Espero que Felipe Zayas me perdone por (casi) copiar el título del artículo que escribió el pasado viernes, pero no he encontrado mejor forma de reconocer la deuda de inspiración que tengo contraída con Darle a la lengua desde hace mucho tiempo y, al mismo tiempo, de reflexionar en público sobre las circunstancias, propósitos y peculiaridades de mi participación en este popularísimo servicio de microblogging y red social.

Si he de ser sincero, deberé confesar que entré en Twitter siguiendo la moda, con poca o ninguna confianza en la utilidad del servicio y notorio escepticismo respecto a mi persistencia. En esta actitud influía no sólo mi naturaleza, bastante refractaria a los cambios y desde luego muy hostil a la brevedad que impone el microblogueo, sino mi reiterada experiencia con los servicios de marcadores sociales (por cierto, Felipe también acaba de publicar un buen artículo sobre el etiquetado en dichos servicios), a varias de cuyas encarnaciones me he suscrito, pero en ninguna de las cuales he sido capaz de persistir.

Como a tantos compañeros y compañeras, se me cayeron las anteojeras y el pelo de la dehesa digital al poco tiempo de gorjear, en cuanto comprobé las inmensas y variopintas posibilidades de Twitter, muchas de las cuales han sido ya glosadas por Felipe y los comentaristas de su artículo, por lo que no creo que sea relevante repetirlas aquí. En cambio, creo que pueden tener interés algunas de mis prácticas tuiteras, que paso a describir, y, siguiendo de nuevo la estela de Felipe Zayas, el pequeño catálogo de fobias tuiteras con el que remataré el artículo.

1. Las series.

Los 140 caracteres de Twitter de cada microentrada se me quedan cortos, muy cortos. A menudo, cuando cuento mi experiencia con una película, con un libro o con cualquier otro ámbito de la realidad que exige cierta extensión, resuelvo la limitación mediante una tirada de tuiteos. Antes los relacionaba entre sí mediante puntos suspensivos, pero ahora evito esa práctica, que tiene poco arraigo en la Red y dudosa justificación. No sé si las series de tuiteos son un fenómeno demasiado extendido (más bien creo que no, pues en su lugar la gente recurre a los hashtags, que yo suelo utilizar muy raramente), pero las siento como parte de mi personalidad tuitera, y no quiero renunciar a ellas.

2. La integración con el blog.

Hay muchos modos y formas de integrar los tuiteos en el blog. Por supuesto, en la barra lateral de La Bitácora del Tigre no falta el oportuno widget que lista mis últimas diez microintervenciones, pero yo le saco mucho más partido a un blog específico que con el título Microblogueando con WordPress re-publica todos mis tuiteos. Animo a todos los blogueros-tuiteros que tengan servidor propio a que experimenten y monten algo parecido, para lo cual sólo hace falta una instalación específica de WordPress, el plugin Twitter Tools, y un tema como P2, que permite escribir (bien microblogueando, bien blogueando convencionalmente) desde el frontend, y cuya traducción al español brindo desde esta página a quien la necesite.

El microblog basado en el tándem WordPress-Twitter Tools tiene para muchas y poderosas ventajas, a saber:

  • Me permite una verificación exhaustiva de todo lo que he escrito, con detalles de fecha y hora que en Twitter no son fáciles de localizar.
  • Me permite realizar búsquedas específicas de contenido, que en Twitter o incluso en Google son más complicadas de llevar a cabo. Alguna apuesta tuitera y desinteresada he ganado gracias a estas búsquedas.
  • Me permite microbloguear desde el propio blog, si ello fuera necesario, aunque reconozco que lo hago muy raramente. En este sentido, el plugin Twitter Tools no sólo hace posible re-publicar las intervenciones en Twitter, sino incluso el procedimiento inverso, es decir, publicar en Twitter las microentradas del microblog. Esta posibilidad viene muy bien para ocasiones en que uno no tiene a mano un cliente para Twitter como TweetDeck, que es el que utilizo habitualmente.
  • Hace posible la creación de resúmenes diarios y semanales de la actividad tuitera. Tampoco tengo activada esta función, pero no descarto ponerla en práctica en un próximo futuro.

3. Las recomendaciones musicales.

Hace años que abrí una sección en mi blog titulada Podcasts, en la que incluía pistas musicales comentadas, pero también hace mucho tiempo que la tengo abandonada, porque con la existencia de Spotify, ¿para qué querría nadie escuchar un único MP3 (y leer la correspondiente parrafada, ay), teniendo tan gigantesca discografía a su alcance?

En todo caso, tuitear recomendaciones musicales es una práctica que se ha convertido en un hábito gozoso y muy estimulante (algún colega me ha confesado que sigue mis consejos casi al pie de la letra, lo que no deja de ser una enorme responsabilidad). A través de Spotify he descubierto músicas, intérpretes y conjuntos extraordinarios (por ejemplo, los países nórdicos tienen un venero jazzístico impresionante), y Twitter me viene de perlas para divulgar y compartir mis hallazgos en los géneros que me son más queridos: el jazz, el pop en inglés, la música clásica, especialmente la de los compositores románticos e impresionistas, las bandas sonoras, etc.

4. Los tuiteos de soporte.

Muchos no son visibles para mis seguidores porque adoptan la forma de mensajes directos, pero siempre me siento muy orgulloso y feliz cuando puedo orientar a los compañeros y compañeras que me piden ayuda por esta vía, normalmente sobre temas relacionados con el universo WordPress. Tengo que decir, además, que mi experiencia con esta particular vertiente del microblogging es muy positiva, porque los colegas tuiteros no sólo preguntan con buenas y cordiales maneras, sino que también saben dar las gracias. Y la cortesía digital, en una sociedad tan gritona y ordinaria como la española, no tiene precio.

Las fobias tuiteras.

En cuanto a mis fobias microblogueras, seguramente son tan idiosincráticas e injustificables como cabría esperar del carácter del Tigre, más atrabiliario de lo que parece a primera vista. Aquí van unas cuantas, que no agotan la lista de mis manías más o menos confesables:

  • Me aturde la proliferación de abreviaturas, acrónimos y toda suerte de acortamientos (aféresis, síncopas, apócopes, haplologías) y fenómenos conexos. Ya sé que en el microuniverso de Twitter son inevitables, pero me hacen sentirme inseguro, porque me recuerdan al lenguaje SMS, al que jamás he conseguido acostumbrarme.
  • Me ponen de los nervios las faltas de ortografía, que no hay que confundir con los errores al teclear. Yo también hago como Felipe Zayas, borrar los tuiteos con faltas cuando advierto haberlas cometido, pero además reconozco haber eliminado de mi lista de personas seguidas a quien hace caso omiso de las normas ortográficas.
  • También me abruman los RT encadenados, con los que en seguida pierdo el hilo de la referencia y la paciencia. Me pasa con esto lo mismo que con los esquemas y los mapas conceptuales de más de tres niveles, a partir del último de los cuales dejo de leer.
  • Por último, me siento desconcertado por la sobreabundancia de servicios que se pueden integrar con Twitter. He probado más de una docena (el último ha sido paper.li y sus diarios digitales construidos a partir de las intervenciones de los tuiteros a los que uno sigue), pero en general me inquieta la recursividad múltiple de algunos (una especie de mise en abyme digital) y la falta de control sobre sus resultados.
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