Primera temporada de la serie The Wire

Primera temporada de la serie The Wire

Hace ya bastante tiempo que leí en algún artículo de prensa (quizás fuera en El País, o tal vez en Qué Leer, o acaso en alguna de las revistas de cine que suelo frecuentar), acerca de la evolución de los géneros narrativos cinematográficos y de cómo algunas recientes series de televisión, y en especial las que ha producido la cadena HBO, estaban convirtiéndose en los relatos más representativos y logrados de nuestro tiempo. Cuando leí esas opiniones, y a pesar de haber disfrutado con las sucesivas entregas de series como Hermanos de sangre, Mad Men, Roma, Sexo en Nueva York, True Blood, Perdidos, A dos metros bajo tierra, Los Soprano o Héroes (sobre todo de las cinco primeras, porque los jeribeques argumentales de Lost se nos atragantaron a partir de su tercera temporada, y las otras tres no nos llegaron a enganchar), semejantes reflexiones se me antojaron notoriamente exageradas, síntoma elocuente de una época en la que los productos de la cultura del entretenimiento generan de forma casi inmediata un culto poco menos que idólatra.

Sin embargo, los dos últimos meses de sesiones vespertinas de televisión, en cotidiano contacto con las historias, personajes y escenarios de la serie The Wire, me han hecho cambiar de parecer. La HBO no sólo ha elaborado un excelente producto televisivo, sino un asombroso relato que, juzgado desde cualquier criterio o enfoque posible –el complejo entramado de su estructura narrativa, el potentísimo lenguaje audiovisual, la variedad y riqueza de personajes, la hondura del retrato del entorno urbano en que transcurre (la ciudad atlántica de Baltimore, y en especial su zona oeste, con muy altas tasas de criminalidad y un floreciente negocio de tráfico de drogas), el ingenio y sutileza de los diálogos–, alcanza un altísimo nivel, perfectamente comparable a un relato literario por su calidad, ambición, alcance y capacidad de influencia sobre los espectadores.

Curiosamente, a la serie escrita por David Simon y Ed Burns (el primero fue durante muchos años reportero de sucesos del diario The Baltimore Sun, y el segundo detective de la policía y luego profesor en  diversas escuelas de la ciudad), no llegué a través de los mecanismos habituales, como las reseñas de prensa, los anuncios de televisión, los vídeos en Internet  o el boca a boca, sino a través de un medio mucho menos habitual, que en este caso es la opinión de un personaje literario, para más señas colega de profesión de los protagonistas de The Wire. Me refiero, por supuesto, al brigada Rubén Bevilacqua, héroe de la serie policíaca de Lorenzo Silva y confeso admirador de la serie de televisión en las páginas de La estrategia del agua, en lo que supongo es una poco menos que transparente confesión de los propios gustos y aficiones del novelista.

En los escasos momentos de ocio que le permite su trabajo, el brigada Bevilacqua comparte con su hijo largas sesiones de televisión y comida basura. También Pilar y yo nos hemos situado frente a la pequeña pantalla con la bandeja de la cena (algo más saludable, por cierto), para devorar los sesenta capítulos de la serie, cuyo núcleo temático esencial son las investigación policiales sobre el tráfico de drogas y otros negocios clandestinos. El título, traducido para el mercado español como Bajo escucha, alude a la importancia que para el trabajo de los agentes de la policía de Baltimore representan los mecanismos de vigilancia y escucha electrónica (también fundamentales para la resolución de la trama de La estrategia del agua), pero conviene señalar que The Wire es mucho más ambiciosa y rica por su planteamiento que otras series policíacas. De hecho, si se examina el contenido de sus cinco temporadas -la primera, centrada en el tráfico de drogas en las zonas suburbiales de Baltimore, con predominio abrumador de la población afroamericana; la segunda, que narra los tejemanejes de los sindicatos portuarios y sus conexiones con las mafias del narcotráfico, la inmigración ilegal y el proxenetismo; la tercera dedicada a los múltiples problemas que origina la administración y el gobierno de la ciudad; la cuarta sobre el sistema escolar de Baltimore y sus conflictos cotidianos; y la quinta y última acerca de los medios de comunicación y en especial sobre los mecanismos mediante los cuales la prensa escrita convierte los sucesos en hechos noticiosos- puede observarse que el interés de la historia trasciende con mucho el marco de una serie policíaca para convertirse en un certero y acerado diagnóstico sobre los conflictos (raciales, sociales, económicos, políticos) que tienen lugar en una gran urbe contemporánea.

Tampoco los sucesos ni los personajes de The Wire se corresponden con lo que los espectadores estamos acostumbrados a ver en una serie de televisión. La trama se sustenta sobre un tejido narrativo de enorme complejidad argumental, con múltiples relatos secundarios estrechamente entrecruzados entre sí, a menudo con muchos capítulos de distancia entre unos y otros. El número, variedad y riqueza de escenarios, situaciones y personajes de la serie desborda ampliamente todo lo que está acostumbrado a asimilar el espectador, lo cual demanda un esfuerzo de atención muy superior al habitual (la interactividad y las funciones del mando a distancia que proporciona el DVD se convierten en un recurso imprescindible), pero al mismo tiempo muy satisfactorio, porque la impresión general que se obtiene después de ver unos cuantos capítulos es que en el mundo narrativo de The Wire palpita una realidad cuyo verismo, intensidad y capacidad de convicción son tan sólidos, asentados y potentes como en la mejor novela realista.

Los creadores de la serie han manifestado en más de una ocasión que The Wire es una novela visual por entregas, y tal descripción me parece muy certera, porque su universo ficcional presenta muchas dimensiones artísticas -el multiperspectivismo, la variedad de tonos, estilos y lenguajes, la complejidad moral, la precisa combinación de casualidades y determinismos, la complejidad de la trama y de las relaciones entre personajes- que sólo se encuentran en las grandes obras narrativas de la literatura universal. Si la vida y la realidad son variadas, diversas, versátiles e inesperadas, también lo es una serie en la que se dan cita los sucesos más terribles y trágicos junto a los episodios más chuscos, las pasiones y sentimientos más nobles pero también los más vergonzosos, lo sublime y lo grotesco, los personajes de lento y demorado dibujo, cuya configuración se va perfilando a lo largo de las sucesivas temporadas, pero también muchos figurantes episódicos que sin embargo dejan una impresión perdurable en el recuerdo del espectador, los discursos enfáticos o solemnes en alternancia con el slang barriobajero y críptico (Dori Castellanos, con quien he mantenido frecuentes conversaciones privadas en Twitter y a quien debo algunos de los recursos que cito en este artículo, me ha recomendado que escuche la serie en su lengua original, pero lo cierto es que las voces de muchos personajes son dificilísimas de seguir en dicho idioma, y que en la mayoría de las ocasiones hay que recurrir al doblaje, a menudo no del todo afortunado).

Y lo más asombroso es que toda esta multiforme variedad de elementos se presenta al espectador en unas condiciones de naturalidad y verosimilitud que hacen que hasta las situaciones más inesperadas, los sucesos más abominables o los personajes moralmente más abyectos sean aceptados en su realidad, como expresión de una humanidad bullente y viva, cuya verdad artística es imposible de rechazar. Cualquiera puede tener sus simpatías y antipatías ante los protagonistas y sus conductas, pero lo que no puede negarse es que ni los unos ni los otros carecen de justificación interna, de una psicología y una historia personal que las explica y en muchos casos las justifica. El efecto catártico de The Wire –que lo tiene, y muy intenso, aunque no quizás en el sentido estrictamente aristotélico- tiene mucho que ver con la forma en que la serie desborda los tópicos televisivos y pone a los espectadores ante hechos, situaciones y personajes no sólo esencialmente verdaderos, sino al mismo tiempo muy originales. Nada más ajeno a la serie que la tópica fórmula de la virtud recompensada y el vicio castigado, no sólo porque las fronteras entre virtud y vicio se borran espléndidamente hasta hacerse indistinguibles (un ejemplo soberbio de su borrosa fusión nos lo proporciona el líder del sindicato de estibadores del puerto de Baltimore, Franz Sobotka, en la segunda temporada de la serie), sino porque la compleja, azarosa y vivísima historia de cada uno de los personajes hace comprender a los espectadores que ellos, en una situación semejante, no se comportarían de forma muy distinta a la de los caracteres de ficción.

En este sentido, creo que no es imprudente afirmar que la relación de la audiencia de The Wire con los episodios y los personajes de la serie no coincide en modo alguno con ese tipo de respuesta incondicional, sea positiva o negativa, que tantos programas creados para la televisión (y sobre todo tantas series policíacas) promueven. Es indudable que la simpatía y la antipatía, la fascinación o el rechazo de los espectadores existen; de hecho, la extensísima nómina de personajes proporciona una oportunidad deliciosa para que cada cual seleccione el objeto de sus pasiones. Ahora bien, creo que esas emociones se ven subordinadas a una mucho más difícil de lograr, más inteligente y artísticamente superior: el interés radical por sus vidas, el deseo de saber más de cada uno de los personajes, de verlos moverse ante nuestros ojos –con independencia de que hagan el bien o el mal, pues tal cosa resulta indiferente-, de seguirlos paso a paso hasta el final de sus vidas o de su participación en el relato. No hay duda de que los guionistas y realizadores de la serie conocen muy bien el material que se traen entre manos y los moldes genéricos en que lo han acuñado, porque han sabido rechazar la tentación de caer en los tópicos habituales del género policíaco: la subordinación de la historia a la perfección de la trama, la mitificación de las habilidades detectivescas, la simplificación moral, los personajes unidimensionales, las lecciones y los sermones.

Naturalmente, esta originalidad tiene su precio, pues sobre todo al ver los primeros episodios de The Wire se tiene la sensación de estar vagando por un territorio áspero y poco frecuentado, que apenas muestra senderos definidos. Extraña la naturaleza ambigua de muchos personajes, hay elipsis difíciles de completar, se echan en falta antecedentes, explicaciones o miradas retrospectivas, y no se comprenden inmediatamente numerosos hechos y circunstancias. Sin embargo, si se superan esos escollos enseguida se tiene la certidumbre de estar ante una serie que trata al espectador como persona inteligente y adulta, capaz no sólo de hacer un esfuerzo adicional de atención, sino de mejorarse a sí mismo con una mirada abarcadora, comprensiva, que es la misma de los grandes creadores de las ficciones narrativas de todas las épocas.

Al tratar de The Wire es inevitable traer a colación el concepto de realismo, pues en efecto se trata de una serie que no sólo quiere mostrar la realidad en sus muy diversas facetas, tonalidades y reflejos, sino también interpretarla en un sentido muy poco complaciente y en general desde una perspectiva muy crítica. En pocas producciones de la televisión norteamericana (yo no recuerdo ninguna) puede observarse una panorámica tan amplia de los conflictos sociales, económicos, culturales, raciales y políticos de las sociedades contemporáneas: los daños causados por el tráfico de drogas y el crimen organizado, pero también por los métodos que las autoridades utilizan al luchar contra ellos, las conexiones y prolongaciones de las tramas criminales con los aledaños del poder, la situación de las personas sin hogar, los mecanismos de la corrupción, el clientelismo político y la compra de votos, las mil y una turbiedades en la gestión de los asuntos públicos, la financiación ilegal de los partidos y los sindicatos, la manipulación de la ciudadanía y la opinión pública por parte del poder y de los medios de comunicación, los abusos policiales, las dificultades del sistema educativo para sacar adelante a chicos y chicas que viven en entornos degradados, hostiles a cualquier disciplina y promesa de un futuro mejor.

La voluntad realista y crítica de la serie no sólo se hace visible al señalar los fallos más obvios que presentan las modernas sociedades democráticas. En su observación de los mundos aparentemente opuestos del narcotráfico y las redes mafiosas, por un lado, y de las fuerzas del orden público encargadas de combatirlos, por otro (y este es, como ya dijimos, el eje argumental alrededor del cual se desarrolla toda la serie), The Wire opta por un enfoque mediante el cual se destaca lo que de paradójicamente común hay entre ambos: la sumisión de los narcotraficantes y los policías a sus respectivas autoridades, la existencia de jerarquías más preocupadas de proteger los intereses del mando que los de la lealtad a la propia organización, la situación de personas atrapadas en un escenario del que difícilmente pueden salir, la lucha imposible contra las normas establecidas, la sensación de que nunca existe la victoria completa y de que los cotidianos enfrentamientos entre delincuentes y policías son algo así como una versión moderna del mecanismo del eterno retorno.

La complejidad moral es otra vertiente interesantísima, por original y artísticamente muy atractiva, de esa voluntad realista. No hay héroes al modo habitual en The Wire, no sólo porque difícilmente se encuentran en un mundo real en el que es inverosímil la épica de lo heroico, sino porque detrás de cada acción digna de encomio laten motivaciones poco transparentes, difusas o abiertamente contradictorias. Se podrían multiplicar los ejemplos, pero baste al respecto el del personaje protagonista de la serie, el detective Jimmy McNulty, inteligente, sagacísimo y con un innato sentido de la justicia, pero al mismo tiempo un individualista a ultranza, con una personalidad de rasgos infantiles y tendencias autodestructivas, y una evidente tendencia a olvidarse de la legitimidad de los medios para conseguir sus fines. En cualquier caso, no faltan los personajes heroicos en la serie, capaces de mantener un comportamiento moral de una fortaleza admirable en muy difíciles circunstancias, pero curiosamente la mayor parte de ellos son miembros de los clanes del narcotráfico –jóvenes que malviven con el menudeo de la droga como Wallace, traficantes de segundo nivel como Bodie Broadus, y parientes cercanos a los capitostes de la organización, como D’Angelo Barksdale– que en un determinado momento desean seguir su propio camino en contra del orden impuesto por los capos, y acaban pagando el precio de la rebelión con sus propias vidas.

En algunos casos, la trayectoria de ciertos personajes adquiere perfiles cercanos a lo mítico o legendario. Se puede observar esta configuración en tipos como el detective Lester Freamon, de una perspicacia y tenacidad tan asombrosas que hasta sus más acérrimos enemigos las admiran, o en el jefe de narcotraficantes Russell “Stringer” Bell, cuya autoridad, apostura y displicente altanería ofrece indiscutibles ecos de los héroes de la épica homérica y de la tragedia griega, pero el ejemplo más claro corresponde al contumaz atracador homosexual y ocasional asesino Omar Little, empeñado en una cruzada personal contra el clan Barksdale (y más adelante contra la banda de Marlo Stanfield), cuya motivación reside, casi a partes iguales, en la venganza por la tortura y muerte de uno de sus amantes y en el deseo vanidoso y por momentos hedonista de demostrar que es más listo que sus rivales. Pese a ello, Omar Little no sólo resulta ser el personaje objetivamente más valiente de toda la serie, sino también un hombre íntegro a su modo, capaz de elevados sentimientos de lealtad y cariño hacia sus parejas y uno de los muy escasos personajes de la serie que vive de acuerdo con un estricto código de honor –no dañar a mujeres y niños, no atacar a los indefensos, emplear la violencia sólo contra los que están metidos en el mismo negocio que él mismo, respetar las treguas y los días festivos- que lo emparentan con los paladines de la caballería andante. La muerte de Omar Little (perdóneseme por el spoiler), en un incidente del todo inesperado como otros muchos de la serie que demuestra lo contingente de las vidas humanas, es elevada a categoría de hecho legendario por las mismas personas que ante la simple mención de su nombre huían despavoridas cuando el atracador recorría las calles de Baltimore. Esta dimensión mitificadora queda subrayada al final de la quinta temporada, pues mediante un guiño inteligentísimo al espectador el guión sugiere que otro de los personajes de carácter más recio y valores familiares más sólidos –el jovencísimo atracador y asesino Michael Lee– adoptará en su vida de adulto el mismo papel por el que se hizo famoso Omar, repitiendo con ello el ciclo de aventura, riesgo, desafío y muerte que completó su predecesor.

Por lo que concierne a los villanos, The Wire es una serie pródiga en ellos, pero hay que tener en cuenta que son villanos muy singulares y originales, de gran atractivo como personajes, porque el guión sabe atribuir a cada uno sutiles toques que los individualizan y los dotan de personalidad propia: en unos casos, estoicismo; en otros, elegancia o ingenio; para algunos, dignidad y prosopopeya; para otros, finalmente, un macabro sentido del humor. Más adelante daremos más ejemplos, pero podemos destacar ahora el del ya citado capo del negocio del narcotráfico Marlo Stanfield, un auténtico reyezuelo del negocio del narcotráfico que destaca entre otros jefes por la eficiente crueldad en el uso del poder y una arrogancia afilada y fría, tan mayestática como la de un tirano de la Antigüedad clásica. Con todo, la serie no cae en la complacencia hacia los delincuentes ni tampoco mitifica (con las excepciones que ya hemos citado en el párrafo precedente) los variados talentos criminales o los contravalores que practican y transmiten a lo largo de sus vidas. Por el contrario, el espectador tiene sobradas oportunidades a lo largo de The Wire de contemplar cómo los gánsters de la serie actúan por ambición, avaricia, obsesión por mantener el poder, y muy a menudo por vanidad, despecho o soberbia. Sus acciones desnudan la fachada que en cada caso se han fabricado y los muestran como lo que son en última instancia: seres inflexibles, cínicos, crueles, avariciosos, arrogantes, mentirosos y manipuladores, sin ningún respeto por las vidas ajenas, capaces de los actos más viles.

Todo lo cual no excluye una mirada más compleja que la que habitualmente nos muestra la televisión. Para empezar, porque las cinco temporadas de la serie sitúan las vidas de los delincuentes –especialmente los de segundo o tercer nivel- en un contexto degradado, áspero y asfixiante, sin esperanzas ni oportunidades, que explica perfectamente la dificultad de esos hombres y mujeres para abrirse paso en la vida como personas honradas. En este sentido, las historias de los traficantes de poca monta que presenta la primera temporada, o las de los alumnos de la escuela Edward J. Tilghman, escenario principal de la cuarta, son más emotivas, elocuentes y clarificadoras que una montaña de estudios y tesis doctorales. Y, en segundo lugar, porque no siempre la frontera entre los comportamientos de la gente aparentemente honorable y la de los delincuentes es fácil de distinguir. En efecto, las maniobras de la clase política de Baltimore, los intereses espurios que mueven a los capitostes de la policía, las trapisondas o brutalidades de los agentes del orden, las mentiras y manipulaciones que ponen en práctica los medios de comunicación, o las turbias conexiones entre delincuentes de postín, abogados y prominentes políticos, demuestran que no siempre el canalla más curtido es quien tiene más aspecto de serlo.

Si desde el punto de vista de la representación de la realidad The Wire es un caso único de de excelencia, creatividad y amplitud de miras, no lo es menos desde la perspectiva de su factura cinematográfica. De la misma manera que el buen escritor consigue que su estilo sea reconocible en cualquiera de sus obras, los guionistas y realizadores de The Wire han logrado que los sesenta capítulos de la serie sean inmediatamente identificable por un conjunto de rasgos que proporciona coherencia y rigor a toda su espléndida variedad. Entre esos rasgos podemos señalar la integración en la trama de los fondos musicales que forman parte de la banda sonora, cuyo tema principal fue compuesto por un músico tan emblemático como Tom Waits; las elocuentes citas con que se abren todos los episodios (aunque extraídas de los diálogos de la serie, su exhibición a modo de paratexto otorga a los capítulos muy valiosas resonancias literarias; la fértil y complejísima combinatoria con la que se asocian las muy diversas subtramas; las sutiles relaciones argumentales y visuales entre episodios (los ejemplos son innumerables, pero baste con el siguiente: en uno de los últimos episodios de la tercera temporada hay un plano muy breve que muestra el cartel de un candidato a la presidencia del sindicato de estibadores; se trata de Franz Sobotka, protagonista-mártir de la segunda temporada); el ritmo por lo general solemne y reposado de la narración, en la que brilla por su ausencia el frenetismo sincopado que a menudo hace tan insoportables las historias policíacas y los thrillers; los finales abiertos o anticlimácticos, a menudo desconcertantes; los diálogos ingeniosos, ácidos y sentenciosos (The Wire es una de las series de la moderna televisión donde la literatura brota a cada paso de forma tan natural y espontánea que hace verosímil la elocuencia de todos los personajes, hasta los más inesperados); las abruptas elipsis temporales y las discontinuidades causales; los emocionantes elogios que recita el sargento Jay Landsman en los funerales de policías al estilo irlandés, con el fondo sonoro de la canción “The Body of An American”, de The Pogues; y, para finalizar esta lista, las brillantísimas secuencias de cierre de las cinco temporadas de la serie, que consisten en un encadenado de breves secuencias-resumen, a modo de panorámica narrativa, que sintetizan la trayectoria vital de los personajes o bien ofrecen nuevas perspectivas sobre el destino que les aguarda.

Destacar los momentos señeros de una serie que prácticamente en cada uno de sus capítulos contiene una secuencia antológica supone correr un riesgo muy elevado, pero si me viera forzado a escoger alguno me quedaría con el final de la segunda temporada, y en concreto con los dos últimos capítulos, titulados “Bad Dreams” y “Port in a Storm”. La esencial rectitud de carácter del líder de los estibadores, Franz Sobotka, una persona abrumada por las inesperadas consecuencias de acciones ilegales que había emprendido en beneficio de su familia y de sus compañeros de trabajo, se ve asediada por lealtades contrapuestas que conducen a un final extraordinariamente dramático. La búsqueda de redención del estibador, su arrepentimiento y la asunción consciente de una decisión que le conduce al sacrificio constituye un momento de una intensidad y tensión que raras veces se encuentran en las series de ficción televisiva. El episodio ofrece además profundas resonancias que hay que situar en el contexto de la tradición católica de la comunidad de inmigrantes polacos a la que pertenece el personaje por origen y convicción personal. En este sentido, no sólo su sacrificio tiene carácter de martirio purificador, pues el hallazgo del cadáver se produce en circunstancias muy improbables que sugieren la connotación de un hecho milagroso. Ya sé que la referencia a los clásicos de la literatura puede parecer exagerada, pero esos dos capítulos finales desprenden el mismo aroma de ejemplaridad y majestad –y todo ello sin subrayados, sin aspavientos, sin palabras altisonantes y sin énfasis postizos- de los clásicos de la tragedia griega o del teatro de Shakespeare.

Desde la perspectiva docente es imprescindible prestar una atención muy especial a la cuarta temporada, cuyo verdadero protagonista es el sistema escolar de la ciudad de Baltimore, con sus innumerables conflictos y problemas, especialmente en las áreas más degradadas por la subcultura del narcotráfico. Es cierto que en la tradición del cine y la televisión norteamericanas abundan las producciones de vocación realista dedicadas a mostrar la cara más cruda y amarga de las instituciones escolares, pero también que es insólito hallar una serie televisiva interesada en conceptos estrictamente pedagógicos como la diversificación curricular (aunque en la serie no se le llame así), el ideal de la escuela comprensiva, los debates sobre qué contenidos hay que enseñar en función del contexto cultural y social de los estudiantes y mediante qué metodología, la preocupación genuina o interesada por los estándares y la medición del rendimiento escolar, etc. Todo ello no desde una perspectiva teórica o discursiva, sino muy sólidamente integrada en la historia personal de los cuatro muchachos que protagonizan la mayor parte de los capítulos de esta cuarta temporada: Duquan “Dukie” Weems, Randy Wagstaff, Namond Brice y Michael Lee.

En el relato de las vidas de estos cuatro chavales se mezclan todos los tonos y registros de la serie, y su estrecha relación mutua bien puede considerarse como una muestra representativa del amplísimo universo ficticio de The Wire. La narración de sus diferentes trayectorias vitales, sus esperanzas y sueños, sus pequeñas y grandes tragedias, las nuevas perspectivas derivadas del paso de la adolescencia a la edad adulta, logra un nivel de emotividad muy intenso, no sólo por la edad de los protagonistas, apenas salidos de la infancia cuando comienzan a hacer acto de presencia en la trama, sino también por el hecho de que la evolución de sus vidas es un ejemplo extraordinariamente significativo de cómo las condiciones psicológicos, sociales y económicas (o el destino, si queremos expresarlo en otros términos) tratan a los seres humanos: con una amarga frustración de las expectativas y los esfuerzos e ilusiones invertidos en la educación de Dukie, con la renuncia a los propios deseos de Randy, a consecuencia de la presión insuperable de su entorno, con la inesperada victoria de Namond sobre las limitaciones de su condición social y familiar, o con el recurso del inteligentísimo Michael a un individualismo tenaz, pero al mismo tiempo desesperado y trágico. Por otra parte, la distancia cronológica que separa el rodaje de la cuarta y la quinta temporada ha hecho posible que los cuatro intérpretes hayan crecido en la vida real, y por tanto ante los ojos de los espectadores, lo que refuerza la verosimilitud del relato de sus vidas y afianza su consistencia dramática.

Hubiera querido terminar esta ya larguísima reseña con mi particular antología de los mejores momentos de la serie. De hecho, he estado buscando los vídeos correspondientes, y hasta he comenzado a insertarlos en el blog. Pero luego he recordado que los grandes servicios de alojamiento multimedia suelen ser muy sensibles a las reclamaciones sobre derechos de autor, y que no es la primera vez que eliminan de sus catálogos los fragmentos de películas, lo que obliga a un esfuerzo de actualización y revisión del todo insostenible. En consecuencia, al final he decidido terminar con un homenaje a los personajes de esta espléndida novela en imágenes que es The Wire. Para evitar la tentación de posibles favoritismos, los he dispuesto en orden alfabético:

  1. Brother Mouzone. Con su aspecto, lenguaje y modales atildados, tan poco habituales en un sicario con docenas de asesinatos a sus espaldas, el espectador se encuentra sin lugar a dudas ante uno de los personajes más improbables de la serie, pero su seriedad e impavidez acaban imponiéndose a toda sospecha de inverosimilitud. Sus encuentros con Omar Little y sobre todo el desenlace de lo que parecía ser un enfrentamiento a muerte entre ambos constituyen momentos inolvidables de la serie
  2. Bubbles. Politoxicómano contumaz, que sobrevive como confidente de la policía durante gran parte del relato, es uno de los personajes con una historia personal más repleta de golpes demoledores, a los que sin embargo es capaz de sobreponerse. Bubbles es uno de los escasos triunfadores -si entendemos por tal concepto la capacidad para sobrevivir en un medio social sumamente adverso- de una serie que hace muy contadas concesiones al sentimentalismo.
  3. Bodie Broadus. Aunque en su papel de traficante de nivel medio del clan Barksdale no tiene demasiado peso en la serie, se hace acreedor al recuerdo por su sincera y durísima conversación final con el detective McNulty, en la que afirma que no será nunca un chivato, pero que tampoco se arrodillará ante el abuso, la barbarie y la violencia sin sentido que se han impuesto en el negocio de la droga. El destino, de forma elocuente, confirma la promesa que le hace al detective, convirtiéndola así en un emotivo auto-homenaje fúnebre.
  4. Lester Freamon. Inteligentísimo, persistente y mordaz, es un investigador cuya implacable ejecutoria en la persecución de la delincuencia organizada, incluyendo en ella sus ramificaciones económicas y políticas, hace realidad el lema de fiat iustitia et pereat mundus. Su intervención en la historia se cierra con una de las secuencias más entrañables de toda la serie: sentado a su mesa de trabajo, mientras da los últimos toques a la miniatura de un mueble, su esposa Shardene (una ex bailarina de striptease a la que Freamon sacó de la calle) se abraza amorosamente a él.
  5. Shakima “Kima” Greggs. En esta lista incluyo pocos caracteres femeninos, y no porque no existan, sino porque The Wire es una serie que exuda testosterona por cada uno de sus poros. En todo caso, la detective Greggs es otro ejemplo de los muy inusuales enfoques con que esta historia sorprende continuamente a los espectadores, pues Kima es una policía lesbiana que defiende enérgicamente su modo de ser y actuar en un mundo rudo y masculino, a menudo muy poco predispuesto a tolerar las diferencias de orientación sexual.
  6. Jay Landsman. Sargento de detectives con una facundia impagable, actúa como líder natural de los policías cuando éstos se encuentran fuera de servicio, y es el portavoz oficioso del gremio en los espléndidos funerales irlandeses –que se cuentan entre las mejores secuencias de la serie- con que los polis celebran las muertes y los retiros de los compañeros. Sin embargo, Landsman no es sólo un individuo jovial y dicharachero, pues su capacidad para conducir el agua al molino de los intereses políticos de sus superiores resulta memorable por lo que tiene de cínica sinceridad y de demostración de lo que puede llegar a hacer un funcionario apegado al sillón.
  7. Omar Little. Ya he dicho que a mi modo de ver es el mejor personaje desde muchos puntos de vista: complejidad moral, originalidad de su retrato psicológico, calidad literaria de sus parlamentos y hasta de la interpretación. Por otra parte, la de Little es una figura insólita en una serie televisiva: homosexual devoto, fiel, lúcido y sentencioso, pesadilla de los traficantes de drogas, a quienes roba una y otra vez en golpes de una audacia e ingenio siempre renovados, constituye el prototipo de un héroe vengador, un ángel de la muerte con conciencia y estricto código del honor. Sólo por seguir las andanzas de Omar Little, que aparece y desaparece de la trama como un Guadiana televisivo, merece la pena prestar atención al desarrollo de la serie.
  8. Jimmy McNulty. El detective de la policía de Baltimore, a quien puede considerarse como principal protagonista, es un personaje delicioso y con múltiples matices, que todo actor querría encarnar. Risueño, simpático, juerguista, seductor irresistible para las mujeres y auténtica pesadilla para muchos de sus compañeros, es un hombre nacido para ejercer el oficio de policía, de una sagacidad e intuición incomparables, con una fe de hierro en sus propias habilidades, pero también con un desdén innato hacia la autoridad y una peligrosa tendencia hacia la indisciplina y el desprecio por las normas de actuación policial.
  9. Proposition Joe. Otro de los gánsters con una particular moral y con una visión que va mucho más allá de la pura avaricia o el deseo de poder (como hay tantos en The Wire), resulta ser un auténtico artista de la componenda y la negociación, víctima de sus propias y alambicadas conspiraciones y de la ambición sin límites de otros traficantes con mucha menos conciencia. La escena de su ejecución a manos de los sicarios de Marlo Stanfield (y pido disculpas por este nuevo spoiler), con su extraña delicadeza y su ritual casi religioso, es uno de los momentos más sobrecogedores de la serie.
  10. Roland “Prez” Pryzbylewski. Vulnerable, patoso y entrañable, con un carácter apacible puntuado por súbitos arrebatos de mal genio -antológico el bofetón que le propina a un capitoste de la policía de Baltimore, que para más inri es su propio suegro-, constituye un tipo humano que logra del espectador una simpatía irreprimible. Tras abandonar la policía a causa de sucesivos incidentes, ejerce como profesor en una clase de chicos procedentes de zonas asoladas por el narcotráfico, y protagoniza con ellos algunos de los episodios más emotivos de toda la serie. La última escena en la que aparece, mientras contempla cómo uno de sus alumnos más queridos comienza a emprender el camino sin retorno de la drogadicción, pone un nudo en la garganta.
  11. Frank Sobotka. Ya hemos tratado en un par de ocasiones del líder indiscutido del sindicato de estibadores del puerto de Baltimore, dotado de una reciedumbre moral absolutamente insólita, aunque al mismo tiempo poco reconocible desde el prisma de los sermones y los catecismos. Su lucha en pro de los intereses de sus compañeros estibadores termina con un final heroico, desgarrador, de tonos auténticamente trágicos y shakesperianos.
  12. Russell “Stringer” Bell. Poderoso, arrogante, taimado, de inteligencia poco común y enorme atractivo físico (la espléndida percha del actor Idris Elba demuestra la importancia del proceso de selección de actores a la hora de obtener un producto televisivo de calidad). Un gánster muy poco convencional, que asiste a clases de Economía en la Universidad para integrar las modernas técnicas de gestión en una empresa como el tráfico de drogas, tan clandestina como remuneradora. Si la figura de Franz Sobotka ofrece connotaciones bíblicas o evangélicas, la de Stringer Bell es un ejemplo palmario de cómo una historia moderna puede actualizar de forma muy inteligente el concepto de la hybris clásica, la desmesura y el orgullo que llevan a los seres humanos a su perdición.

Los lectores y lectoras de este blog que hayan hecho el esfuerzo sobrehumano de llegar hasta aquí habrán podido comprobar que a lo largo de esta reseña hay decenas de enlaces a la Wikipedia, especialmente a su versión inglesa. Pues bien, conviene destacar el hecho de que sobre la serie The Wire hay un caudal realmente impresionante de información en dicha enciclopedia online, a menudo interesantísima no sólo por los datos que proporciona sino por la sutileza y pertinencia de sus análisis. A continuación figuran algunos enlaces que complementan los que he incluido en el cuerpo del artículo:

  • Páginas webs oficiales de la serie, en inglés y en español.
  • The Wire en la Wikipedia, en inglés y en español
  • Lista de personajes en la Wikipedia y en el sitio web de la HBO (ambos en inglés).
  • Lista de episodios en la Wikipedia, en la IMDB y en el sitio web de la HBO (todos ellos en inglés).
  • Deconstruyendo ‘The Wire’, dossier especial de Sensacine.
  • The Wire Re-Up. Una completísima guía, episodio por episodio, de la serie, publicada por el diario The Guardian (en inglés). A partir de ella se ha publicado el libro del mismo título, obra de Steve Busfield and Paul Owen.
  • Recientemente se ha publicado en español un libro sobre la serie que, a juzgar por las reseñas que he podido leer, tiene un gran interés: David Simon, George Pelecanos, Rodrigo Fresán, Nick Hornby, Jorge Carrión, Iván de los Ríos, Marc Pastor, Margaret Talbot, Marc Caellas y Sophie Fuggle, The Wire.10 dosis de la mejor serie de la televisión, Madrid, Errata Naturae, 2010, 240 páginas. Véanse la reseña a cargo de Bernabé Sarabia en El Cultural, y el artículo de Carlos Boyero en Babelia, en el que glosa tanto la publicación del libro como la edición de la serie en DVD.
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