Esta es la primera de lo que espero constituya una serie de anécdotas relacionadas con mi inveterada afición por el cine. Cuando miro hacia atrás y hago memoria de infancia y adolescencia, siempre me veo a mí mismo con un libro entre las manos o ante la gran pantalla. Sí, es verdad que he practicado, y en algún caso, todavía practico, otras aficiones –ir al monte, jugar al fútbol o al tenis, montar maquetas, hacer fotos, salir de viaje-, pero ninguna a la que haya dedicado tantas horas como al cine o a los libros. Son, claro está, aficiones sedentarias que difícilmente dan pie a un anecdotario jugoso (nada comparable con lo que podrían contar los alpinistas, los buceadores, los árbitros de fútbol o los ligones de playa y discoteca), pero rebuscando en los recuerdos puedo hallar historias curiosas, emocionantes o sorprendentes.

El primer relato de la serie, que me temo va a ser un poco escatológico, tiene que ver con el cine de los Escolapios de Pamplona, cuyo ambiente multitudinario y bullanguero he evocado más de una vez en La Bitácora del Tigre y en Lengua en Secundaria. Allí vi unas cuantas películas infumables, pero también clásicos imperecederos y desde luego muchos títulos que por un motivo u otro se me han quedado grabados en la memoria: Espartaco, Un hombre para la eternidad, El último hombre vivo, El oro de McKenna, La jungla en armas, Hatari… No era raro que las películas se cortaran o se quemaran, que la proyección se interrumpiera con un intermedio más largo de lo debido, o que subiera al escenario un cura de voz tonante que exigía a la jovencísima audiencia silencio y respeto, pero allí acudíamos todos los domingos mi hermano y yo, con la paga quemándonos en los bolsillos, entusiasmados con la idea de gastarla con las golosinas del Mesié, como llamábamos al señor que regentaba el puesto de chucherías ubicado en el foyer.

Ver a toda aquella masa adolescente comiendo a dos carrillos, con poco o ningún respeto por las normas de urbanidad, era todo un espectáculo. Comíamos pipas de girasol (las cáscaras al suelo, por supuesto), maíz tostado, recortes, regaliz, gominolas, patatas fritas, chicles, caramelos diversos y un largo etcétera de productos cuyos envoltorios acababan dejando el suelo de la sala hecho un pecinal. Cómo y por qué se nos toleraba aquella antología de modales groseros es un misterio que yo nunca he conseguido comprender. Quizás los curas poseían una profunda pedagogía intuitiva y consideraban nuestras efusiones una válvula de escape para la inevitable tendencia juvenil a la algarabía, o quizás ocurría, simplemente, que nuestra alegría y capacidad de disfrutar, en aquellos años mucho menos cómodos que los que ahora vivimos, eran sinceras y genuinas.

He de admitir que todos los que solíamos asistir a aquellas proyecciones, unos más y unos menos, pero todos al fin y al cabo, éramos unos guarros, seguramente porque éramos chicos (varones, quiero decir) en una proporción abrumadora (al cine de los domingos venían pocas chicas), o tal vez porque entonces no eran habituales los melindres y las bambollas profilácticas con que la escuela actual aturde a los chavales de ambos sexos. Por aquel entonces yo tenía una costumbre que ahora me parece repulsiva, pero que practicaba con una especie de delectación clandestina y perversa: la de recoger de debajo de mi asiento, o del asiento de delante, los chicles que alguien había pegado allí, juntarlos con el que ya tenía en la boca, y hacer con todos ellos una bola gigantesca.

En alguna ocasión en que volví a casa con un pedazo de goma de mascar de proporciones descomunales mi madre se subió por las paredes, y me corrigió la mala costumbre a gritos (puede que también utilizara algún argumento más contundente), así que la conducta de alto riesgo duró poco tiempo. Creo haber sobrevivido a sus posibles efectos perniciosos sin haber contraído ninguna enfermedad infecto-contagiosa significativa, de la misma e inconsciente manera como sobreviví al traicionero patio de recreo del colegio (cuando llovía, se transformaba en una pista deslizante, muy peligrosa), a los matones que avant la lettre practicaban diversas variedades del bullying, y a mis propios arranques de chulería o mal genio.

Vale, ya sé que no es una anécdota de la que sentirse particularmente orgulloso (¡ay, cuando lean esto mis sobrinos!), pero tampoco tengo de qué avergonzarme, pues en aquella sala atronadora y febril me sentía joven, vivo, intrépido y, sobre todo, feliz.