Cartel de la películaA tenor de lo que vi el viernes en Invasión, cabe concluir que sí, que es probable que lo sea. La doctora Bennell, la distinguida psiquiatra a la que presta su longilínea percha la actriz australiana, es acosada, asediada, asaltada, golpeada y expuesta a toda clase de violencias y terrores, incluso le vomita encima su marido, en una secuencia que debería pasar a la historia del cine como una metáfora del machismo recalcitrante que se resiste a dejar paso a una “feminista posmoderna”, por utilizar la definición que de sí misma ofrece la protagonista en una secuencia clave del film. Y a pesar de todo, Nicole Kidman no pierde nunca el look impecable, de altísima e inabordable estatua de sal, que la caracteriza en sus últimas películas.

Que conste que yo no tengo nada contra ella, antes al contrario. A mí me gusta mucho, como actriz y como mujer, qué diablos, aunque tengo la impresión de que con el correr de los años se ha ido desnaturalizando, y perdiendo ese punto de turbia y elegante perversidad que la hacía tan atractiva en películas como Calma total, Malicia, Prácticamente magia y, sobre todo, Eyes Wide Shut. Convertida en uno de los últimos exponentes del glamour hollywoodense, cada vez se la ve más pluscuamperfecta, pero también más estirada, más fría. Además, por mucho que se esfuerce, la Kidman resulta rotundamente increíble en papeles de heroína de acción (en Invasión hay una secuencia delirante, cuando la doctora Bennell trata de huir de Baltimore, con el coche prácticamente enterrado por los cuerpos de los no-humanos que quieren hacer que se duerma y despierte convertida en una de ellos), especialmente cuando el guión trata de hacerlos compatibles con las funciones de madre-abnegada-pero-al-mismo-tiempo-profesional-intachable, como pretende la película de Oliver Hirschbiegel.

Que la película parte de una situación de desventaja, sobre todo si el espectador le tiene afición al género de la ciencia ficción, parece difícil de negar, claro. A quién se le ocurre competir con un clásico tan redondo como La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, de Don Siegel) y encima empeñarse en subrayar, dándoles la vuelta, los elementos alegóricos que el film de Siegel ocultaba cuidadosamente. Por la vía de la hipercaracterización y el énfasis es fácil caer en el ridículo, y por eso no es extraño, como ocurrió en la sesión a la que yo asistí, que en la secuencia en que aparecen George Bush Jr. y Hugo Chávez (bueno, las versiones “deshumanizadas” de ambos dirigentes) en amorosa y feliz conversación, un par de espectadores se rieran a mandíbula batiente.

Aunque, puestos a hacer lecturas alegóricas, como se hicieron tantas del original, a lo mejor ocurre que los tiros van por otra parte. ¿Quién nos dice que esta enésima versión del tema de la invasión alienígena y la pérdida de la individualidad no va, en realidad, de alegato posfeminista a favor del derecho de la mujer a elegir, y en contra el resentimiento de los hombres por no poder manejar a su antojo a una señora de virtudes tan eminentes como las que acumula la doctora Bennell? Así tendría sentido la rapidísima afiliación del ex marido (un Jeremy Northam verdaderamente inquietante), que nunca ha podido soportar no haber sido para su mujer la primera prioridad, al bando de los no-humanos. Como también lo tendría la transformación del médico que interpreta Daniel Craig, quien se pasa la película poniendo ojos de carnero degollado y sólo recibe como recompensa a sus atenciones un beso fugaz, más propio de una película de los años cuarenta que de un film contemporáneo.

En fin, no quiero pasarme de sarcástico, porque lo cierto es que la película de Oliver Hirschbiegel no es tan mala que obligue a extremar las tintas. Incluso con su final acomodaticio y enfático, tan distinto de la siniestra amenaza que transmitía el film de Don Siegel, y a pesar de las fisuras del guión y el escaso empaque de las situaciones y de los personajes, se deja ver. Como entretenimiento para la noche del viernes tiene un pase, siempre que el espectador no sea demasiado exigente, o excesivamente nostálgico de los clásicos de serie B.

Una nota final, entre ansiosa y escéptica: antes de Invasión se proyectó el tráiler de Soy leyenda, una reciente adaptación de la novela homónima de Richard Matheson, en esta ocasión protagonizada por Will Smith, y cuyo estreno está previsto para las navidades de 2007. Me acordé enseguida de El último hombre vivo (The Omega Man), que fue una de las películas que más me impresionaron en mi adolescencia. No sé si frotarme las manos de gusto, o echarme a temblar… En cualquier caso, aquí dejo uno de los tráilers promocionales.
http://es.youtube.com/watch?v=fgyO8jl2pGM