Hace casi un año ya conté en este blog que entre mis muchas manías se cuenta la de ir al cine en las localidades que visito durante las vacaciones estivales, sobre todo si la sala de proyección pertenece a un cine provisional, de esos que se instalan en los sitios de veraneo y sólo funcionan dos o tres meses al año. Uno de mis recuerdos más entrañables de las vacaciones en familia, hace ya muchos años, en Laredo, Peñíscola, Piles, Cambrils o Salou, era precisamente el de los cines al aire libre, de sonoridad espantosa, incomodidades legendarias (he llegado a conocer alguna sala en la que las butacas de platea se complementaban con los asientos que el público llevaba consigo) y programación errática a más no poder.

No recuerdo casi ninguna de las películas que vi en tales circunstancias (bueno, sí, haciendo un esfuerzo de memoria consigo acordarme de una proyección antológica, creo que de Toro salvaje, de Martin Scorsese, que tuvo que interrumpirse a causa de un chubasco nocturno acompañado de poderoso aparato eléctrico; cuando acabó la tormenta, y una vez que los asistentes secamos los asientos, siguió la película, como si tal cosa), y me vienen a la cabeza imágenes confusas y entremezcladas de aquellas salas, patios y galpones, pero me gusta reivindicar desde las páginas de La Bitácora del Tigre el recuerdo de unas experiencias personales que son pura arqueología, o están a punto de convertirse en ella.

Digo esto porque de mis últimas vacaciones en la costa granadina, concretamente en Motril, he vuelto enfadado con el mundo y conmigo mismo. Ni en Motril ni en localidades turísticas cercanas como Salobreña o Almuñécar encontramos ningún cine, ni de verano ni de ninguna otra clase, que me permitiera dar rienda suelta a mi afición. En el folleto del hotel donde estábamos alojados figuraba la dirección de unos multicines motrileños, pero después de indagar inútilmente durante un buen rato, nos dijeron que habían desaparecido (y así es, según la noticia que acabo de encontrar en el sitio web del diario Ideal de Granada, donde se informa de que el Cine Motril cerró sus puertas en noviembre de 2006).

Algo de culpa en la infructuosa búsqueda cinematográfica nos toca a nosotros, por impericia o dejadez, porque los cines de la costa tropical granadina, aunque ocultos a las miradas convencionales, existen: en Almuñécar nos encontramos los carteles publicitarios durante un paseo por el casco viejo de la localidad, el último día de nuestras vacaciones; debía de ser algún cine de esos precarios que a mí tanto me gustan, porque en ningún periódico local o regional pude hallar la más mínima referencia a sus proyecciones. Por su parte, la programación cultural del Ayuntamiento de Salobreña incluye también en este verano de 2007 algún acontecimiento cinematográfico, que en su momento no supimos encontrar, y que sólo ahora, al ponerme a redactar este artículo, he descubierto.

Con todo, nuestra experiencia de las vacaciones granadinas es un síntoma alarmante de lo que ocurre con el cine entendido como honesto entretenimiento para públicos populares. Parece ser que un veneno mortífero lo amenaza: cierran los cines, uno tras otro, dicen que por la falta de público y la competencia más o menos desleal del DVD, los servicios multimedia online (YouTube y similares) y las redes P2P. Y da igual que las salas tengan una corta historia, como la ya mentada de Motril, o disfruten de añeja prosapia, como los multicines Príncipe de Viana, de Pamplona, cuyo hermoso edificio fue derribado hace algunos meses para construir un bloque de apartamentos (en Navarra y el cine hay algunos datos muy significativos sobre la progresiva desaparición de las salas pamplonesas). Las grandes salas céntricas, con su lujosa estética teatral y sus rituales de otra época, son sustituidas por multicines de comodísimas butacas y sistemas de proyección ultramodernos, tan absolutamente idénticos entre sí como inevitablemente dependientes del coche para llegar a ellos, y el centro de las ciudades pierde con esta transformación parte de su atractivo y de su esencia histórica. Ya no existe nada parecido a los cines parroquiales de mi infancia y primera juventud, escenario de una algarabía difícilmente imaginable para quien no viviera aquellos años, y, a pesar de sus deficiencias, fermento de innumerables vocaciones cinéfilas. Tampoco los cineclubs que tanto hicieron algunos años después por aburrirnos con plúmbeas producciones rusas, polacas, italianas y suecas (pero nos permitían fardar ante las amigas de exquisitez intelectual) parecen vivir sus mejores tiempos.

En fin, qué se le va a hacer. Para el próximo verano ya sé cómo librarme de las angustias de la anacinematofagia (me acabo de inventar el neologismo; que me corrijan los blogueros helenistas si es incorrecto): en primer lugar, dándole vueltas a Google una y otra vez para buscar las pistas de cualquier evento cinematográfico, por muy recóndito que sea, antes de ponernos en marcha hacia nuestro destino vacacional (cierto es que pude emplear ese mismo recurso desde la conexión del hotel, pero era lenta y las búsquedas poco ágiles); y en segundo lugar, haciendo acopio de DVDs para cuando el mono se presente con urgencia irresistible.

Ayer, nada más volver de Motril (970 kilómetros a través de una España transitoriamente unificada en sus diferencias regionales y culturales por obra de un calorazo unánime), tras deshacer las maletas y ponerme al día de los correos atrasados (ay qué dolor el spam), me lancé a la calle para darme mi primer chute de actualidad cinematográfica: Next, del neozelandés Lee Tamahori, no tan insatisfactoria como lo que había supuesto por algunas críticas. Una Julianne Moore enérgica, un Nicolas Cage muy en baja forma (es uno de los actores que más odia Pilar, y en este caso con razón) y una Jessica Biel guapísima hasta lo inverosímil son las cartas de presentación de esta película que mezcla la acción, los toques futuristas y el thriller en proporciones un tanto desiguales. No es gran cosa, pero sirve para pasar el rato y, sobre todo, sacudirse el síndrome de abstinencia.

Cierro la entrada con dos referencias que he encontrado durante las vacaciones, y que sólo he podido confirmar adecuadamente con una conexión a Internet como Dios manda: el vídeo musical de la versión de “Save The Last Dance For Me” que interpreta Michael Bublé, en uno de los temas más vibrantes y menos relamidos del artista canadiense (oímos casi toda su discografía mientras recorríamos las estrechas carreteras de las Alpujarras) y el tráiler oficial de The Golden Compass, una película fantástica con la que me encontré por casualidad, buscando vaya usted a saber qué. Sea como fuere, tiene una pinta estupenda, y con ella espero pasármelo bomba en compañía de mis sobrinos, allá por las próximas Navidades.

http://www.youtube.com/watch?v=VY60CkP1qAc

Sólo para los muy aficionados al cine fantástico: la sección de tráilers cinematográficos del sitio web de Apple dispone de dos vídeos de la película, en alta definición. Cuesta descargarlos, pero son una gozada.