Leo hoy en El País una noticia sobre el proyecto de estatuto docente que está elaborando el Gobierno. Es curiosa la notoria disparidad entre el titular -“El nuevo estatuto del docente permite el ascenso mediante méritos en las aulas” (la cursiva es mía)- y el contenido del proyecto. Veamos un extracto de la noticia:

Entre los criterios se reconocerá el haber sido tutor de un grupo de alumnos, la participación de los profesores en grupos que desarrollen proyectos de mejora didáctica en el aula o en la vida del centro, o el pasar con éxito una evaluación voluntaria de su actividad docente y de su formación continua; también se valorará el desempeño de cargos directivos. […]

Nada dice el borrador del estatuto redactado en Educación sobre el paso de un cuerpo a otro simplemente acreditando una experiencia laboral y unos méritos, algo que sí prometió la anterior ministra de Educación, María Jesús San Segundo, para que los profesores pudieran trabajar en la universidad.

Pero sí se recoge en este documento la incorporación de los funcionarios docentes a los departamentos universitarios en jornada total o parcial, algo que hasta ahora se desarrollaba de forma muy limitada. La nueva ley de universidades tendrá que ocuparse de este asunto.

La verdad es que a mí me vendría muy bien que se me aplicaran los criterios de valoración de méritos que figuran en el primer párrafo de la cita, pues, salvo por la labor de tutoría, que he desempeñado en contadas ocasiones, tengo un currículo relativamente apañado. Sin embargo, ¿qué significan esos méritos en comparación con la tarea diaria, la más fatigosa, la más ardua, de dar clase (incluyo en el concepto la labor de tutoría, cada vez más exigente), cinco días por semana, nueve meses por curso escolar, durante los veinte años que al parecer son considerados por el borrador como plazo necesario para que el profesor alcance “su máximo reconocimiento profesional”?

El verdadero héroe de la enseñanza, el que merece todos los créditos del mundo, y al que casi nunca se le reconoce ninguno, no es el que acumula los méritos enunciados en el borrador, sino el que se aplica a la callada labor de impartir clase, a menudo en condiciones difíciles, y apenas sin reconocimiento institucional. Todo lo demás queda muy bonito en los currículos, impresiona mucho de cara a la galería, pero no es otra cosa, como decía Jorge Manrique, que “verdura de las eras”.

No estoy proponiendo que los méritos que contempla el proyecto de estatuto se eliminen, pero tal vez sí que se sitúen en la adecuada perspectiva. De hecho, habría que añadir algunos conceptos novedosos, como la publicación electrónica o la capacitación en tecnologías aplicadas a la acción didáctica, que hasta ahora han sido despreciados en los baremos de méritos (algo de esto reclama Francisco Muñoz de la Peña Castrillo en su entrada de Aulablog21).

Lo que quiero decir es una obviedad monumental, que muchas veces no se tiene en cuenta: que no todos los docentes aspiran a “hacer carrera” de la misma manera. A unos nos interesan determinados puestos y promociones, a otros, sin embargo, no les atraen tales reconocimientos, y lo único que desean es seguir haciendo, modesta y honradamente, lo que han hecho siempre: dar clase en sus centros de trabajo, eso sí, en mejores condiciones. Pongo un ejemplo que siempre se aduce respecto a las limitaciones de la actual carrera docente: el de la promoción a la enseñanza universitaria. Seamos claros: ¿a cuántos docentes les interesa semejante promoción si van a seguir teniendo que impartir clase en escuelas e institutos? A mí no, desde luego, y me lo pensaría muy mucho antes de cambiar mi estatus por el de profesor en una universidad (el dilema clásico del oficio, entre publish or perish, no me atrae lo más mínimo). Estoy convencido de que la multiplicación de esfuerzos que exige esa situación un tanto esquizofrénica sólo la pueden soportar muy pocos compañeros, en destinos y circunstancias muy específicos, que no son, por regla general, los habituales.

Tal vez alguien piense que tiro piedras contra mi propio tejado, pero lo digo como lo siento. Ya es hora de que la administración educativa y los sindicatos, verdaderos muñidores de este tipo de proyectos, reconozcan la realidad como es, en vez de acomodarla a sus propios intereses. Y que premien la constancia y el compromiso de los docentes que llevan décadas al pie del cañón con los galardones que merecen: incrementos salariales, claro, pero también otras ventajas que seguramente les interesan más: mejores condiciones de trabajo (grupos más pequeños, horarios más compactos, tiempo para dedicar a otros proyectos profesionales y vitales, preferencia para el ejercicio de determinadas funciones en los centros escolares; que se pregunte a los docentes y seguro que harán propuestas muy sustanciosas) y, sobre todo, el apoyo de la administración educativa cuando vengan mal dadas. Que, al paso que vamos, a todos nos llegarán.

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