El velo pintado, cartel de la película

El velo pintado, cartel de la película

El pasado jueves ironizaba sobre mi transitoria fascinación por las exquisiteces orientales. Hoy tengo que añadir a la lista de japoneserías y coreanidades que elaboré entonces una deliciosa y romántica chinoiserie. Me refiero, claro está, a El velo pintado, la película de John Curran que se estrenó en nuestras pantallas el pasado viernes, a cuya proyección acudí urgido por un argumento incontestable: “con el frío y el aire que hace, yo sólo me muevo de casa para ver El velo pintado“, me dijo Pilar.

Conste que aunque hubiera hecho una noche primaveral también me hubiera convencido su retórica, porque, aunque no tanto como a ella, también a mí me gustan las películas de amor y lujo (aclaro, para quienes no la hayan visto, que en El velo pintado hay menos lujo que amor). No es que las pretenda como un plato diario, pero de vez en cuando me agrada ver una comedia o un drama de ambientación victoriana o eduardiana, de esos que los directores de la época dorada de Hollywood sabían hacer con los ojos cerrados, y cuya práctica todavía no se ha olvidado en cinematografías como la inglesa o la francesa.

Además, era toda una garantía tener a William Somerset Maugham como autor de la novela en que está basada esta película de John Curran. No he leído el libro (lo pedí por Internet a la Fnac el domingo), ni recordaba haber visto la versión cinematográfica que de él se hizo en 1934, con Greta Garbo en el papel protagonista, pero tenía presente que Somerset Maugham es un escritor especialmente bien tratado por el cine (véase en la Wikipedia la lista de las adaptaciones cinematográficas de sus obras) y, sobre todo, que en la película actúa Naomi Watts.

Ya sé que lo que voy a decir es impropio de reseñas cinematográficas tan sesudas como las mías, pero me encanta todo lo que hace la Watts en el cine; todo, menos su relación, snif, con Liev Schreiber, un intérprete que En el velo pintado encarna, por cierto con poca fortuna, el personaje más ingrato del dramatis personae. Naomi Watts representa, tan bien como es habitual en ella, el papel de Kitty Fane, en una intervención construida a su medida, pues no en vano es coproductora del film junto a su partenaire masculino, un Edward Norton tan sólido y eficaz como de costumbre, aunque aquí sin los toques siniestros y turbios que tanto ha prodigado a lo largo de su carrera.

El argumento de la película tiene un toque romántico y exótico que la hace irresistible: Kitty, una joven inglesa de clase alta, deseosa de sacudirse la presión de su familia para que tome marido, acepta la súbita proposición de matrimonio de Walter Fane, un bacteriólogo que desempeña su trabajo en Shanghái. Aburrida de la vida conyugal con su esposo, que presta a su trabajo mucha más atención que a ella, Kitty se enamora de un funcionario británico, con el que mantiene una apasionada relación amorosa. Tras enterarse de la infidelidad de su mujer, Walter Fane la obliga, bajo amenaza de solicitar un divorcio escandaloso, a marchar con él a una recóndita población de la China interior, en la que una epidemia de cólera hace estragos.

La película arranca con un plano de los dos jóvenes esposos, que prácticamente no se dirigen la palabra, entre los arrozales chinos, bajo una tenue lluvia. Mediante hábiles flashbacks, se narran los hechos que acabo de resumir, hasta enlazar con el presente de una misión humanitaria en el corazón de una China que comienza a mostrar los primeros signos de rebeldía contra el colonialismo europeo. Lo que ocurre en la remota ciudad del inmenso país asiático -la entrega incondicional del doctor Fane a sus pacientes, el descubrimiento por parte de Kitty de los sentimientos que le unen a un marido cuya insensibilidad y distanciamiento para con ella son formas deliberadas del castigo que le ha impuesto- es bastante previsible (pasada la primera media hora del metraje no es difícil intuir lo que va a suceder) y, sin embargo, la historia y sus personajes resultan creíbles, sinceros, nada artificiosos, con un toque emotivo y sentimental que, por muy convencional que pueda parecer, tiene al mismo tiempo un indudable encanto.

Parte de la eficacia de la película reside en su ritmo elegante, pausado, muy firme, apenas sin momentos muertos o escenas sobrantes. También hay que contar con el poder de convicción que se desprende de las interpretaciones de Naomi Watts, Edward Norton y, sobre todo, Toby Jones, que borda su papel del funcionario Waddington, un tipo escéptico y cínico, pero al mismo tiempo capaz de ver en el fondo del alma de los demás personajes y de iluminar sus conciencias. La fotografía, de indudable belleza (aunque en más de una ocasión demasiado obsesionada con lograr el plano-postal que deje al respetable con la boca abierta), es otro punto a favor de un relato que se desliza con suavidad, sin sobresaltos, en un discurrir fluido que seguramente agradecen la mayoría de los espectadores.

Por contra, a pesar de haber sido rodada en escenarios naturales y con la evidente colaboración de sus autoridades, el retrato de la sociedad china es un tanto forzado, acartonado, demasiado distante. En alguna crítica he leído que, haciendo abstracción de las localizaciones geográficas que se muestran en la pantalla, muy típicamente chinas, la historia de Kitty y Walter podría haber transcurrido en cualquier otro lugar preñado de resonancias exóticas. No les falta razón a quienes formulan este reproche, como tampoco a los que argumentan que El velo pintado es una película de escasa personalidad, en la que se advierten ecos de multitud de filmes anteriores (por citar unos pocos, y por orden cronológico, El año que vivimos peligrosamente, Pasaje a la India, Memorias de África, La costa de los mosquitos, Havana, El paciente inglés, El americano impasible ), pero sin el toque de autenticidad que justificaría en ella la vinculación clasicista a que de forma tan evidente aspira.

Es muy posible que a estas críticas, o a otras que se podrían hacer (como el escaso desarrollo de personajes tan interesantes como la madre superiora del convento o el coronel chino que comienza por mirar con sospecha al doctor Fane y acaba manteniendo con él una hermosísima relación de colaboración y lealtad) no les falten sus puntos de razón. Sin embargo, me gusta creer que El velo pintado se salva por la confianza que muestra en el valor de un romanticismo tan sincero, y hasta un poco ingenuo para los tiempos que corren, como el que se desprende de la historia de amor entre Kitty y Walter. De forma bastante sorprendente (y probablemente tal mérito haya que adjudicárselo a Somerset Maugham antes que a cualquier otro miembro de la producción), El velo pintado acaba por erigirse en una película con mensaje, bastante a contrapelo del cine que se hace en nuestros días. Y no es un mensaje banal, pues trata sobre la dificultad del verdadero amor, sobre el valor de la entrega y el sacrificio, sobre el cumplimiento del deber incluso a costa de la propia vida, sobre el pecado y la redención.

Por lo que he podido comprobar en un recorrido en absoluto exhaustivo por las críticas y reseñas que se han publicado acerca de la película de John Curran, casi el único motivo de acuerdo entre todas ellas es la valoración de la banda sonora del compositor francés Alexandre Desplat, del que he escuchado en los últimos meses varias bandas sonoras a cuál más interesante. La de El velo pintado es una música bellísima, delicada y evocadora, de intenso romanticismo, que no desentona al lado de una pieza tan clásica y tan emblemática como la Gnosienne nº 1 de Erik Satie, que suena, a modo de leitmotiv, en varios momentos clave de la película. Como la tenía por casa, hela aquí, en una versión para el sello Naxos, interpretada por la pianista Klara Körmendi, y grabada en el Instituto Italiano de Budapest, en abril de 1989.

Erik Satie, “Gnossiene 1” (1890), Piano Works (Selection), 1988, HNH International Ltd., pista 2, 3,10 minutos.

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