Hace un par de semanas fuimos a la Valdorba, a recorrer la ruta de las iglesias y ermitas románicas que jalonan las diminutas localidades de esta comarca, cercana a la ciudad de Tafalla y al abrigo de la Sierra de Alaiz, que la separa de la Cuenca de Pamplona. Siento una pasión difícil de explicar por estas tierras de monte bajo, chaparros, viñas, olivos y cereal, que conforman un paisaje recio e intenso, seco en verano y muy agradecido para los sentidos en primavera y otoño. Parte de la familia de mi padre era oriunda de esta zona –mi abuelo Ángel Larequi Liberal nació cerca, en Muruarte de Reta– y debe ser cierto que la sangre se ve atraída misteriosamente por el terruño, porque a veces me parece como si los pueblos, los caminos y hasta la conformación de las lomas y los arroyos fueran parte de una historia personal y oculta, que ni yo mismo sé contar.

La colección de fotografías que aparece sobre estas líneas es fruto de esa excursión. Sus imágenes, alojadas en el álbum de Flickr que he creado a tal efecto, corresponden a tres templos románicos de singular belleza: la ermita de San Pedro ad Víncula de Echano en Olóriz, la ermita del Santo Cristo de Cataláin en Garínoain, y la iglesia de San Martín de Orísoain. Como las tres estaban cerradas, no pudimos acceder al interior de los templos (si estuviera aquí Pilar volvería a insistir en su cariñoso reproche: “no me preparas las excursiones”), y hubimos de conformarnos con el disfrute de sus hermosas proporciones, de sus portadas y capiteles, y sobre todo de la impresionante colección de canecillos –con figuras humanas, animales y de seres fantásticos- que adornan la parte superior de los muros. Toda una exhibición de la pericia, la inventiva y el humor irónico de los canteros medievales, que parecen hablarnos en una lengua hermosa y antigua, quizás imposible de entender, pero siempre conmovedora.