En un comentario a mi penúltima entrada, La construcción del yo en los blogs, señala Felipe Zayas: "parece que la construcción de un “enunciatario” (si nos queremos poner pedantes) es algo inherente al género. Y esta tarea es, para mí, lo más difícil. Más que encontrar temas". El comentario me ha parecido de gran alcance, a pesar de su brevedad. En cuanto he tenido ocasión he consultado un libro que me regalé a mí mismo el pasado viernes con el propósito de actualizar mis nociones de teoría literaria (Fernando Cobo Aseguinolaza y María do Cebrerio Rábade Villar, Manual de Teoría de la Literatura, Madrid, Castalia, Col. "Castalia Universidad", 5, 2006), y he aprovechado para ponerme las pilas sobre algunos conceptos de semiótica y pragmática que se me suelen atragantar.

Para los que no estén acostumbrados a esta terminología (que alguna vez hay que utilizar, aunque, como dice Felipe, corra uno el riesgo de asomarse al balcón de la pedantería), diré que el "enunciatario" no es un equivalente del receptor. Es decir, no designa a una persona o grupo de personas, sino a un efecto de sentido que se produce a partir de la presencia en el enunciado de marcas textuales, de efectos de construcción textual. El emisor y el receptor son personas reales, instancias extratextuales; en cambio, enunciador y enunciatario (también llamado destinatario), son instancias intratextuales.

Y efectivamente, construir el enunciatario no es una tarea fácil, porque ello supondría en primer lugar disponer de un perfecto retrato-robot del receptor, del lector implícito que lee el blog que se está creando. Las tecnologías propias de la web 2.0 y los elementos de interactividad de los blogs, tales como comentarios, pingbacks, trackbacks y estadísticas de visitas, permiten al autor hacerse una idea más o menos cabal de su público, pero, a no ser que sea un especialista o que viva exclusivamente de su bitácora, el análisis fino de la realidad que hay "al otro lado", le resulta esquivo (y a Dios gracias, añadiría yo, porque las sorpresas que depara este público siempre variopinto son una de las alegrías que proporciona la redacción de bitácoras).

Tampoco es fácil utilizar en todas las circunstancias aquellas marcas textuales que van orientadas a formar el enunciatario e interactuar con ese modelo de receptor que el autor o autora de un blog ha previsto de antemano. Yo a menudo me dirijo a mi hipotético público (mi "nicho de audiencia", dicho de una manera pedante, esta vez sí) con términos como "compañeros", "docentes", "colegas blogueros", o bien utilizo elementos pragmáticos que considero favorecedores de la aproximación y la cercanía entre el "yo" emisor y mis receptores: vocativos, segundas personas, pronombres, etc. Por otra parte, mi estilo de escritura no es en modo alguno inconsciente, por muy personal que se pretenda: su horizonte de referencia es un tipo de receptor que podríamos llamar "cultivado", lector y con interés en las Nuevas Tecnologías, capaz de entender ciertas alusiones o referencias no del todo transparentes. No tiene por qué ser profesor o profesora, pero se le parece.

Sin embargo, no mantengo siempre esta configuración del enunciatario, por motivos muy diversos:

  • Porque no todas las entradas corresponden al mismo tipo de textos. Por ejemplo, suelo prescindir de marcas de aproximación y apelación (aunque también aquí hay excepciones), en las entradas de carácter más técnico, o en las que tienen una condición más discursiva o expositiva.
  • Porque mi blog es un tanto idiosincrásico y no tiene una unidad temática evidente. A veces ni siquiera yo mismo sé por dónde anda la bitácora o qué rumbo va a tomar en las próximas entradas. No es la primera vez que me sorprendo acabando una entrada en un tono bastante diferente a aquél con el que la comencé.
  • Porque no siempre uno goza del mismo humor o estado de ánimo. Además, de vez en cuando me canso de mis tics y mis manías e intento hacer variaciones, quiebros, saltos mortales, con y sin red. Los batacazos no han faltado, como es lógico.
  • Añádase a estas razones otra muy poderosa: que de las reacciones de los comentaristas del blog, con cierta frecuencia inesperadas, o procedentes de segmentos de público a los que yo no había soñado con llegar, me hacen ver la conveniencia de cambiar de estilo, de enfoque, de actitud.

Todo esto tiene un reflejo textual que no siempre resulta evidente ni siquiera para el autor. Es cierto que, de un modo u otro, el estilo de escritura propio (sea esto lo que fuere, pues resulta un elemento textual tan notorio como resistente al análisis) acaba por unificar muchas de las líneas divergentes del blog y por concederles un sentido y función unitarios. Tal vez aquí también resida uno de los ingredientes que hacen tan adictiva la publicación en blogs: la posibilidad de ensayar diversas fórmulas de enunciación, modelos de comunicación variados, incluso contradictorios, que quedan unificados por las características invariables de formato y publicación de este nuevo y apasionante género textual.

En todo caso, la eficacia y coherencia del enunciatario de un blog no puede afirmarlas su autor, por mucho que se esfuerce en lograrlas. Determinar tales virtudes corresponde, como no podía ser de otra forma, a la soberanía de los lectores.

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