Es difícil sentirse turista en Grecia, porque a cada paso surge algo –una piedra, un recuerdo, una palabra- que es parte de la historia personal de quien visita el país. Da lo mismo que no se entienda el idioma ni el alfabeto (yo nunca estudié griego en el colegio ni en la Universidad, y es toda una lástima), que el tono vital de las gentes y las ciudades tenga un marcado sabor oriental, o que algunas costumbres e instituciones resulten sorprendentes.

Todo eso da lo mismo porque Grecia, su lengua, su historia, las imágenes de sus ciudades y paisajes, y hasta la cocina o la música, nos resulta conocido, familiar, como si lo hubiéramos experimentado en otra vida, o tal vez en uno de esos sueños tan vívidos y reales que al despertar quisiéramos prolongar en el territorio fascinante y ambiguo de la duermevela.

Hemos visitado Atenas y la Acrópolis, los mil y un restos arqueológicos esparcidos por la antigua ágora, los restaurantes, cafés y mercadillos del barrio de Plaka, el templo de Poseidón en el cabo Sounion al caer la tarde, el inagotable Museo Arqueológico, que es como una enciclopedia gigantesca de libros de arte, sus páginas en tres dimensiones abiertas ante la curiosidad del visitante, la ciudad de Nauplio, el teatro de Epidauro, las ciclópeas murallas y tumbas de Micenas, la isla de Santorini, en las Cícladas, con sus aventuras geológicas y su urbanismo en blanco y azul, que parece haber sido trazado por un genial arquitecto cubista.

Todo nos ha parecido íntimo, y amistoso, y lleno de emoción. No nos importaron las multitudes de turistas que cercan la Acrópolis, porque al llegar a la fachada del Partenón se siente uno sobrecogido por el recuerdo de tantas horas dedicadas al estudio y la lectura de los libros de arte, los clásicos grecolatinos, los mitos clásicos, las etimologías. Nada nos importó que los restaurantes fueran ruidosos e incómodos, porque todos los platos griegos que probamos nos llenaban la boca de aromas antiguos que son también, y lo han sido durante siglos, nuestros. No echamos en falta conocer la lengua griega o los complicados rituales de los ritos ortodoxos a los que asistimos, porque más allá de las palabras o los gestos latía en ellos la emoción de una espiritualidad que no tiene fronteras.

Ya sé que me estoy poniendo demasiado solemne para lo que se estila en un blog, así que antes de ofrecer a mis lectores la prometida colección de fotos griegas (la que viene a continuación es sólo la primera parte, pues dejo para otra tanda las vistas de Santorini), terminaré con una anécdota del viaje. Al llegar al teatro de Epidauro mis acompañantes me lanzaron uno de esos retos a los que soy incapaz de resistirme: “qué tal, Eduardo –me propusieron- si desde el centro de la orchestra nos recitas algo y consigues que te oigamos desde la última fila.”

Así que esperé a que subieran los cincuenta y tantos escalones de la grada, se aposentaran en sus asientos de piedra, y me hicieran el gesto de rigor. Tengo que confesar que experimenté un momento de pánico, porque me quedé en blanco. No me venía a la memoria ningún fragmento dramático, de modo que tuve que utilizar un recurso bastante manido: el recitado de los primeros versos de “La canción del pirata”, de José de Espronceda. Tendrían que verme, allí en medio de un teatro capaz de alojar a casi quince mil espectadores, declamando a pleno pulmón aquello de

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Poco a poco se hizo el silencio entre la vocinglera concurrencia, y algunos turistas comenzaron a disparar sus cámaras desde varios puntos del graderío y de la escena. Incluso un simpático caballero francés me pidió un “encore, s’il vous plaît” (‘un bis, por favor’), para grabarme en vídeo desde el principio. Con un subidón de adrenalina en el cuerpo como hace mucho tiempo que no experimentaba, repetí los versos que había recitado, hasta que me empezó a faltar el resuello.

Por supuesto que Pilar y sus amigas me oyeron, con total nitidez, desde la última fila del teatro (un turista español incluso me preguntó, asombrado por la acústica del lugar, si había tenido que esforzarme mucho al proyectar la voz). No tengo ningún testimonio gráfico para demostrar mi actuación (bueno, hay una foto de una amiga, pero está tomada desde muy lejos, y apenas se me distingue), pero es posible que en YouTube ya se haya colgado algún vídeo en el que el Tigre ruge de entusiasmo, recitando a Espronceda, en uno de los más bellos escenarios del mundo clásico.

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