En la reseña de El vigilante del fiordo, que publiqué ayer en este blog, señalé que “La mujer que lloraba en Alonso Martínez”, uno de sus cuentos más próximos a lo fantástico, está dedicado, entre otros, a José María Merino. La dedicatoria es significativa, pues el cuento de Fernando Aramburu, tanto por su temática como por su localización espacial, tiene evidentes puntos de contacto con las narraciones breves de Merino, y sobre todo con las que forman parte del libro Cuentos del Barrio del Refugio.

Vuelvo a mencionar este detalle porque al leer el cuento de Aramburu me acordé de que hace ya varios meses que en la carpeta de asuntos pendientes de La Bitácora del Tigre aguardaba su turno un libro con el que a comienzos de la primavera me obsequió la editorial Castalia. Se trata de una nueva edición, anotada por Fernando Valls, de la novela El heredero, de la que me ocupo con mucho gusto no sólo en agradecimiento a la editorial, el editor y el autor, sino también porque es una novela a la que tengo especial cariño, y sobre la cual publiqué una larga reseña en Lengua en Secundaria (posteriormente republicada en este mismo blog).

Tal como acertadamente destaca Fernando Valls en su introducción, El heredero es una de las mejores novelas del escritor leonés (si de algo vale mi opinión, añadiré por mi parte que es una de las que más me han gustado y con las que más he disfrutado), y además constituye un compendio muy elocuente de las obsesiones temáticas de Merino, de sus personajes y paisajes característicos, y de sus técnicas y procedimientos narrativas. Por tanto, para cualquier lector que quiera acercarse por primera vez a la obra de José María Merino, la edición del profesor Valls habrá de considerarse como una referencia inexcusable, y su introducción, notas y bibliografía un excelente recurso para conocer los rasgos generales de la obra literaria de uno de nuestros primeros novelistas y cuentistas.

Quizás pueda pensarse que no hay demasiada necesidad de ediciones anotadas para las obras de autores contemporáneos, especialmente cuando están escritas con una prosa tan limpia, tan poco afectada y tan alejada de exhibiciones culturalistas o eruditas como la que emplea Merino, pero lo cierto es que en El heredero concurren varias circunstancias que justifican plenamente un proyecto editorial como el que la editorial Castalia nos ha presentado. En primer lugar, los cambios que incorpora el texto de esta edición (son mínimos, pero tienen su enjundia, como puede apreciarse en la sustitución de “cercanía” por “acercanza”, a la que hace referencia la nota 149); en segundo lugar, el hecho de que ciertas zonas de la novela transcurren en espacios poco habituales para el lector español (Puerto Rico, los Estados Unidos), lo cual implica un léxico y una serie de referencias que conviene precisar y documentar; y, finalmente, el hecho ya comentado de que el carácter emblemático de la novela hace muy recomendable el señalamiento de aquellos temas, escenarios, personajes y motivos que establecen un diálogo fructífero con otros libros anteriores del escritor.

Todos estos aspectos han sido muy bien tratados en la introducción y en las anotaciones de Fernando Valls, quien complementa la perspicacia del crítico literario y la erudición del profesor universitario con un conocimiento muy cercano y preciso de la obra y la vida de Merino. De esa posición tan ventajosa se ha valido el editor para solicitar del novelista un prólogo que con el título de “Secretos de El heredero” sirve para ubicar muy certeramente la novela en el proceso creativo de su autor, y para incluir diversas notas (por ejemplo, la 1, que precisa la ubicación espacial de Isclacerta; la 98, relacionada con el apócrifo Sabino Ordás; la 128, donde se dan ciertas pistas sobre el trasfondo biográfico del episodio al que se refiere; la 163, sobre las novelas populares de la posguerra que leía en su adolescencia Merino; o las aclaraciones sobre el referente exacto de la casa de “True Island”, en la nota 174) que iluminan aspectos muy interesantes de la relación del libro con la trayectoria biográfica y la personalidad literaria del escritor.

Quiero finalizar esta breve reseña con una coda levemente vanidosa que seguramente sabrán perdonar mis lectores y lectoras. Me refiero a la alegría que sentí cuando vi citados algunos de mis trabajos sobre José María Merino en las notas y en la relación bibliográfica que forman parte de la edición de Fernando Valls. En su día yo quise hacer carrera en el ámbito universitario, pero a la vista está que no he pasado de profesor de instituto y bloguero más o menos regular. Las menciones del profesor Valls me recuerdan, con una sensación agridulce, que la vida está hecha de renuncias, pero también de pequeñas (y no tan pequeñas) satisfacciones.

José María Merino, El heredero, Madrid, Editorial Castalia (Col. “Clásicos Castalia”, 308), 2011, 510 páginas. Edición, introducción y notas de Fernando Valls.

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