Muerte de la luz, de George R.R. Martin

Muerte de la luz, de George R.R. Martin

Dos motivos fundamentales (que, en realidad, son uno solo, como inmediatamente se verá) me animaron a leer esta novela, la primera que publicó el novelista norteamericano George R.R. Martin: en primer lugar, el recuerdo de la gozosa experiencia de hace un par de años con el extensísimo universo narrativo de Canción de hielo y fuego; en segundo lugar, el hecho de haberme topado en Twitter con las vibrantes recomendaciones de Antonio Solano, por cuya mediación llegué en su día a la monumental y absorbente saga fantástica del escritor de Bayonne (la del estado de Nueva Jersey, no la vecina localidad francesa que extiende su caserío a orillas del Adur).

Todas las reseñas que he leído insisten en que, para ser una primera novela, se trata de una obra de sorprendente calidad. Coincido plenamente con tales juicios, pues George R.R. Martin es un absoluto superdotado de la imaginación creadora, un prodigioso artífice de mundos imaginarios de una plasticidad y capacidad de convicción difíciles de igualar (de hecho, yo no recuerdo haber leído nada parecido a Muerte de la luz desde los ya lejanos tiempos en que disfrutaba con Jack Vance en aquellas recopilaciones de ciencia ficción que publicó Bruguera en su colección “Libro Amigo”). Cualquier lector que se adentre en las tres páginas iniciales de la novela –un prólogo delicioso que es toda una obra maestra de la inventiva y un ejemplo señero del sentido de la maravilla que caracteriza al género de la ciencia ficción- queda literalmente sin aliento, con la respiración contenida, subyugado por un mundo ficticio cuya realidad astronómica, geológica, ecológica, histórica, antropológica y cultural hace brotar en la imaginación un torrente de ensoñaciones y resonancias imposible de contener.

En otros ámbitos, por ejemplo en las motivaciones y la psicología de los personajes, no me parece una obra tan indiscutible (de éste y algunos otros posibles fallos de la novela me ocuparé más adelante), pero en cualquier caso Muerte de la luz es una obra de ésas con las que el aficionado a la ciencia ficción espera toparse todos los días, y sin embargo son tan raras de encontrar: un libro apasionante, de lectura adictiva, cuyos escenarios decadentes y moribundos conectan de forma misteriosa con oscuras zonas de nuestra imaginación, y a cuyos protagonistas seguimos de forma incondicional, incluso aunque nos parezcan tan imposibles como el mundo en que transcurre la historia, un planeta con una historia astronómica de millones de años de oscuridad y silencio y unos brevísimos momentos de clamoroso esplendor.

Porque, en efecto, la trama se desarrolla en el planeta errante Worlorn, terraformado por varias culturas humanas durante los apenas cincuenta años en el que su viaje sideral lo aproxima a la formación estelar conocida como la Rueda de Fuego, breve y único período en el que la vida puede prosperar en un planeta destinado a perderse poco después en los abismos negros del vacío. Allí acude el protagonista, Dirk t’Larien, al reclamo de una antigua novia, Gwen Delvano, que trabaja como ecóloga estudiando los agonizantes ecosistemas de Worlorn. Gwen mantiene una compleja relación de amor, odio, entrega y dependencia con su esposo, Jaantony Riv Lobo alto-Jadehierro Vikary (Jaan Vikary es el nombre más manejable por el que se le nombra en la novela), y el compañero de sangre de éste (su teyn, en la terminología de la cultura a la que ambos pertenecen), Garse Jadehierro Janacek. Ambos hombres son kavalares, hijos del mundo de Alto Kavalaan, principal colonizador de Worlorn, un planeta guerrero de rígidas tradiciones cuyos habitantes están organizados en clanes ferozmente respetuosos de los valores del honor y la lealtad.

Dirk t’Larien intenta recuperar el amor de Gwen, a quien acompaña en sus viajes por Worlorn. De esta forma conoce varias de entre las catorce ciudades erigidas por los catorce mundos que colonizaron el planeta errante, todas ellas asombrosas, en su mayor parte abandonadas y aun así todavía majestuosas como solemnes recordatorios de los diez años en que se desarrolló en el planeta el Festival del Confín, una especie de encuentro de culturas que competían entre ellas en esplendor, belleza, derroche y singularidad. Dirk ayudará a Gwen a liberarse de los férreos lazos con los que la mujer está unida a Vikary en su papel de betheyni (‘esposa-cautiva’) y al mismo tiempo cro-betheyni (‘esposa cautiva compartida’) de Garse (aunque también podría decirse que lo que hace es ayudar a Gwen a entender tales papeles), y en este proceso entrará en conflicto con los dos hermanos de sangre, con el compañero de investigaciones de Gwen, Arkin Ruark, y sobre todo con los representantes más estrictos e implacables de la ortodoxia kavalar, practicantes de tradiciones tan cruentas como la caza de lo que ellos denominan “cuasi-hombres”. Seguro que los lectores de esta reseña habrán adivinado ya que, a consecuencia de las decisiones de Dirk t’Larien, el protagonista de la novela acabará formando parte de esta peligrosísima categoría.

Cabe pensar que la extraordinaria construcción del universo ficticio de la novela y sobre todo la configuración imaginaria del planeta Worlorn, no tienen otro objetivo ni justificación que el despliegue de una maravilla tras otra: tablas voladoras que recuerdan a los monopatines de Regreso al futuro (pero la novela de Martin se adelantó ocho años a la serie de películas de Robert Zemeckis); espacios urbanos tan seductores y fascinantes como Kryne Lamiya, la Ciudad Sirena, en la que el viento, ordenado y dirigido por sus constructores, canta una eterna melodía trágica al pasar entre sus torres y edificios; historias, tradiciones y valores insólitos, con frondosas ramificaciones sentimentales y culturales, que traen a la memoria las invenciones de Ursula K. Leguin en La mano izquierda de la oscuridad; seres humanos tan extraños como los niños parásitos de la subacuática Ciudad del Estanque sin Estrellas, que viven toda su vida en el interior de gigantescas babosas submarinas, alimentados por sus secreciones alucinógenas; animales inquietantes como los espectros arbóreos, que al mudar su piel la dejan sobre la rama de un árbol, a modo de mudos vigilantes de sus nidos; sistemas estelares de una complejidad y belleza tan asombrosa que parecen haber sido dispuestos por una raza capaz de trasladar soles y erigir con ellos monumentos astronómicos; joyas que susurran en la mente de sus poseedores los ecos de las emociones y sentimientos grabados en ellas; depredadores como los banshis negros, animales-tótem del clan kavalar de los Jadehierro, que recorren los cielos de Worlorn como elegantes y peligrosísimos equivalentes aéreos de las mantas raya de los océanos de la Vieja Tierra.

Por supuesto que todos los mundos ficticios existen en primerísimo lugar como soporte necesario del marco espacio-temporal de las historias que transcurren en ellos, pero el caso de Worlorn y el universo imaginario de Muerte de la luz es un caso muy especial, pues se sustenta únicamente sobre el pacto entre autor y lectores y sobre el talento creativo de su autor. En efecto, ¿qué criterio de verosimilitud (científica, tecnológica, histórica, tanto da), puede invocarse al margen de los planteamientos de la novela?; ¿qué civilización, por muy grandes que fueran sus recursos y ambiciones, podría permitirse el coste exorbitante de la terraformación de un planeta que sólo puede albergar vida (una vida esplendorosa, ciertamente) y ser habitado durante un período tan breve como el que plantea la trama? La terraformación de Worlorn, la feria de culturas en el Festival del Confín, las ciudades erigidas por los catorce mundos colonizadores, todos estos elementos son artificios fantásticos de una imposibilidad tan manifiesta que sólo resultan admisibles en el seno de una historia de un romanticismo tan desaforado como el que preside la novela de Martin.

Que conste que no planteo esta circunstancia como un reproche, sino más bien como constatación de un notable logro literario, pues en Muerte de la luz el escritor norteamericano logra una estrechísima relación entre el escenario ficticio, las historias y pasiones que en tal espacio se desarrollan y los personajes que las protagonizan. Es decir, que todos los elementos maravillosos de la novela –geologías, geografías y urbanizaciones quiméricas, artefactos y máquinas asombrosos, animales y plantas que parecen haber salido de un gabinete de curiosidades onírico, culturas de una rareza fuera de lo común y una antroponimia de un barroquismo imaginativo exquisito- son mucho más que atrezzo típico de un relato de ciencia ficción y del subgénero de la space opera. Por el contrario, alcanzan la categoría de elementos esenciales de la trama (más adelante veremos algunos casos muy llamativos que prueban el talento narrativo de Martin) y coadyuvan a la construcción de una tonalidad muy singular –mezcla de maravilla, aventura, fatalismo y anhelos románticos e idealistas-, que causa en el lector una impresión inolvidable.

Con todo, creo que no sería desacertado calificar a Muerte de la luz como una muy notable novela juvenil, no sólo por ser la primera de un autor que todavía no había cumplido la treintena, sino sobre todo porque en el comportamiento de los personajes, en el entretejido de las pasiones y valores contradictorios que compiten entre sí a lo largo de la trama –amor y odio, lealtad y traición, fidelidad a la palabra dada y mentira, respeto fanático por las tradiciones y conciencia de lo inevitable de los cambios, arrojo insensato y miedo cerval, sacrificio idealista y cálculo interesado- se adivina el trasfondo de uno de esos grandes relatos de aventuras (que también son, a su manera, inolvidables novelas de formación) en los que el protagonista debe hacer frente a grandes peligros, contempla maravillas sin cuento y ve crecer dentro de sí los valores definitivos que le afirman como persona frente al mundo. Así ocurre en esta historia, cuyos lectores tienen oportunidad de contemplar cómo Dirk t’Larien, hombre dubitativo, indeciso y abúlico, se ve obligado a enfrentarse a un mundo desconcertante, a culturas tan extrañas que provocan su rechazo instintivo, a valores e ideales aparentemente inasumibles, a sus propias limitaciones físicas y de carácter, y de todo ello saldrá fortalecido y enriquecido, hasta llegar a un desenlace de emotividad desgarradora –Antonio Solano sugería el parecido con la película Casablanca, pero yo prefiero pensar que George R.R. Martin habrá leído “El Sur”, de Jorge Luis Borges–, a cuyo impacto emocional es difícil sustraerse.

Por otra parte, la condición primeriza y juvenil de Muerte de la luz quizás explique algunos fallos de la novela. Por ejemplo, creo que el personaje de Gwen Delvano resulta algo desvaído, y que son poco consistentes los detalles de su relación con t’Larien a lo largo de la trama (los hechos que tienen que ver con la vida de ambos antes de que t’Larien arribe a Worlorn adquieren un aspecto un tanto brumoso), lo cual genera a menudo la incómoda sensación de que la temática amorosa de la novela se sustenta sobre una serie de tópicos apenas disimulados. Además, la revelación de ciertos hechos que se ocultan al lector al principio del relato, como las circunstancias por las que t’Larien emprende viaje a Worlorn, también me han parecido un truco narrativo un tanto pedestre. Me parece, además, que George R.R. Martin abusa del argumento de la motivación cultural –una forma muy particular de idealismo- a la hora de justificar los comportamientos de los personajes, hasta el punto de preterir otro tipo de tratamiento literario más sólido, que le hubiera permitido ahondar en la psicología y el carácter individual de cada uno de ellos. Aunque podamos aceptar que con respecto a los feroces kavalares el argumento cultural está bien trabado, porque la historia de Alto Kavalaan y sus tradiciones ocupa una parte esencial de la historia, en el caso del ecólogo kimdissi Arkin Ruark (cuya verdadera relación con Gwen, si bien adivinable, sólo se explica al final del relato), atribuir las razones de su comportamiento a la particular ideología de los habitantes de Kimdiss, o a su secular desencuentro con los kavalares, no parece un enfoque del todo plausible.

Todos los fallos y errores que acabo de anotar quedan sobradamente compensados por los indiscutibles méritos del autor. Ya hemos destacado algunos a lo largo de esta reseña, a los que habría que añadir el hecho de que, para ser una primera novela, George R.R. Martin se muestra como un narrador muy competente, capaz de otorgar a su relato un ritmo narrativo sólido y sin desmayos, y dotado de una singular habilidad para anudar muy estrechamente los diversos hilos de la trama. No quiero dar demasiados detalles para no estropear a nadie su lectura, pero sí puedo señalar dos ejemplos significativos, ambos relacionados con la fauna del planeta Worlorn. El primero tiene que ver con los espectros arbóreos; cuando Gwen explica a Dirk que “no atacan al hombre salvo para defender el nido” (p. 48, cap. 2), éste parece un detalle prácticamente irrelevante. Sin embargo, la trama lo recupera casi al final de la novela, en uno de sus episodios más dramáticos. Otro ejemplo parecido lo podemos ver a propósito de los banshis negros y las tradiciones que asocian estos grandes depredadores a la mitología del clan Jadehierro. Al oír las explicaciones de Vikary y Janacek sobre su animal-tótem, Dirk t’Larien dirá que se trata de “una bonita historia” (p. 36, cap. 2), sin saber la trascendental importancia que ese magnífico animal volador acabará adquiriendo en su propia vida.

Para quienes hemos leído la tetralogía de Canción de hielo y fuego, es inevitable la comparación con Muerte de la luz, y en este sentido cabe señalar en la obra de George R.R. Martin una evidente evolución en el trazo de sus criaturas de ficción, desde el idealismo más o menos compacto de muchos de los personajes de esta novela (tanto en un sentido positivo, como el que podemos atribuir a t’Larien, Jaan Vikary e incluso Garse Janacek, como el negativo, representado por la facción ortodoxa y fanática de los kavalares) hacia configuraciones más complejas, variables y hasta contradictorias (con un predominio de cierto componente sombrío y cínico, muy característico del “toque GRRM”), que son las que permiten a los lectores disfrutar de la casi infinita nómina de personajes de la tetralogía fantástica. Muchas reseñas han señalado el parentesco entre la Gwen Delvano de esta novela y la Daenerys Targaryen de Canción de hielo y fuego, pero a mi modo de ver los parecidos son más bien superficiales, porque no sólo Daenerys es un personaje más activo y mejor perfilado que el de Gwen, sino de una individualidad mucho más atinada y creíble, frente al ya señalado carácter prototípico de la protagonista femenina de Muerte de la luz.

No obstante, creo que hay un aspecto evidente que conecta Muerte de la luz con Canción de hielo y fuego. Me refiero a la presencia del tema del destino fatal, que no sólo se relaciona con la vida de los principales personajes, sino con el escenario (un planeta moribundo, cuya vida está irremediablemente destinada a desaparecer, lo mismo que las ciudades que en él se edificaron), con diversos episodios de la trama (qué hermoso el momento en que t’Larien, paseando sobre los adarves de la ciudad de Kryne Lamiya, se siente tentado al suicidio por la desoladora melodía que canta la ciudad), con la cultura kavalar, cuyas cruentas tradiciones se hallan en vías de transformación, y con importantísimos elementos simbólicos de la novela. Uno de ellos, el del barquero con una larga pértiga oscura que aparece en el primer capítulo de la novela, antes de que t’Larien viaje a Worlorn, y vuelve a surgir en diversos momentos y en el epílogo que la cierra (aunque en este caso con una modificación muy significativa, que prefiero no precisar por motivos obvios), ofrece unas resonancias mitológicas tan notorias que constituyen un evidente presagio sobre el desenlace y sobre la tonalidad emotiva predominante a lo largo de toda la novela.

Una tonalidad melancólica y bellísima, tal vez algo enfermiza, adolescente, y hasta inmadura si se quiere, pero en cualquier caso teñida de coloraciones emotivas capaces de llegar al corazón del lector menos sensible. Muerte de la luz nos habla conmovedoramente (y lo hace para todo tipo de lectores, no sólo los jóvenes, no sólo los aficionados a la ciencia ficción) de amores perdidos y difícilmente recuperables, de escenarios hermosísimos y moribundos que son también paisajes del alma, de momentos de exaltación y gozo que se saben fugaces y por tanto preciosos, de la amistad como valor supremo, del honor y la lealtad a la palabra dada, de un sentido de la culpa que puede ser más fuerte que la vida, de la capacidad de sacrificio y del heroísmo que brotan de rincones desconocidos y se elevan, contra toda esperanza, por encima del dolor y del miedo.

La novela es también el relato de un proceso de construcción de la propia identidad, no sólo a través de la aventura, el desafío, la rebeldía frente a las normas y las tradiciones caducas, el esfuerzo por entender al otro y en última instancia el heroísmo, sino también mediante el uso de la palabra. En esta obra de George R.R. Martin, otorgar a una persona su nombre propio (que en la cultura tan reciamente tradicionalista como la de los nativos de Alto Kavalaan, apegados a sus complejísimos antropónimos y a las costumbres de sus clanes, es un nombre significativo y lingüísticamente motivado), es definirla de una forma esencial, como un acto performativo indeleble. No sorprende, por tanto, que en un raro momento de acercamiento y empatía, Garse Janacek le diga a Dirk, “—Usted no es tan malo, t’Larien […]. Es débil, lo sé… Tal vez porque nadie le ha dicho nunca que es fuerte”, cap. 13, p. 250). De este modo, la novela se plantea también como una afirmación de la capacidad de la literatura para levantar construcciones tan débiles y paradójicamente perdurables como las de una obra de ficción. Esta fe inquebrantable en el poder de la palabra tal vez sea una lección poco visible a primera vista en una novela repleta de maravillas y aventuras, pero desde luego constituye uno de sus valores más singulares y dignos de aprecio.

Por todas estas razones, me parece que Muerte de la luz puede ser un libro que no debería faltar en las listas de lecturas que los profesores de Lengua y Literatura solemos recomendar a nuestros alumnos. Es una obra brillante, entretenidísima y ágil, que ofrece muy diversos niveles de interpretación, y que presenta, sin incurrir en ningún momento en los vicios de lo discursivo, la moralina y la obviedad, numerosos personajes y acontecimientos de los se puede extraer una profunda lección moral. En ella tenemos a figuras tan atractivas como las de Jaan Vikary y Garse Janacek, que se debaten entre su lealtad a los códigos culturales de su raza y la inevitable necesidad de transformarlos; como la de Dirk t’Larien, tan hostil al principio de la novela a las costumbres kavalares y luego convertido por el destino y sus propias decisiones en un practicante de sus rituales más dramáticos; como Gwen Delvano, que aspira a liberarse de las cadenas de la dependencia, las tradiciones y sus propios y contradictorios sentimientos; como Arkin Ruark, quizás el personaje más complejo y patético de la novela, cobarde, traicionero y al mismo tiempo capaz de un destello final de dignidad. De Muerte de la luz nuestros jóvenes pueden extraer una muy valiosa enseñanza sobre los peligros (y también sobre el perverso atractivo) del fanatismo, sobre la necesidad de respetar la dignidad y la voluntad de las mujeres, sobre la esencial igualdad de todos los seres humanos y sobre lo inevitable de los cambios que toda sociedad ha de experimentar si no quiere morir ahogada en la añoranza. Y sobre todo encontrarán en la novela una historia fascinante, hermosísima, capaz de hacer vibrar la imaginación.

Si yo hubiera leído esta primera obra de George R.R. Martin a los quince años, seguramente me hubiera quedado desvelado hasta la madrugada, intentando trazar una milagrosa e improbable estocada que me permitiera vencer a Bretan Braith Lantry el tuerto, el más diestro, fiero y honorable guerrero kavalar. Tal vez con una finta por su lado izquierdo…

George R.R. Martin, Muerte de la luz, Barcelona, Ediciones Gigamesh (Col “Gigamesh Ficción”), 2008, 304 páginas. Presentación de Julián Díez.

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