, pero sí apuntar un detalle que revela bastante del tono y actitud del filme. Hay un momento en que parece que el personaje de Orlov va a redimirse de sus pecados, gracias al amor por su esposa e hijo, y gracias también a la presión policial, que le obliga a replantearse la rentabilidad del negocio. No sería una salida inconsistente, habida cuenta de la importancia que para el protagonista tienen los lazos familiares y del sincero cariño que profesa a sus seres queridos. Sin embargo, la película evita esta resolución, tan habitual en el cine norteamericano (uno de cuyos tópicos es que todo, hasta los crímenes más terribles, se perdona por amor), y opta por un desenlace mucho más sólido y a la vez mucho más amargo. Tras un diálogo estremecedor -“no te deseo el infierno porque ya vives en él”, le dice Valentine a Orlov, tras lo que parece (pero sólo lo parece) su captura definitiva-, llega un impresionante plano de un villorrio africano, el suelo convertido en una alfombra de casquillos de Kalashnikov, que es el mismo con el que comenzó la película.

Efectivamente, el infierno sobre la Tierra debe de ser algo parecido a la vida de Yuri Orlov, un hombre sin familia, sin amigos y hasta sin rivales, cuya única justificación para traficar con la muerte es, como él mismo dice, que es muy bueno en ese negocio.