Los mecanismos de la ficción, de James Wood

Los mecanismos de la ficción, de James Wood

En los últimos días he finalizado la lectura de un libro que no dudo en calificar como extraordinario. Su título es Los mecanismos de la ficción. Cómo se construye una novela, un ensayo del crítico y novelista inglés James Wood, cuyo propósito, tal como enuncia el autor en la “Introducción” es justamente el de dilucidar los aspectos esenciales de la ficción narrativa. He aquí cómo lo plantea el escritor:

¿Es real el realismo? ¿Cómo definimos una metáfora afortunada? ¿Qué es un personaje? ¿Cómo reconocer el uso brillante del detalle en la ficción? ¿Qué es el punto de vista, y cómo funciona? ¿Qué es la simpatía imaginativa? ¿Por qué nos conmueve la ficción? (p. 14).

A estas preguntas intenta responder Wood en el curso de una obra de algo menos de doscientas páginas, cuyos rasgos más sobresalientes son la amenidad, la ligereza, la claridad y la combativa falta de pedantería de un autor que, ante todo, quiere hacer accesibles a sus lectores algunos de los más emocionantes desafíos y las técnicas más sutiles de la ficción literaria, sin perder por ello un ápice de rigor expositivo y profundidad analítica.

La obra se divide en diez epígrafes mediante los cuales se aborda el estudio de los principales aspectos de la ficción narrativa –entre ellos, la técnica de la narración, el desarrollo de las innovaciones narrativas y del punto de vista del escritor “moderno”, la configuración y alcance de los personajes, la expresión de la conciencia, el uso del lenguaje y del diálogo, el realismo como aspiración o voluntad de expresión de la realidad-, a su vez subdivididos en secuencias expositivas de extensión variable (algunas brevísimas) que en sus mejores momentos ofrecen la brillantez iluminadora y el ingenio del discurso aforístico. La soltura con la que Wood se mueve por este entramado conceptual –a menudo pasando de un tema a otro con saltos muy audaces– es admirable, y lo mismo podría decirse de la facilidad con la que guía al lector entre los entresijos del arte de la ficción.

Lo mejor que puede decirse del libro de Wood es que no es una obra para especialistas en narratología, ni siquiera para profesores de literatura, pues cualquier lector culto que tenga un bagaje de lecturas y un cierto conocimiento de la historia de la literatura occidental podrá entender las reflexiones del crítico y disfrutar con sus muy perspicaces análisis (aunque las muestras de lo que los anglosajones llaman close reading no sean demasiado frecuentes, su ejercicio por parte de Wood es deslumbrante). A ello contribuye en gran medida el estilo expositivo que pone en juego, fluido y elegante, a menudo deliberadamente impresionista, en el que en todo momento se percibe la pasión del autor por la literatura, entendida no sólo como un artificio o artefacto verbal (que también lo es, como subraya en varias ocasiones), sino sobre todo como un modo de conocimiento de la realidad y de la vida.

Aunque son muy abundantes las citas de los clásicos antiguos y modernos y no faltan las oportunas referencias a los teóricos más conspicuos del arte narrativo y la novela (entre otros, autoridades tan reconocidas como Barthes, Benjamin, Bloom, Connolly, Forster, Foucault, Genette, Lukácks o Sklovski), más de una vez para poner en solfa sus ideas con un sano espíritu polémico que en todo momento resulta muy estimulante, Wood ha limitado al mínimo imprescindible las notas y lo que él llama, con expresión que toma de James Joyce, “el galimatías académico” (p. 15). Por otra parte, el crítico inglés no se limita en su observación al campo de lo literario, pues propone estimulantes reflexiones sobre territorios conexos, como Internet y los blogs, los éxitos pop, el cine o la prensa escrita, todos ellos objeto de análisis muy atinados y a veces sorprendentes. Basten un par de ejemplos: el primero aparece al comienzo del capítulo dedicado a los “Detalles” de la ficción, que contiene una asociación verdaderamente insólita entre un título del grupo Boney M. (se trata de “Brown Girl in the Ring”) y las técnicas narrativas chejovianas; el segundo se encuentra en el capítulo titulado “Empatía y complejidad”, que ofrece un inteligentísimo aprovechamiento de una noticia de prensa para comenzar la reflexión sobre la experiencia de la lectura.

Es evidente que estas circunstancias contribuyen a la naturalidad y frescura con la que se presentan las ideas del autor, pero también hay que tener en cuenta que toda la exposición de Wood parte de un concepto previo con el que casi todos los lectores de ficción simpatizamos de forma natural, incluso a pesar del rampante escepticismo posmoderno, y de nuestras muy diversas posiciones ideológicas o estéticas: que la ficción no es sólo artificio, sino también, y muy esencialmente, una vía para el conocimiento del mundo y de nuestros prójimos. No sorprende, pues, que el último capítulo de Los mecanismos de la ficción se titule, de forma harto significativa, “Verdad, convención, realismo”, y que Wood culmine su ensayo con una apasionada reivindicación del realismo y de la capacidad de la ficción para expresar una verdad esencial sobre las cosas. La cita es larga, pero estoy convencido de que merece la pena:

El realismo, visto en general como fidelidad a las cosas tal como son, no puede ser simple verosimilitud, no puede ser simple semejanza con la vida, o parecido, sino lo que llamo vividad: vida en el papel, vida traída a una vida distinta pro el arte más elevado. Y no puede ser un género; por el contrario, hace que otras formas de ficción parezcan géneros. Porque el realismo de ese tipo (vividad) es el origen. Informa todo lo demás; instruye a sus alumnos díscolos; permite que existan el realismo mágico, el realismo histérico, la fantasía, la ciencia ficción, incluso los thrillers. No es en absoluto tan ingenuo como le achacan sus detractores; casi todas las grandes novelas realistas del siglo XX reflexionan también sobre su propia creación y están llenas de artificio. Todos los grandes realistas, desde Austen a Alice Munro, son al mismo tiempo grandes formalistas. Pero inevitablemente resulta difícil, porque el escritor tiene que obrar como si los métodos novelísticos disponibles estuviesen a punto de convertirse en simples convenciones y por tanto tiene que intentar burlar ese envejecimiento inevitable. El auténtico escritor, el sirviente libre de la vida, es aquel que debe actuar siempre como si la vida fuese una categoría más allá de todo lo que haya podido captar hasta el momento la novela; como si la vida misma siempre estuviese justo a punto de convertirse en convencional (pp. 174-175).

Es una afirmación extraordinaria, no sólo por la forma en que ha sido expresada, sino por la valentía del autor en la defensa de una categoría estética y hasta filosófica cuya demolición por parte de numerosos planteamientos teóricos se ha convertido en signo y emblema (a veces exasperante) de nuestra época. Por otra parte, me interesa destacar también este final, porque mi lectura de Wood ha coincidido en el tiempo con el artículo que el pasado sábado dedicó Antonio Muñoz Molina a la figura del recientemente fallecido Miguel Delibes. Y lo que dice el novelista de Úbeda no es demasiado diferente de lo que defiende James Wood:

En las cosas que se han escrito sobre Miguel Delibes estos días no ha sido infrecuente un cierto tono de condescendencia: el novelista de la vieja Castilla, el cronista de un mundo rural extinguido, el hombre bondadoso y sencillo. […] El costumbrismo es una falsificación azucarada de lo singular, de lo aparentemente primitivo. Lo que hay en las grandes novelas de Miguel Delibes no es costumbrismo sino observación meticulosa de las vidas humanas y de los trabajos y las ensoñaciones de la gente común; un oído tan exacto para los nombres de las cosas, de los animales y las plantas, como para los matices del habla. Pero el resultando, siendo tan verídico, tiene el poderío y la originalidad de una completa invención literaria.

A lo largo de la ya larga trayectoria de este blog, pocas veces he estado más seguro de una recomendación para mis lectores y lectoras: Los mecanismos de la ficción es un libro espléndido, y las breves y gozosas horas que exige su lectura son un peaje que complace pagar. Con todo, alguna pega se le puede poner, como por ejemplo la traducción algo descuidada, y el hecho de que las citas de autores en español sean probablemente menos de las convenientes: apenas la inevitable de Cervantes y Don Quijote, una referencia muy superficial a García Márquez, Rulfo, Octavio Paz y Carlos Fuentes, algunas observaciones sobre la obra de Roberto Bolaño y prácticamente nada más.

James Wood, Los mecanismos de la ficción. Cómo se construye una novela, Madrid, Gredos (Col. “Biblioteca de la Nueva Cultura – Serie Estudios Literarios”), 2009, 198 páginas.

No hay duda de que James Wood es un crítico al que habrá que tener muy presente. Para quienes quieran conocer algo más sobre su obra e ideas, véanse la entrevista que en agosto de 2009 publicó la revista Letras Libres y la excelente reseña de Los mecanismos de la ficción, a cargo de Jordi Gracia, en el suplemento literario de El País.