Hasta la fecha, he leído diez novelas del escritor irlandés John Connolly, que anoto aquí en el mismo orden en que procedí a su lectura: El camino blanco, Perfil asesino, Todo lo que muere, El ángel negro, Los atormentados, Los hombres de la guadaña, Los amantes, Voces que susurran, Cuervos y Malvados1. Con excepción de la última, todas ellas pertenecen a la serie protagonizada por el detective privado Charlie “Bird” Parker, antiguo agente del Departamento de Policía de Nueva York y hombre dotado, muy a su pesar, de un singular talento para hacer frente a las manifestaciones más atroces y descarnadas de la violencia criminal. La serie novelística se completa con El poder de las tinieblas, que compré en su momento y se extravió por los rincones de mi biblioteca (la encontré hace una semana, y espero terminarla en breve), la novela corta Más allá del espejo, que es el único libro al que no he conseguido poner la vista encima, y The Wrath of Angels, todavía no traducida al español.

Como puede comprobarse en las cinco reseñas que he publicado en este blog sobre otras tantas novelas, la serie entera de Parker me gusta mucho. Sin embargo, me da la sensación de que en algunos de sus últimos títulos, por ejemplo en Los amantes, que tal vez sea el más flojo del conjunto, Connolly y su protagonista han perdido algo de intensidad y potencia; afortunadamente, con Voces que susurran y Cuervos el novelista parece haber recuperado su tensión característica, aunque tal vez no al mismo nivel que en las tres o cuatro primeras novelas de la serie. Por eso, cuando me encontré con Malvados hace dos semanas, sobre el estante de novedades de la librería en la que suelo adquirir la prensa del sábado y domingo, la compré sin la menor duda, con la ilusión de leer una historia que no fuera inevitablemente charlieparkeriana.

Vano propósito, cabría decir, porque si bien Malvados no está protagonizada por Parker (el detective aparece en un par de ocasiones sin pronunciar palabra, visto de lejos por un personaje secundario), casi todos los elementos esenciales de esta novela son perfectamente identificables con los rasgos característicos de las demás novelas de Connolly: la ubicación de la trama en el área costera del estado de Maine, escenario habitual de los trabajos que se le encargan al detective privado, una presencia muy notoria de actos violentos (cuyos momentos culminantes suele atenuar el autor con elipsis y reticencias deliberadas), la importancia que adquieren los personajes malvados, algunos de una perversidad tan inhumana que linda con lo demoníaco, y la intervención de las fuerzas de lo sobrenatural.

Este último es quizás el rasgo más llamativo de Malvados. En efecto, los seres sobrenaturales convocados por el violento pasado histórico de la isla en la que transcurre la mayor parte de la trama (Peaks Island, situada en la bahía de Casco Bay, es la isla real inspiradora de la ficticia Dutch Island de la novela) desempeñan un papel mucho más destacado que en las novelas pertenecientes a la serie de Charlie Parker. A ello se une la intervención constante de una naturaleza hostil, que parece animada por un propósito perverso, como si quisiera colaborar con los propósitos de esas entidades sobrenaturales. La oscuridad, los temporales de viento y nieve, los bosques sobrecogedores, las ruinas amenazadoras de los asentamientos de la época colonial, las malezas y los troncos caídos que obstaculizan y enmarañan los caminos, los pantanos y las polillas nocturnas (los insectos asociados con la idea de la muerte y la putrefacción son un motivo frecuente en Connolly) forman con las criaturas sobrenaturales un conjunto que, en asociación con el limitado espacio isleño y la concentración temporal de la trama (los hechos de la línea narrativa principal abarcan cuatro días), suscita en el ánimo del lector una sensación desasosegante y por momentos claustrofóbica.

Con todo, aunque la idea de que la violencia ejercida en el pasado tiene la capacidad de actuar sobre el presente para restañar vengativamente las heridas entonces abiertas (otra de las constantes en la obra narrativa de John Connolly), sea tan fascinante como fructífera desde el punto de vista literario, también puede llegar a ser un tanto arbitraria. ¿Por qué, por ejemplo, los espíritus vengativos despiertan en la isla cuando lo hacen, como si presintieran la llegada de los “malvados” del título (a no ser que sean ellos quienes tienen la capacidad de convocarlos a distancia), y no lo hicieron durante la Primera o la Segunda Guerra Mundial, cuando en Peaks Island se construyeron fortificaciones tan gigantescas como las de Battery Steele, encargada de la protección de las instalaciones militares norteamericanas en la bahía de Casco Bay?

Ya sé que es una pregunta un tanto impertinente, ya que cuestiona la soberanía del autor para construir su universo narrativo con los materiales que más le convengan (por cierto, los acontecimientos de la historia militar de la isla no son irrelevantes, pues se mencionan en la propia novela). Sin embargo, este tipo de cuestiones debe tenerse muy en cuenta cuando el lector se ve obligado a moverse por entre los resbaladizos límites de coherencia y verosimilitud que el propio John Connolly ha impuesto a sus novelas, y especialmente a esta. Si tenemos que aceptar la intervención de lo sobrenatural en las historias del escritor irlandés, habremos de justificarla con argumentos narrativos sólidos, y no con trucos de prestidigitación novelística. En este sentido, es necesario reconocer que Connolly establece sólidas conexiones estructurales entre los acontecimientos violentos que afectaron a los primeros colonos de la isla y los que se desencadenan como consecuencia de la venganza emprendida por el archivillano de la historia –el pérfido, inteligente y brutal Edward Moloch–, contra Marianne Elliott, su esposa, que le abandonó a causa de su carácter violento, no sin antes arrebatarle el botín que su marido había adquirido durante toda una vida de fechorías. El hecho de que Marianne se haya refugiado en Dutch Island (que también recibe el nombre de Santuario, y hago notar aquí el simbolismo deliberado tanto del nombre de la isla como el de Moloch) para intentar sustraerse a la venganza de su marido, la convierte en el punto focal de dos líneas narrativas convergentes: la que protagonizan Moloch y su banda de criminales, y aquella de la que forman parte los habitantes de la isla, encabezados por el gigantesco policía Joe Dupree, que desempeña el papel de antagonista principal del villano.

Esas conexiones se producen en varios ámbitos del relato: los paralelismos que existen entre personajes del presente y del pasado; la presencia reiterada de los escenarios clave de la historia; los elementos premonitorios que intervienen en la trama, como por ejemplo los sueños sobre el pasado de la isla que acosan a Moloch y las confusas intuiciones de su antagonista con respecto al despertar de las fuerzas malvadas latentes en Dutch Island; por último, la particular configuración de algunas de las acciones violentas protagonizadas por Moloch y sus secuaces, que parecen reproducir, más de trescientos años después, las que ocurrieron durante la primera colonización. Aunque todos esos elementos constituyen nexos indiscutibles entre los dos focos temporales del relato, yo sigo pensando, tal vez influido por el uso de la tercera persona omnisciente que domina toda la historia (si no recuerdo mal mis lecturas anteriores, en las novelas de la serie “Charlie Parker” predomina el relato en primera persona, aunque no son raros los interludios omniscientes), que Connolly tiende a hacer trucos de magia narrativos cuando más le conviene. Un ejemplo de lo que digo puede observarse en el modo en que se entrelazan varias secuencias protagonizadas por los habitantes de la isla, por un lado, y los malvados que se dirigen a ella, por otro, técnica que pretende crear un efecto no solo de simultaneidad temporal, sino también de paralelismo narrativo. Aunque muy efectiva a la hora de crear y mantener un clima creciente de tensión y suspense, la forma en que Connolly utiliza aquí la omnisciencia resulta demasiado obvia, y su reiteración llega a hacerse por momentos fatigosa.

La sensación que acabo de describir quizás también derive de otro aspecto característico de los thrillers connollyanos, que ya puse de relieve en alguna de mis anteriores reseñas. Me refiero al hecho de que su modelo estructural se aleja significativamente del más habitual en las novelas policiales, basado en metódicos y detallados procesos de investigación, y en cambio se aproxima a una esquema narrativo muy distinto, caracterizado por una especie de destino fatal que arrastra a los personajes protagonistas hacia un encuentro definitivo, que casi siempre coincide con una abrumadora explosión de violencia. Este rasgo, que ya era muy evidente en otras novelas de Connolly, se acentúa en Malvados, una novela en la que la investigación policial parece siempre desarrollarse de forma muy torpe y a destiempo, como a remolque de la carrera emprendida por Moloch para saciar su sed de venganza sobre Marianne, una carrera en cuya determinación implacable y desmesurada, jalonada por un sangriento rastro de cadáveres, se adivinan también los indicios de la fatalidad y la desesperación de quien intuye oscuramente que se dirige a su autodestrucción. El propio título de la novela, con su predilección por los villanos de la historia, anticipa de alguna manera esa característica que acabo de describir, hasta el punto de que los personajes más inolvidables de la historia no son los agentes Dupree y su compañera, la novata Sharon Macy, sino sus oponentes: sobre todo el atroz Edward Moloch, pero también el silencioso, sádico, mortífero y aparentemente angelical Willard.

Como siempre, Connolly se mueve a sus anchas a la hora de trazar las peripecias criminales de sus malvados protagonistas, de presentar sus tácticas de intimidación, chantaje y tortura, y de mostrar (con cierto recato en los momentos culminantes, ya lo hemos dicho) sus variados métodos para infligir el dolor y la muerte. También hay que destacar la habilidad con la que el escritor se mueve por entre una amplísima nómina de personajes, –aunque yo diría que en ciertos momentos se le va la mano a la hora de hacer intervenir a individuos que tienen una aparición puramente episódica–, tanto en el espacio limitado de Dutch Island, como, sobre todo, fuera de ella. De muchos de estos personajes no queda otro recuerdo en el lector que el de su muerte o tormento a manos de la banda de Moloch, hasta el punto de que la reiteración de una suerte tan terrible en personajes que no tienen ninguna responsabilidad en el encarcelamiento de Moloch hace preguntarse al lector por el “mensaje” que Connolly quiere transmitir con tan horribles y desproporcionados destinos.

Quizás esta reflexión parezca inoportuna en un mundo como el actual, en el que la reiteración de la violencia gratuita en películas, videojuegos y libros parece haber inmunizado al público contra tales escrúpulos. Sin embargo, con el correr de los años yo me he vuelto descaradamente aristotélico, y me resulta cada vez más insoportable que los personajes inocentes que pululan por libros y películas sufran sin merecerlo, solo por el hecho casual de que “pasaban por allí”. A juzgar por mi lectura de las anteriores novelas del escritor irlandés, y de sus propias declaraciones en diversas entrevistas (véase, por ejemplo, la que El País tituló Connolly: “Utilizar la violencia para que el bien triunfe está moralmente justificado”) estoy seguro que que el escritor es perfectamente consciente de reproches como el mío, y de hecho creo que una posible justificación de su proceder tiene que ver con la singular configuración de su universo narrativo y con la presencia de lo sobrenatural en sus novelas. En efecto, el mensaje connollyano sería muy simple: que en el mundo existe el Mal objetivo, un mal demoníaco, inhumano, sin conciencia, sin sentido de la culpa y sin posible remisión, que solo determinadas personas con una especial sensibilidad hacia lo sobrenatural –el atormentado y vulnerable Dupree, el no menos atormentado y vulnerable Parker– son capaces de percibir y contra el cual mantienen la inquebrantable determinación de luchar. Su combate contra esas fuerzas del Mal adquiere una dimensión mítica, heroica, y una desmesura (no solo por las entidades maléficas con las que lidian, sino también por sus propios actos de violencia) que constituye el emblema de las novelas connollyanas y es uno de los ingredientes del indiscutible atractivo que ejercen sobre sus lectores. Quien pone por escrito estas líneas, a pesar de los peros y objeciones que ha presentado en esta y otras reseñas anteriores, no puede (ni quiere, claro está) sustraerse a su magnética fascinación.

Notas

  1. He aquí los títulos originales y las fechas de publicación de las novelas que forman la serie de Charlie Parker, seguidos de las correspondientes traducciones, todas ellas en la colección “Andanzas”, de Tusquets Editores: Every Dead Thing (1999) — Todo lo que muere (2004, CA 531); Dark HollowEl poder de las tinieblas (2004, CA 553); The Killing Kind (2001) — Perfil asesino (2005, CA 569); The White Road (2002) — El camino blanco (2006, CA 603); The Reflecting Eye (2004) — Más allá del espejo (2011, CA 769); The Black Angel (2005) — El ángel negro (2007, CA 634); The Unquiet (2007) — Los atormentados (2008, CA 666); The Reapers (2008) — Los hombres de la guadaña (2009, CA 689); The Lovers (2009) — Los amantes (2010, CA 713); The Whisperers (2010) — Voces que susurran (2011, CA 756); The Burning Soul (2011) — Cuervos (2012, CA 787) y The Wrath of Angels (2012). Por su parte, Malvados, publicada por primera vez en 2003, con el título de Bad Men, ha visto la luz en español en 2013, en el número 803 de la colección “Andanzas”. [«]
alojamiento wordpress