Acabo de enterarme por el periódico (alguna información más en Una de piratas) de que, tras diez años en antena, desaparece de la parrilla televisiva Qué grande es el cine, el cine-fórum dirigido durante todo este tiempo por José Luis Garci. Aunque alguna de estas causas aduce Oti Rodríguez Marchante en su bitácora, la verdad es que yo no sé cuál habrá sido la que ha precipitado el final, al parecer pactado entre RTVE y Garci. No tengo ningún dato para asegurar si tiene algo que ver con la personalidad de su director, con la lista de invitados a los coloquios, con la actual línea “editorial” de la televisión pública o con algún raro fenómeno de conjunción astral. Lo que sí puedo decirles a los responsables del ente público es que vayan tachando de sus libros de contabilidad a otro usuario del servicio: que sepan que, a partir de ahora, voy a ver la tele (y digo bien, la tele, no una cadena en concreto) todavía menos de lo que ya lo hacía, es decir, casi nada.

A Garci y a su programa se le podrán sacar los colores, traer a colación todos los defectos habidos y por haber (que los tenía, quién puede negarlo), hacerle objeto de todas las sátiras y cuchufletas por parte de cómicos con escaso ingenio y excesiva mala baba, pero lo cierto es que su programa era una de las más interesantes aportaciones de la producción audiovisual española a eso que pomposamente se llama “hacer cultura”. No me importa reconocer que lo he seguido irregularmente, sobre todo desde que tengo que levantarme a las seis y media para ir a trabajar (uno de mis jefes hablaba siempre de Qué tarde es el cine), que en más de una ocasión me he tirado de los pelos por los cortes publicitarios, y que con cierta frecuencia he tenido la sensación de que el coloquio tras la película parecía más una tertulia de amiguetes que un cine fórum destinado a su proyección pública.

Y sin embargo… me gustaba mucho este espacio, me gustaban la voz ronca, las nubes de humo (y eso que no he fumado nunca, aunque he sido fumador pasivo tolerante muchos años, hasta que Pilar dejó el vicio) y los excesos sentimentales de Garci, la erudición de algunos de los contertulios, las anécdotas de otros, la pasión de la mayoría por un fenómeno como el cine, cuyo persistente veneno me fluye por las venas desde que tengo uso de razón. Con el final del programa a la vista (si no estoy mal informado creo que no llega a enero), los buenos aficionados al séptimo arte nos hemos topado de repente con una sensación de pérdida, de orfandad, que no sé cómo vamos a llenar.

Lo dicho, una pena. Y uno se pregunta: a santo de qué seguir pagando con los impuestos una tele como la que tenemos, para que la llenen de basura y de mugre, y le quiten lo poquito que de bueno había en ella.

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