En El País de ayer publicó Enrique Murillo un artículo titulado “Virtudes de un vejestorio” (no pongo el enlace porque remite a la sección de pago del sitio, qué rabia), en el que el editor, traductor y novelista barcelonés comienza por ironizar sobre la cien veces predicha y nunca cumplida extinción del libro y acaba arremetiendo contra la iniciativa de Google Books de escanear los fondos completos de importantísimas bibliotecas y ofrecerlas al público.

No seré yo quien le enmiende la plana a Enrique Murillo, que tal vez no ande del todo desencaminado respecto a la paradójica amenaza que esta iniciativa de Google representa para el negocio del libro y las librerías, tal como ahora mismo está concebido. En una de las primeras entradas de este blog, saludé el proyecto de Google con entusiasmo, pero estoy dispuesto a desdecirme, una y mil veces si hiciera falta, si Murillo tiene una pizca de razón en sus afirmaciones. Al fin y al cabo, un servidor siente, en su faceta mitómana, una irreprimible fascinación por ese objeto real, que no virtual, de milenaria tradición, que es el libro. Ponerlo en riesgo, y con él a la industria que lo hace posible, sería para mí un motivo de vergüenza.

En todo caso, esta entrada no quiere entrar en polémicas, sino recordar a uno de mis autores favoritos, Isaac Asimov, que escribió hace ya casi un cuarto de siglo una de las más preclaras e ingeniosas defensas del libro que puedan existir. Su artículo, titulado “Lo antiguo y lo definitivo”, se publicó originalmente en enero de 1973 (de aquí las referencias al vídeo, que hoy nos parece poco menos que una antigualla), y con el correr de los años se ha hecho muy famoso. Yo lo he vuelto a leer hoy, a salto de mata, en un volumen titulado El secreto del universo y otros ensayos, Madrid, Ediciones Temas de Hoy (Col. “Bolsitemas”, 69), 1996, pp. 231-244, pero también se puede localizar en la Red.

Seguro que mis compañeros docentes encontrarán de utilidad para sus clases algunas de las páginas con que “el buen doctor” describe a sus lectores un objeto enigmático y hasta fantástico, de asombrosa y singular interactividad. Yo creo haber evocado alguna vez este texto en clase, pero me va fallando la memoria…