Algo que me gusta de los veranos es que, sin proponérmelo y sin especiales esfuerzos, descubro o redescubro algún pequeño placer relacionado con la lectura. El verano pasado fue Brooklyn Follies de Paul Auster, y hace unos cuantos quedé completamente atrapada por el crimen victoriano de Anne Perry, especialmente con la serie del inspector Thomas Pitt. En principio, me atrajo lo propio del género (el crimen, las pistas, los sospechosos), pero la trama, la investigación y el suspense no eran lo más atractivo. Y así empecé una relación afectiva con aquel Londres de finales del XIX, donde Pitt y su esposa Charlotte diseccionan pasiones, analizan almas atormentadas y denuncian el mal en sus múltiples facetas.

Agotadas las existencias de Anne Perry, he dado con otra serie, también del género policíaco, en principio muy distinta a la victoriana. He cambiado el Londres decimonónico por la Venecia contemporánea de Donna Leon, y a Pitt y Charlotte por Guido Brunetti y su esposa, Paola Falier. A primera vista, pudiera parecer que una serie y otra sólo tienen en común el género y el hecho de contar al frente de las investigaciones con un marido, que es el comisario o inspector encargado del caso, y la cónyuge respectiva, que colabora con agudeza y sutil ingenio en la resolución del misterio. Pero, a pesar de las diferencias, hay más similitudes.

En la serie de Thomas Pitt (Anne Perry) los escenarios londinenses de finales del siglo XlX ven desfilar una variada galería de personajes. El curso de las investigaciones traslada a Pitt desde las casas más encumbradas (Rutland Place, Callander Square) hasta los barrios periféricos y más deprimidos de Devil’s Acre o Spitaffield. Estos viajes le han proporcionado a Pitt un conocimiento bastante profundo del alma humana, del crimen, de la maldad, de la compasión, de la capacidad de perdón. Pitt ha sufrido en sus carnes desde niño los efectos de la injusticia, ya que su padre, guardabosques de un rico terrateniente, fue falsamente inculpado por cazar furtivamente, condenado y deportado. Thomas, gracias a la piedad del amo, se crió y educó con el hijo del terrateniente, pero ha llevado siempre clavados los años de soledad sin la figura paterna en casa, la vergüenza del delito sobre la familia y la impotencia por la injusticia cometida. Ya siendo un hombre, Pitt se ha comprometido a perseguir el mal y a tratar de devolver a la sociedad la deuda contraída por haber recibido una educación esmerada. A modo de anécdota, cabe decir que todos los que oyen hablar a Pitt por primera vez quedan asombrados por su correcta y esmerada dicción. No se explican cómo un simple policía (en el Londres victoriano los policías son poco menos que criados, y, además, de mal agüero) puede expresarse tan correcta y delicadamente. Por otra parte, su presencia física contradice su condición de pobre diablo: su extremada altura apabulla a más de uno y su peculiar desaliño (ropa arrugada, bolsillos sobrecargados por el peso de múltiples objetos) confunde a sus interlocutores. Un retrato somero acabaría por señalar un gusto bien formado en la pintura y en la música y cierta afición, cuando se lo puede permitir, por el teatro.

En la serie de Guido Brunetti (Donna Leon) el escenario es una Venecia también finisecular, pero esta vez del siglo XX. En algunos episodios todavía hablan en liras y sólo en alguna ocasión aparecen los modernos euros. Guido es un veneciano de pura cepa, que lleva el dialecto y las aguas de la laguna en la sangre. Le gusta la buena mesa, aprecia la belleza femenina, las flores y, sobre todo, los libros de historia, cuanto más antiguos, mejor. Su padre combatió en la Segunda Guerra Mundial y volvió de allá otro, taciturno y reconcentrado. Pasado el tiempo, a Guido aún le duele el recuerdo de ese padre desconocido. Regina, la mamma, excelente cocinera, está recluida en una residencia donde la tratan de un acusado Alzheimer que le impide reconocer a sus amados hijos. Guido fue siempre el intelectual de la familia, especialmente bueno en Letras (Latín, Griego, Historia) y gracias al esfuerzo de su hermano Sergio logró licenciarse en Derecho. Su empeño por alcanzar la verdad, sus tremendas ansias de justicia le llevan a ingresar en la policía y a lo largo de la serie desempeña el cargo de comisario en la questura que dirige el vicequestore Patta: engreído lameculos, pesadilla de Brunetti y de casi toda la comisaría, y un personaje delicioso que proporciona a Donna Leon una magnífica oportunidad para ejercitar diálogos ingeniosísimos.

Novelas de Donna Leon

Novelas de Donna Leon


Gran parte del encanto de ambas series radica, sin duda, en las esposas: Charlotte Ellison, casada con Thomas Pitt y Paola Falier, señora de Guido Brunetti. Al contrario que en otras novelas policíacas donde el inspector, comisario, o detective es un hombre frío, desengañado del mundo, solitario y casi misántropo, Leon y Perry han creado unos protagonistas masculinos tocados con la bendición de unas compañeras inestimables, por las que cualquier hombre de carne y hueso se vendería. En la primera novela de la serie de Perry, Los crímenes de Cater Street, un Thomas Pitt aún soltero aparece en una casa de clase media-alta donde conocerá a su futura esposa. Charlotte es una joven de fuerte carácter, apasionada, de lengua suelta y mordaz, pero capaz de una enorme compasión y ternura. Nunca se ha sujetado del todo a las normas y convenciones de su clase, para gran disgusto de sus padres y hermanas. Es la rebelde de la familia, un espíritu libre. En un primer momento, no se muestra nada receptiva ante la mirada penetrante e inteligente de ese policía Pitt que parece desnudar su alma cada vez que la mira. Pitt, que se ha enamorado profundamente de la pelirroja Charlotte, logra rendir su corazón. Y los dos, afrontando los fuertes prejuicios que condenan la unión entre un policía y una joven de buena familia, que podría casarse bien pese a su carácter rudo y sus modales bruscos, acaban en el altar. El hogar constituye desde este momento, tanto para Charlotte como para Pitt, un refugio cálido donde al final de la jornada los dos comparten confidencias, ríen y descansan. Y Charlotte, aprende, no sin esfuerzo, a llevar y dirigir un hogar modesto, a cocinar, a limpiar, a controlar mucho el dinero, a zurcir y a aprovechar bien la ropa. Su hermana Emily, que se ha casado muy ventajosamente con George, le facilita, a espaldas de Pitt, vestidos y ropa elegante. Poco después llegan los hijos, Jemima y Daniel, que acaban por colmar los sueños de Pitt. A Charlotte le gusta colaborar con su marido en la resolución de los casos. No sólo su perspicacia es valiosa sino que los contactos sociales que por nacimiento y familia posee en las altas esferas ayudan no pocas veces a Pitt. Charlotte acaba implicando no sólo a Emily y a George, sino a sus padres y, muy en especial, a una tía abuela de su cuñado, Lady Vespasia Couming-Gould, a quien las dos hermanas, Charlotte y Emily, cobran un intenso afecto. Y a pesar de que tras su matrimonio ha abandonado las comodidades, e incluso el lujo de su vida anterior, Charlotte siente que nada vale tanto como lo que ha conseguido en su hogar.

Paola Falier, esposa de Brunetti en la serie de Donna Leon, es la única hija de unos condes venecianos, inmensamente ricos: Orazio y Donnatella Falier. El conde no solamente tiene dinero, sino que goza de una privilegiada posición y de contactos en las altas esferas que pone más de una vez al servicio de su yerno Guido. Paola, al igual que Charlotte Pitt, ha rebajado notablemente su posición social a resultas de su matrimonio con el comisario Brunetti. Pero, también como aquella, la vida en el hogar que comparte con Guido, Raffi y Chiara (sus dos hijos) es su mayor éxito y recompensa. Guido y Paola se conocieron de estudiantes en la Universidad (en algún momento se cuenta que tropezaron en un pasillo) y fueron inseparables desde entonces. Así es como Guido accede a las entrañas de la clase privilegiada. Y, a pesar de que la relación con sus suegros es más que cordial, nunca se permiten, ninguna de las dos partes, sobrepasar la delgada línea que los separa. Paola defiende maravillosamente los fogones de su cocina, se entrega en la universidad como profesora de Literatura Inglesa y mantiene una afectuosa relación con sus padres. Como Charlotte, es una mujer inteligente, fuerte, muy combativa, que ha aprendido a cocinar para satisfacer el apetito exigente e insaciable de Guido y que disfruta de su vida familiar.

La intromisión de las esposas alcanza muy distinta intensidad según nos situemos en una serie o en otra. Si Charlotte suele participar intensamente en los casos de Pitt (muy a pesar de su marido), Paola Brunetti, en cambio, sólo comparte las confidencias de Guido cuando este, abrumado y desconcertado por los derroteros del mal, solicita de su Paola algún consejo. Charlotte, casi siempre a espaldas de Pitt, se introduce con pasión y efectividad en la trama: se disfraza, cambia de personalidad, enreda a otros personajes. El personaje de Paola, por el contrario, se limita a perfilar mejor la figura y el entorno doméstico y familiar de Brunetti. Es frecuente que en los finales de capítulo, llegue Guido a casa, deseoso del contacto con la familia, y Paola esté en la cocina preparando guisos reconfortadores. Entonces Guido abre una botella, toman él y Paola una copa, y envueltos en los aromas de la comida, esperan la llegada de los chicos. Yo siempre estoy atenta a estas escenas porque son para mí lo mejor de las novelas de Leon: la charla doméstica, las bromas sobre la glotonería Brunetti, los avatares del día. También en la cocina victoriana de Pitt, entre los aromas del té recién hecho y de los bizcochos, la conversación fluye más cálida y los personajes se humanizan.

Las dos series nos acercan tanto a Londres y a Venecia que las dos ciudades son personajes tan complejos e intensos como puedan serlo los humanos. Londres, a veces, se viste como una dama de alta alcurnia, prejuiciosa, que vive en una gran mansión con múltiples criados y una doncella personal, que asiste a bailes y cenas, a la ópera o al teatro, y que, en general, sólo ve la cara amable de la vida. Otras veces es una prostituta miserable o un raterillo que han vivido su infancia en un orfelinato, que han sido obligados a trabajar duro en las fábricas, que comparten vivienda con varias personas más, que viven en barrios pestilentes, y que aspiran únicamente a sobrevivir. En el Londres de fin de siglo desfilan la miseria de los antros insalubres y de la gente embrutecida por el alcohol y la pobreza; la persistente niebla, la humedad; la altivez y superioridad de los que se aíslan en sus clubs selectos a gozar entre el humo de sus cigarros; la delicada protección que debe brindarse a las damas; la dificultad de la clase media para vivir con cierto decoro; la compasión y caridad hacia los desfavorecidos; y el orgullo de una nación que está convencida de ser la cima del mundo civilizado. Por su parte, la Venecia de Brunetti está cargada de historia y temperamento; corrupta, magnánima, desprecia el automóvil y las bandadas de turistas. Al lector le es fácil imaginarse a sí mismo junto a Guido, recorriendo a pie esas calles retorcidas e imposibles, mirando los escaparates esplendorosos de flores y frutas y entrando en un enorme portón que da acceso al patio de donde arrancan las escaleras hasta los pisos (no hay ascensores en las viviendas venecianas). No es difícil tampoco sentir la humedad de la inminente acqua alta que invade las zonas más bajas.

Novelas de Anne Perry

Novelas de Anne Perry


La personalidad de los dos policías, Pitt y Brunetti, es otro elemento muy atractivo en las dos series. Ambos, desde una extracción social modesta, han mostrado una fuerte inclinación por la educación y el cultivo del conocimiento, preferentemente humanístico. A Thomas Pitt le interesa el alma humana. A Guido Brunetti, la historia, en especial la historia antigua, la que cuentan los historiadores romanos que relee una y otra vez. Los dos han decidido hacerse policías por un sentido de la justicia fuertemente enraizado y por un respeto casi reverencial por la verdad, de tal modo que cuando alguna suerte de injusticia asoma la cabeza sienten espoleado su afán y son implacables. El contacto asiduo con el mal en sus múltiples caras no los ha endurecido en exceso, sólo los ha convertido en más sabios, en más compasivos también, y aquellos que de una u otra manera los tratan, aprecian en ellos una bonhomía, que no parece estar ya de moda en los protagonistas del género policíaco, y a la que contribuye estrechamente la vida familiar satisfactoria que ambos llevan. Aquí es donde Perry y Leon justifican atinadamente la presencia y protagonismo de Paola y Charlotte.

Y, a veces, además de lidiar con el crimen y los delincuentes, hay que lidiar con los superiores. Y los dos (Guido y Thomas) saben lo que es tratar con jefes obtusos, ansiosos de medrar, extremadamente sensibles al poder que emana de los más privilegiados. En la serie de Anne Perry desfilan al menos tres superiores de Pitt. Dos de ellos son personas capaces, honradas, honorables, que tratan de desempeñar el cargo de comisarios en Bow Street del mejor modo posible. Ambos terminan por apreciar y valorar sinceramente a Pitt e incluso ayudan a promocionarlo en la profesión. Pero hay un tercero que dificulta mezquinamente la magnífica labor de Thomas, y sólo un temple bien domeñado y un muy sutil sentido del humor logran salvarlo de la insubordinación tentadora en las entrevistas que mantiene con él. En el caso de Donna Leon, Guido ha de enfrentarse al vicequestore Giuseppe Patta, cavaliere siciliano, “enviado a Venecia dentro de un plan concebido para inyectar sangre nueva en el sistema de investigación criminal” (Muerte en la Fenice, p. 61). Su origen siciliano lo hace desde el principio sospechoso en la questura. Es un tipo elegante, afectado, que viste como un figurín, que trabaja lo menos posible, que se atribuye cualquier mérito ajeno y que mantiene, y presume de mantener, excelentes relaciones y contactos con los poderes fácticos de la ciudad. Su incompatibilidad con Brunetti es notoria. Parece no procesar bien en su mente que Guido sea el yerno del conde Falier y eso hace que en algunas ocasiones frene sus impulsos de someter a su subalterno quien, por otra parte, parece absolutamente inconmovible y refractario al deslumbramiento que Patta está convencido de inspirar en sus subordinados. Creo haberlo mencionado ya, pero insisto: los diálogos entre Brunetti y Patta son verdaderamente descacharrantes. Brunetti, de inteligencia aguda, se muestra flemático, astuto, y desesperadamente perturbador. Patta, corto de miras, pagado de sí mismo, y receloso de los venecianos, intenta a toda costa instruir a Guido en sus obligaciones. Y junto a Patta hay que mencionar a su secretaria, la signorina Elettra, una joven muy atractiva, de exquisita elegancia y que torea estupendamente a su jefe, que es capaz de obtener cualquier informacíón, bien sea a través del ordenador, bien a través de sus múltiples contactos, y que se alía desde el primer momento con Guido y sus hombres.

Como es bien sabido, hay un modo casi universal (quizá los ingleses no piensen lo mismo) de celebrar un encuentro o un éxito: con una buena comida. Qué mejor homenaje puedo rendir, pues, a Perry y Leon que el de recordar uno de los aspectos más atractivos de ambas series: la comida y, sobre todo, las tertulias y el ambiente hogareño que en torno a la buena mesa se suelen crear. Siento un placer inmenso cuando Charlotte pone el agua a hervir, saca el bizcocho o la tarta del horno, sirve una buena ración de pastel y todos se arraciman en torno a las tazas del té fuerte y azucarado, sobre la mesa de la cocina, fregada una y mil veces y pulida con cera. En la serie italiana, mi estómago ha pasado por el dulce tormento de probar imaginariamente los innumerables platos que surgen de los fogones de Paola. Cada vez que cenan los cuatro Brunetti, también en la cocina, hay un placer añadido a la novela. Parece que los vea. Esta noche, tagliatelle con pimientos rojos y amarillos, ensalada de puntarelle con anchoas, chuletas, y de postre, un suculento pastel, bien cargado de fruta fresca y relleno de nata (Mientras dormían). Puro placer veneciano.

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