La sima, de José María Merino

La sima, de José María Merino

Leyendo La sima, la última novela de José María Merino, me he visto en varias ocasiones dominado por una sensación de incomodidad de la que sólo he conseguido librarme casi al final del libro, cuyo desenlace, tan emotivo como esperanzador, se cuenta entre los mejores de toda la obra del escritor leonés. No era una sensación de extrañeza, pues los perfiles del mundo narrativo de Merino -la búsqueda de la identidad a través de la memoria, el regreso a los escenarios y las experiencias de la infancia, el lirismo en la descripción de los paisajes asociados a la memoria personal, la tendencia del personaje protagonista a la disolución y el anonadamiento en un tiempo no humano, que en otras novelas era el tiempo del sueño y en ésta el tiempo geológico de las rocas, brañas y espesuras de la montaña leonesa- son en La sima perfectamente reconocibles para cualquier lector que haya seguido la trayectoria narrativa del escritor.

No puedo aducir que me haya visto sorprendido, ni mucho menos defraudado, por la particular estructura narrativa de esta novela, con un narrador-protagonista que dirige su testimonio a tres narratarios diferentes y un contraste evidente entre el breve tiempo interno en que se despliega el relato y el larguísimo lapso del tiempo evocado, que tiene su centro de interés en la Primera Guerra Carlista y la Guerra Civil, pero que de hecho considera también episodios mucho más antiguos, como la Reconquista, la expulsión de los judíos, las guerras civiles entre pizarristas y almagristas en el Perú colonial y hasta los homínidos de Atapuerca. Finalmente, tampoco me he sentido decepcionado por la elaboración literaria del discurso narrativo, incluso a pesar de ciertos momentos en los que el discurrir de la historia se ve entorpecio por cierto prosaísmo o sequedad que no condice con el lirismo y la emoción tan característicos de gran parte de la narrativa meriniana.

Creo que mi incomodidad deriva de un hecho que certeramente señala J. Ernesto Ayala-Dip en su reseña de La sima, cuando afirma que “el presente resulta por momentos demasiado cercano. Como si en su aspiración a novela se hubiera empantanado en una crónica”. Si el reparo tiene sentido, no lo es por la escasa distancia temporal entre los acontecimientos mencionados en el relato -los constantes enfrentamientos que vienen presidiendo la reciente vida política española, los acontecimientos del 11-M, la elaboración del nuevo estatuto de Cataluña, la guerra de Irak y las reacciones que suscitó en la población de nuestro país la participación de tropas españolas en la contienda-, pues también sobre lo inmediato cabe construir valiosas ficciones literarias, sino sobre el hecho de que esos sucesos están puestos por el autor al servicio de una idea previa -la tendencia al cainismo y el enfrentamiento fratricida- que el protagonista del relato, tras cuya figura no parece arriesgado adivinar al propio autor, considera no sólo una amarga constante de la historia española, sino un rasgo constitutivo de su propia y dramática biografía.

Volveré sobre este aspecto más adelante, pero para entender lo que acabo de decir conviene precisar algunos detalles del argumento de la novela, protagonizada por un joven historiador de treinta y cuatro años, Fidel, que acude a un pueblo de la montaña leonesa en los últimos días del año 2005 (la novela comienza un 28 de diciembre y termina el día de Reyes) para redactar su tesis doctoral sobre la Primera Guerra Carlista. Conforme se desarrolla la trama, el lector comprende que la obstáculos que encuentra Fidel para avanzar en su estudio no se deben a las dificultades objetivas de su labor, sino a una condición melancólica que tiene mucho que ver con las tragedias que han presidido su vida: la temprana muerte de sus padres en un accidente, el convencimiento de que su abuelo materno tuvo una participación destacada en los crímenes protagonizados por los sublevados durante la Guerra Civil, y sobre todo la ruptura traumática con la mayor parte de su familia. La sima de Montiecho, que da título al libro, no sólo es un elemento objetivo del paisaje de la novela y el escenario de la exhumación de las víctimas republicanas arrojadas a su seno durante la contienda, sino también un símbolo de la violencia fratricida y de las heridas, todavía no cerradas, que se han abierto en la memoria y en el carácter del protagonista.

Aunque su elaboración literaria y lo extenso y complejo de las anotaciones pongan en cuestión la naturalidad del artificio narrativo, la novela adopta la forma y la tonalidad expresiva de un diario en el que Fidel transcribe los progresos y los bloqueos que experimenta en el desarrollo de su tesis doctoral. Ahora bien, esta intención es en realidad un recurso destinado a ordenar el flujo de los recuerdos, sensaciones y sentimientos del personaje y someterlo al auténtico propósito de su testimonio, que no es otro que el intento de explicarse ante sí mismo y ante los tres destinatarios de sus palabras, todos ellos personajes de la novela (serían, pues, tres casos de narratario homodiegético, por utilizar la terminología de Gérard Genette): la doctora Valverde, una psiquiatra que le atendió en la fase más aguda de un proceso depresivo; don Cándido, un profesor de instituto en el que el protagonista encuentra el cariño y amparo que tanto ha echado en falta a consecuencia de la temprana muerte de su padre; y el profesor Verástegui, director de la tesis, cuya intervención en la trama, aunque muy sumaria, es de gran importancia para la configuración de uno de los elementos claves de la novela, la relación entre historia y ficción.

Las apelaciones a estos tres narratarios se distribuyen a lo largo del discurso de Fidel en distintas proporciones que no necesariamente son indicativas de su importancia, pues aunque quizás predominen las menciones a la doctora Valverde, no hay duda de que es don Cándido el personaje a quien el protagonista recuerda con mayor devoción y cariño. En cualquier caso, y si bien en ámbitos distintos, los tres desempeñan una función semejante, pues son para Fidel argumentos vivos de autoridad y constituyen un referente para el constante intento del protagonista por ordenar su vida, bucear en su memoria, y encontrar en el pasado personal, pero también en la historia de su familia y en la de su país, la explicación a su carácter y personalidad, en los que predomina un sentimiento de orfandad, desamparo y, finalmente, una profunda tristeza que le ha marcado de forma indeleble. De este modo, la redacción de la tesis sobre la Primera Guerra Carlista (quizás sería mejor decir la reflexión sobre la redacción de la tesis, pues durante su estancia en el pueblo Fidel avanza más bien poco en la investigación académica) se configura como un expediente para la búsqueda en la identidad personal.

Como ocurre en otras novelas de Merino (El heredero y sobre todo La orilla oscura serían ejemplos representativos del virtuosismo alcanzado por el escritor a la hora de ordenar y presentar sus materiales narrativos), hay varios ámbitos que se entrelazan en esta indagación: las relaciones familiares y de amistad, la educación afectivo-sexual, la indagación histórica, las reflexiones de carácter político. A mi modo de ver, no en todos ellos alcanza la novela el mismo valor literario ni la misma capacidad de conmover, emocionar y hacer reflexionar al lector. De hecho, yo creo que La sima resulta mucho más convincente en la evocación de la vida familiar, en la narración de las relaciones con el abuelo (un personaje muy interesante, a quien el narrador siempre recuerda con cariño y respeto, a pesar de sus diferencias y desencuentros), con sus primos José Antonio y Fernando, con los amigos del colegio y la carrera, y, sobre todo, en el por momentos bellísimo relato de su aventura sentimental con su prima Puri, que cuando el narrador ahonda en las reflexiones históricas, a veces abrumadas por el peso de lo ensayístico y documental, o cuando transita por los ásperos territorios del debate político, donde maneja materiales ciertamente peliagudos, y hasta peligrosos para el equilibrio de la novela.

En efecto, hay más de una ocasión en que el discurso del autor implícito se aproxima a lo que convencionalmente suele denominarse como “novela de tesis”, cuyos rasgos más característicos pueden advertirse en determinados aspectos. Por ejemplo, en cierto maniqueísmo que subyace a la caracterización de José Antonio, primo de Fidel y principal antagonista de la novela, cuyo nombre y sobre todo sus actitudes, invariablemente extremistas, suscitan en el lector el recuerdo de la “dialéctica falangista de los puños y las pistolas”. O, por ejemplo, en el hecho de que los abundantes debates sobre temas políticos que contiene la novela se encarnan en figuras cuya adscripción a bloques ideológicos claramente definidos les otorga poca libertad, escaso margen de maniobra como criaturas novelísticas. Que las tomas de posición del narrador y del autor empírico (la coincidencia entre ambos no es una suposición o inferencia mía, a tenor de las manifestaciones públicas de Merino con motivo de la publicación de La sima) sobre la “tesis” de la novela, esto es, la idea del enfrentamiento fratricida como una constante en la historia de España y la afirmación de que la cada vez mayor polarización de la vida política española puede contemplarse a la luz de esa maldición cainita, constituyan un punto de vista plausible para quien firma estas líneas (por cierto, me parece significativa la coincidencia de las posiciones de Merino con las que recientemente ha defendido Javier Cercas en Anatomía de un instante, que hace poco reseñé en este mismo blog) no eliminan el reproche que acabo de formular y son probablemente la causa de la incomodidad como lector a la que me he referido al principio de esta reseña. Animo a quien quiera profundizar en estos aspectos a que lea la interesantísima crítica de La sima a cargo de Fernando Larraz; yo no estoy de acuerdo con algunas de sus valoraciones más negativas, pero en todo caso me parecen solventes y dignas de consideración.

Merino es perfectamente consciente de estos riesgos (la juguetona ironía con que se cierra la última frase de la novela es del todo transparente), y es posible que haya tratado de minimizarlos o reconducirlos mediante uno de sus habituales juegos de espejos enfrentados en los que la realidad y la ficción (en este caso, la historia y la novela) se entrelazan y se entremezclan. En La sima tenemos a un estudioso que, mientras redacta su tesis doctoral sobre la Primera Guerra Carlista, elabora también una novela de tesis (en el sentido objetivo de la expresión, es decir, una novela sobre la redacción de una tesis). Y es una novela sobre la redacción de una tesis porque, tal como advirtió a Fidel el profesor Verástegui, la hipótesis de la maldición cainita en la historia española, aunque muy atractiva desde el punto de vista de la ficción, era insostenible como punto de partida científico para una investigación académica. Es decir, que Fidel renuncia a hacer historia a partir de sus intuiciones y de sus obsesiones personales -muy marcadas, y hay que insistir en ello, por las tragedias que han determinado su historia personal-, y por ello hace literatura, que al fin y al cabo es otra forma de entender la realidad y apropiarse de ella. En el entretejido entre historia y novela encuentra las claves de su propia vida, y al ficcionalizarla no sólo consigue superar los traumas que lo han hecho padecer desde niño sino también encontrar una solida promesa de amor y felicidad.

No quiero dar pistas sobre el desenlace, pero me permito precisar que no sólo es esperanzador y de gran belleza, sino también muy interesante desde la perspectiva de su elaboración literaria, pues el autor ha construido un final en doble instancia (o un final “con truco”, si se quiere), cuya primera entrega, de carácter ficcional, se caracteriza por un rasgo de conducta -el ejercicio de la violencia fratricida- significativamente ajeno a la trayectoria biográfica de Fidel. Es un episodio muy llamativo, y hasta un tanto desconcertante a primera vista, en el que los amantes de la literatura y del cine de aventuras y de acción (Merino se ha confesado más de una vez amante de estos géneros) reconocerán el valor salvífico y liberador de la épica del héroe, por su capacidad para poner en pie una enseñanza ética y una poderosa alternativa a la injusticia y fealdad del mundo real. Todo lo que desde el punto de vista de la verosimilitud psicológica, y hasta de la adecuación genérica, tiene de improbable este primer final, lo tiene también de catártico y facilitador de la resolución definitiva de la trama.

Ya sé que los finales felices tienen mala prensa en ciertos círculos -sobre ello he escrito en varias ocasiones, y creo que merece la pena recordar lo que en su día señalé en la revista Hélice, a propósito de La carretera, de Cormac McCarthy-, pero a mí no me duelen prendas en considerar que es uno de los mejores momentos de la novela, pleno de emoción y de sentido, y absolutamente justificado tanto desde la perspectiva de la evolución del personaje protagonista como de la lógica interna de la trama. En este segundo desenlace culmina el proceso de autodescubrimiento de Fidel y al mismo tiempo constituye la síntesis de un mensaje profundamente humanista -visible no sólo en la relación entre Fidel y Puri, sino también en la de sus amigos Garnacha y Covi-, mediante el cual la novela reivindica la entrega personal, el compromiso y el amor como la única solución posible para los conflictos personales, ideológicos y sociales que viven sus personajes. Habrá quien considere que el discurso político final de Garnacha es ingenuo y simplificador -algo de eso parece sugerir Fernando Larraz en su ya citada reseña- pero yo creo en cambio que, más allá de su explícita dimensión política, la idea de reconciliación y acuerdo entre adversarios, entre personas que piensan y sienten de diferente modo, es un hermosísimo colofón para la historia de un personaje que a lo largo de toda la novela se ha hecho acreedor a la esperanza y la felicidad.

No quiero acabar esta reseña sin formular una declaración muy personal, tal vez innecesaria, pero a la que me siento obligado por un deber de lealtad: hace más de veinticinco años que sigo con enorme interés la evolución de la obra de José María Merino, un escritor cuyas novelas, cuentos, poemas y ensayos me han permitido vivir algunos de los momentos más placenteros de mi experiencia como lector. En todas las ocasiones en que he mantenido alguna relación personal con Merino, siempre se ha mostrado cordial, atento, cercano y sumamente generoso, hasta el punto de dedicarme el cuento titulado “Solysombra”, publicado en Las puertas de lo posible, su última colección de relatos. Ya sé que no es imposible conciliar la admiración con la crítica ecuánime y razonada, pero no consigo desprenderme de la insidiosa sensación de que con algunos de los reproches y críticas que he formulado en esta reseña estoy pagando su desprendimiento y cercanía con algo muy parecido a la mezquindad. Si así se lo parece, don José María, acepte por favor mis más sinceras disculpas.

José María Merino, La sima, Barcelona, Seix Barral (Col. “Biblioteca Breve”), 2009, 415 páginas.

Los interesados en contrastar mis opiniones sobre La sima con los de otros críticos pueden leer las reseñas de Luis Artigue, Iñaki Ezquerra, José Luis Martín Nogales y las ya citadas de J. Ernesto Ayala-Dip y Fernando Larraz.