Hoy he mantenido una breve conversación telefónica que me ha hecho pensar. Mi interlocutor era un operario de unos grandes almacenes que había acudido a casa de mis padres para instalarles un televisor nuevo, uno de esos monstruos enormes con pantalla plana y sintonizador TDT incorporado, que sustituye a una antigua tele de tubo, recientemente fallecida de agotamiento y consunción.

Mi madre me ha llamado, un poco nerviosa, para decirme que, según los instaladores, la tele no cabía en la librería del cuarto de estar. Pilar y yo nos encargamos de la compra, así que el encaje del aparato en el mueble era para mí casi una cuestión de honor. “Imposible -le he contestado-; anotamos las medidas del mueble y las comprobamos, metro en mano, en la tienda”. Al percibir las vacilaciones de mi madre, le he dicho: “pásame con el instalador, por favor”.

Puesto al habla con el operario, enseguida he notado que era un hispanoamericano, muy formal, extraordinariamente correcto y educado. “Caballero”, “señor”, me ha dicho en varias ocasiones. Yo le he aclarado que la tele había sido medida con cuidado, y él ha aceptado mis explicaciones y me ha prometido que harían los esfuerzos necesarios para instalarla. Al acabar la conversación, se ha despedido con una frase inolvidable: “le paso con su señora madre”.

No, no era una frase extraída de una novela decimonónica, ni de un culebrón colombiano, ni de uno de los artículos de prensa en los que Javier Marías evocaba, con cierta zumba, la relación con su padre. Era, en cambio, una expresión habitual en la lengua cotidiana de un técnico de televisores que, a pesar del calor que hoy hace en Pamplona, y del sofoco de las probatinas, sabe comportarse con unos modales exquisitos, que los españoles hemos olvidado hace décadas y que consideramos reaccionarios o poco menos.

No siempre es fácil la convivencia con los inmigrantes, que traen consigo hábitos y modos de ver la vida muy distintos a los nuestros, incluso cuando se expresan en el mismo idioma. En todo caso, nuestra brevísima conversación demuestra que tenemos mucho que aprender de ellos: paciencia, dignidad, educación y unos modales que dejan nuestras habitualmente ásperas maneras (y en Pamplona somos especialistas en el trato frío y descortés) a la altura del betún. Cuánta falta hacen en nuestra sociedad, y más todavía en nuestras aulas, los modales exquisitos de ese instalador de televisores.

Ah, y la tele cabe; muy justa, pero cabe, y además se ve de cine.

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