Cartel de la película La sombra de nadie

Cartel de la película La sombra de nadie

Cuántas veces ocurre que uno va al cine con la ilusión de ver la séptima maravilla del mundo y sale decepcionado, o al menos poco satisfecho. Y también ocurre lo contrario: entrar a una película por razones extracinematográficas o, simplemente, por pasar el rato, y encontrase ante una sorpresa muy agradable. Viene todo esto a propósito de dos películas muy distintas que he visto hace poco: La sombra de nadie, del director español Pablo Malo, cuyas producciones anteriores desconozco, y Babel, del mexicano Alejandro González Iñárritu, autor de dos filmes anteriores, Amores perros y 21 gramos, que en su día me produjeron una favorable impresión.

De La sombra de nadie tenía escasos datos previos, y fui a verla sobre todo por curiosidad, porque parte de ella está rodada en tierras navarras (el antiguo internado de Lekaroz, en Baztán). Para Babel, en cambio, me había provisto de todo un arsenal informativo, formado por críticas y reseñas, testimonios de amigos y conocidos y el habitual recorrido por la Red. A pesar de que tenía una cierta desconfianza hacia sus motivos y propuestas, La sombra de nadie me gustó, o al menos no me decepcionó. En cambio, Babel me dejó con la desagradable sensación de que hay algo de tramposo y manipulador en ella, y que su director practica un cine muy sobrevalorado.

La de Pablo Malo es una película de género, con las ventajas y desventajas que tal etiqueta representa para su valoración por parte del público. Claramente inserta en la tradición de los cuentos de miedo y de fantasmas y con ciertos elementos propios del thriller (véase una breve sinopsis del argumento en La Butaca) el filme propone unos escenarios, una atmósfera y unos personajes muy reconocibles, que le procuran gran parte de su eficacia narrativa, sobre todo si al espectador le gustan esos moldes genéricos, como es mi caso. En su condición de director, Pablo Malo muestra un estilo muy personal, con una atención al color y a a la textura de las imágenes que en algunos momentos de la película (sobre todo al principio, en la magnífica secuencia del humedad donde aparece el cadáver de la niña, y en algunos planos del internado), consigue tonos casi poéticos. La dirección de actores también pasa con buena nota por lo que respecta a la mayor parte de los intérpretes, lo mismo que el desarrollo de la narración, clásico, pausado y elegante, que concede a los efectismos inevitables en este tipo de películas un papel discreto y, en general, perfectamente aceptable.

Menos convincente es, sin embargo, el guión de la historia, también obra de Pablo Malo, que se muestra un tanto irregular, y algunos de cuyos diálogos resultan prosaicos o triviales (la abundancia de muletillas en alguno de los personajes, como por ejemplo el “¡hombre!” del recadero Matías, no ayuda a mejorar el panorama). En todo caso, más allá de defectos de detalle que pueden ser discutibles, el aspecto de guión que menos me ha convencido tiene que ver con la propia configuración de la historia, en la que falta el toque de originalidad y ambición que le permitirían destacar dentro del marco genérico en el que se inserta (a este respecto, creo que algún día habrá que investigar esa especie de corriente fantástica que atraviesa el cine español de los últimos años y que se mueve, de una u otra forma, en la estela del éxito clamoroso de Los otros, de Alejandro Amenábar, pero esta es una tarea que desborda mi capacidad). Ese defecto se hace más acusado conforme transcurre el relato, y provoca que lo que comienza como una historia inquietante y perturbadora, de perfiles imprecisos y personajes seductoramente turbios (por ejemplo el de la directora del internado, muy bien interpretado), acaba convirtiéndose en un relato bastante predecible y convencional, que muestra una curiosa, y casi con seguridad deliberada, ausencia de referencias claras a la realidad histórica.

Con todo, creo que La sombra de nadie y su director merecen una oportunidad. Al menos, la misma que gran parte de la crítica y los medios de comunicación han concedido a otros filmes españoles mucho más publicitados en las carteleras, y desde luego de interés y calidad muy inferiores (mejor no señalar, para evitar las odiosas comparaciones). Lo malo es que, a tenor de lo que Pilar y yo pudimos comprobar durante la sesión a la que acudimos, y en la que éramos los dos únicos espectadores, parece bastante improbable que el público vaya a concedérsela.

Cartel de la película Babel

Cartel de la película Babel

El caso de Babel, de Alejandro González Iñárritu, no puede ser más distinto. Elevado por la crítica a alturas estratosféricas (ayer leí la noticia de que ha ganado el Globo de Oro a la mejor película dramática en su edición de 2007), el director mejicano cuenta sus estrenos como éxitos. No seré yo quien los ponga en cuestión, aunque tal vez convenga contemplarlos con cierta perspectiva. Para empezar, diré que la intensidad dramática de sus filmes, y en particular la de Babel, no es tan incuestionable ni tan rotunda como se suele afirmar. Por el contrario, creo que en esta última película cabe advertir una cierta frialdad en el tratamiento de las cuatro historias azarosamente entrelazadas que configuran la trama argumental de la película, y que esa frialdad se compadece mal con su carácter doloroso y trágico. No sé bien si tal sensación procede de las actuaciones de algunos de sus protagonistas (en especial la de los más conocidos, Brad Pitt y Cate Blanchett), del modo en que construye los planos y tiende a situar la cámara el director, o incluso de la artificiosidad de ciertos enlaces argumentales, pero el conjunto de emociones y vivencias humanas que se desprende de la película no tiene la intensidad y capacidad de convicción que destacaban en 21 gramos, el anterior film del director mexicano.

Por otra parte, hay mucho de manierismo compositivo en el modo en que las varias líneas argumentales que forman la película se cruzan y se entrecruzan, mediante un discurso narrativo que en su momento fue toda una novedad, pero que ya se ha convertido en un lugar común del cine de los últimos años. De entre esas subtramas, la que transcurre en Tokio mantiene con las anteriores una ilación tan débil que se podría decir que constituye una película por sí misma. Su singularidad está reforzada, además, por una puesta en escena de una estilización que en algunos momentos (toda la secuencia de la discoteca, por ejemplo) roza la abstracción y se hace difícilmente soportable. Es cierto que hay planos bellísimos, casi futuristas, del Tokio posmoderno captado desde una elevada torre de apartamentos (en determinados momentos el paisaje urbano nocturno recuerda la megalópolis tóxica de Blade Runner), y que la soledad y angustia de la joven protagonista de esta subtrama se ve reforzada por el anonimato en que la sume tan gigantesca ciudad, pero también debe ponerse de relieve que la historia de Chieko, la joven sordomuda, está demasiado lejana (en todos los sentidos) del resto de personajes y sucesos como para integrarse en una unidad convincente con ellos.

Donde mejor se desenvuelve González Iñárritu no es en este Tokio desaforadamente urbano, ni en los desiertos marroquíes, tan áridos y crueles para sus propios habitantes, sino justamente en los terrenos que mejor conoce. De hecho, de las cuatro historias que componen la película, la que transcurre entre San Diego y México es, con mucho, la mejor, la más lograda y emotiva, y probablemente también la mejor interpretada (Gael García Bernal está espléndido, y lo mismo cabe decir de Adriana Barraza, la actriz que encarna el papel de Amelia, la niñera mexicana que cuida de los hijos del matrimonio norteamericano protagonizado por Pitt y Blanchett). Frente al mundo obsesivamente dramático que coracteriza las otras tres historias, la de la frontera norteamericano-mexicana presenta una humanidad mucho más amplia y completa, pues hay oportunidad en ella para el gozo y la risa, aunque su desenlace sea muy amargo. La crítica de una situación política que permite injusticias tan flagrantes como la deportación de Amelia está plenamente legitimada en esta historia, y no tanto en la que transcurre en Marruecos, donde la mirada nada complaciente del director hacia el gobierno americano y su obsesión con el terrorismo parece metida con calzador.

Quisiera, para acabar la reseña, comentar una secuencia que considero muy reveladora de lo que es, y también de lo que no es, Babel. Transcurre justo al final de la película, y narra el encuentro entre Chieko y su padre, en la terraza del elegante piso de Tokio donde viven ambos. La joven sordomuda, frágil, desnuda y desamparada ante la gran ciudad, agradece el cálido abrazo de su padre, en una escena sin palabras, fiada a la expresividad de los gestos y las miradas. Podría haber sido un momento íntimo, conmovedor, pero González Iñárritu no logra resistirse a la tentación de poner la cámara en una grúa (o hacer un trucaje digital), levantarla sobre las cabezas de sus personajes y alejarla en busca de un plano panorámico de la noche tokiota, cuajada de neones. Por muy hermosa que sea la vista, no deja de ser un recurso artificioso y, en el fondo, vacío.

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