Firefox

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Figura 1 - Configuración de After the Deadline, versión 1.1

El pasado día de San Valentín terminaba mi artículo El futuro de la corrección ortográfica y gramatical en los blogs 2 haciendo votos para que la extensión After the Deadline para Firefox, que proporciona funciones de corrección ortográfica, gramatical y de estilo, estuviera pronto disponible en español. Pues bien, parece como si sus programadores me hubieran hecho caso, porque hoy, al arrancar el navegador, se ha actualizado dicha extensión y ha abierto automáticamente una página en la que se anuncian interesantísimas novedades: entre ellas, que a partir de este momento la función de corrección ortográfica (no así las los correctores gramatical y de estilo) está ya disponible en español y portugués.

Me ha faltado tiempo para acudir al interfaz de configuración de la extensión (Herramientas > Complementos) para pulsar en el botón de Opciones de la extensión y acceder así a su configuración. Si se quiere que sea posible la corrección en castellano, hay que pulsar en el menú desplegable de la opción Proofreading Language y seleccionar el valor Spanish, así como la casilla Auto-detect language when proofreading, lo que permitirá que al activar la extensión mediante cualquiera de los procedimientos disponibles al efecto (por ejemplo, con la tecla F4, que sustituye a la F7 de la versión anterior), estén disponibles las funciones de corrección en nuestro idioma.

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Figura 1 - Instalación y configuración de After the Deadline

En un artículo que escribí el pasado 29 de octubre me hice eco de la aparición de After the Deadline, una aplicación de corrección ortográfica y gramatical que había sido adquirida por Automattic para prestar el correspondiente servicio a los blogs escritos en inglés y alojados en WordPress.com, y que posteriormente se liberó de acuerdo con los términos de una licencia GPL. Pues bien, hace poco que After the Deadline se ha convertido en una extensión para Firefox, lo que permite ampliar las posibilidades de esta herramienta y utilizarla para toda clase de situaciones y para los más variados propósitos (siempre que se sea en la lengua de Shakespeare, claro, pues a pesar de lo que se afirmaba en la página de preguntas más frecuentes con respecto a otros idiomas, desde que escribí dicho artículo no parece haberse producido ninguna novedad significativa).

La extensión se instala como cualquier otra (se puede descargar desde el enlace ya citado o desde el repositorio de extensiones del navegador), y una vez reiniciado Firefox, se configura desde el menú Herramientas > Complementos > botón Opciones, tal como muestra la figura 1.

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Los tiempos han cambiado una barbaridad desde que la mayoría de los webmasters editábamos con NVU, Kompozer, FrontPage, Dreamweaver u otros editores web más o menos sofisticados, y subíamos laboriosamente nuestros ficheros, vía FTP, a nuestros respectivos espacios de alojamiento. Desde unos años a esta parte, la proliferación de gestores de contenidos y editores en línea ha provocado que muchas de esas herramientas, e incluso el conocimiento de HTML y CSS, sean contempladas –con notoria injusticia, y reconozco que en más de una ocasión yo he participado en ella con entusiasmo digno de mejor causa- como un saber poco menos que arqueológico.

Es cierto que los gestores de contenido y los servicios y aplicaciones de la Web 2.0 han puesto la edición web al alcance de cualquier persona, independientemente de sus conocimientos técnicos, pero no lo es menos que siguen haciendo falta los viejos saberes (en el trabajo, día sí y día también, abundan las consultas del tipo “¿por qué este texto que acabo de editar me queda mal?”, pregunta que casi siempre se responde y resuelve editando el código HTML y puliendo las horribles etiquetas que añaden Word y otros procesadores de texto) y que las viejas herramientas, remozadas y puestas al día, nunca vienen mal para sacarnos de un entuerto.

El objetivo de esta serie de artículos que hoy comienzo es el de comentar unas cuantas aplicaciones para Windows (también echaré un vistazo a alguna para Linux y Mac) que son necesarias en el mundo de los gestores de contenidos y editores online, puesto que si bien estos programas ofrecen casi todo el trabajo hecho a los sufridos practicantes de la Web, también dan mucha más guerra de la que a primera vista uno podría suponer. Como la serie no tiene ninguna pretensión de sistematicidad o exhaustividad, y al fin y al cabo está basada en la experiencia de un webmaster amateur (que eso es lo que soy), me limitaré a presentar las herramientas que utilizo con más frecuencia, en su contexto real, con las explicaciones e ilustraciones que en cada caso me parezcan necesarias.

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Portada del libroÉste es el título de un libro que acaba de ver la luz, y tan reciente que ni siquiera figura todavía en el catálogo de la editorial Octaedro. Lo traigo a colación a La Bitácora del Tigre porque un servidor figura en la nómina de sus autores, junto a Tíscar Lara, Felipe Zayas (que ha ejercido, y muy bien por cierto, las funciones de impulsor y coordinador de la publicación) y Néstor Alonso. A su lado, qué quieren que les diga, no sólo me siento muy honrado, sino también nervioso y azarado por la responsabilidad de salir en letras de molde en compañía de nombres tan prestigiosos.

Tiempo habrá para referencias más reposadas, para las críticas, siempre necesarias, y los elogios, en caso de que sean merecidos. De momento, y habida cuenta de que para este mes de julio que se desliza por la cuesta abajo mi cuota de autobombo está ya más que satisfecha, me limito a una transcripción objetiva del contenido del volumen, que se distribuye del siguiente modo:

  • Tíscar Lara: “Alfabetizar en la cultura digital”, pp. 9-38.
  • Felipe Zayas: “Escribir y leer en la Red: nuevas prácticas discursivas”, pp. 39-68.
  • Néstor Alonso Arrukero: “Blogs en la escuela. Una introducción al uso didáctico de las bitácoras en primaria”, pp. 69-95.
  • Eduardo Larequi: “Propuestas para la integración curricular de las TIC en el área de Lengua Castellana y Literatura” (pp. 97-173).

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Tanto en el ámbito profesional como en el personal, yo me tengo por un furibundo propagandista del navegador Firefox, de cuyas virtudes he tratado por extenso en La Bitácora del Tigre. Sin embargo, también soy un usuario que trabaja con navegadores al menos durante diez horas cada día (sí, ya sé lo que muchos lectores estarán pensando, pero cada uno lleva su cruz a cuestas), a menudo con doce o quince ventanas abiertas de forma simultánea, pues tengo la manía de trabajar con ventanas y no con pestañas.

Lo que llevo observando desde hace meses es que, en tales circunstancias, Firefox 2 devora una enorme cantidad de RAM. Además, cuanto más larga es la duración de la sesión de trabajo, Firefox se torna más ineficaz, sobre todo si se compara con otros navegadores. La Red está llena de testimonios sobre este asunto (véanse, por ejemplo, los de Sincables.net y Lifehacker), pero para escribir esta entrada he preferido hacer pruebas por mí mismo.

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En el artículo que publiqué el pasado 28 de agosto intenté mostrar cómo puede convertirse un navegador (los ejemplos eran de Firefox, pero es posible aplicar también la técnica, aunque de forma más limitada, a Internet Explorer) en una herramienta de consultas lingüísticas. Hablé de este asunto en el curso que impartí en Santander, con demostración práctica incluida, y creo que la idea gustó bastante a los cursillistas.

Aunque de forma muy genérica y con escasas precisiones, también traté en las caballerizas del Palacio de la Magdalena (a pesar del nombre, hace tiempo que las nobles bestias han sido sustituidas por proyectores, micrófonos y tomas de red) de los posibles escenarios en que podría ponerse en práctica esta técnica: el aula ordinaria, el aula de recursos, el aula de Informática, etc. De todos ellos, el más inmediato y familiar para la mayoría de los docentes es el primero, y por eso voy a tratarlo aquí con algún detenimiento.

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La entrada que hoy ha publicado Carlos Cabanillas en su blog me ha animado a escribir un articulillo sobre un tema que ya traté, aunque de forma muy marginal, en el wiki Escribir en los blogs; posteriormente, me he vuelto a topar con este asunto mientras preparaba un trabajo para un curso sobre integración curricular de las TIC en el área de Lengua que impartiré en breve.

Me refiero a la posibilidad de añadir al motor de búsquedas de Firefox una serie de herramientas lingüísticas basadas en las tecnologías Sherlock y OpenSearch, herramientas que se pueden invocar interactivamente desde el propio navegador, sin necesidad de archivar sus URLs. Mediante la técnica que voy a explicar a continuación, es posible convertir a Firefox en una especie de centro de control para innumerables actividades didácticas: uso de diccionarios, búsquedas literarias, tareas de análisis gramatical, búsqueda de fuentes y referencias, etc. El procedimiento para lograrlo es bastante sencillo, y consta de los pasos que figuran a continuación.

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En uno de esos vagabundeos que con cierta frecuencia llevo a cabo a través de la Red, me he encontrado con Performancing, una extensión para Firefox que permite editar y publicar una entrada en un blog sin necesidad de utilizar el interfaz de edición del gestor de contenidos (en mi caso, WordPress, aunque también puede funcionar con TypePad, LiveJournal, TextPattern, Drupal, Blogger y otros CMS).

El proceso es muy simple: se descarga la extensión, se instala, se reinicia el navegador y se hace clic en el icono con forma de cuaderno y lápiz que aparece en la parte inferior derecha de la ventana de Firefox (el mismo efecto se consigue pulsando la tecla F8). Al hacerlo, la ventana del navegador se divide y en su parte inferior aparece un interfaz de edición muy sencillo, pero muy efectivo.

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Firefox 2 virguero

Me acabo de enterar por Zibereskola que ya está disponible la versión 2 de Firefox. La he descargado, la he instalado, he actualizado algunas extensiones viejas que no eran compatibles con la nueva versión y he incorporado el complemento del diccionario de español 1.0.

Por si acaso, he instalado Firefox 2 en un directorio diferente al de la versión anterior. Tras haber comprobado que el nuevo navegador respeta todos los ajustes y preferencias de la versión 1.5, he decidido desinstalar esta. Ningún problema.

El resultado, una virguería de navegador, que no sólo funciona como un rayo (parece más ligero que la versión 1.5), sino que me resuelve la vida como bloguero impenitente: con la incorporación del diccionario, que funciona de forma muy semejante a los que utilizan los procesadores de textos habituales, mis largas entradas en WordPress prácticamente se corrigen solas, y ya no es necesario ningún plugin adicional para advertirme de las erratas y las faltas de ortografía.

El nuevo Firefox modifica ciertos parámetros anteriores; por ejemplo, ahora el comportamiento predeterminado con respecto a los enlaces que abren nuevas páginas (target="_blank"), a los que yo soy muy aficionado, es el de abrir nuevas pestañas, aspecto que he adaptado a mis propios hábitos (sí, ya sé que soy más raro que un perro verde, pero estoy acostumbrado a trabajar así), desde el menú Herramientas > Opciones > Pestañas.

En fin, una gozada. Animo a todos los usuarios a que prueben, instalen y naveguen, viento en popa a toda vela, con esta edición supercalifragilísticaespialidosa (el diccionario corrige este adjetivo) del navegador del zorrito (y también este diminutivo). A lo largo de esta semana, voy a someterlo a pruebas de esfuerzo peores que los trabajos de Hércules. Ya os contaré.

Cuando uno se ve obligado por motivos de trabajo a recorrer los terrenos más intrincados y peligrosos de la web, echa en falta alguna clase de aviso para navegantes, algún Pepito Grillo que le sugiera a la oreja algo así como “eh, Eduardo, que esto tiene mala pinta”, antes hacer clic sobre un enlace sospechoso y condenar el ordenador a un largo vagabundaje por el valle de las sombras. Sí, es cierto que se puede tener a mano un antivirus, un par de limpiadores de spyware y navegadores como Firefox, Mozilla o Seamonkey, mucho más seguros que el Explorer (o trabajar con Linux), pero nunca viene mal tomar precauciones adicionales.

A tal propósito sirve una estupenda utilidad de la que me hablaron hace un par de días. Se trata de SiteAdvisor, un complemento para navegadores (de momento sólo para Internet Explorer y Firefox), que advierte al navegante sobre los riesgos potenciales (spyware, adware, virus, fraudes online, phishing, etc.) de las webs que visita. Y no sólo eso, porque los motores en que está basado SiteAdvisor van recorriendo la inmensa telaraña de la Red y al hacerlo analizan el nivel de seguridad de lo que encuentran. De esta manera, una vez instalado en el navegador, SiteAdvisor es capaz de proporcionar información muy útil sobre el nivel de riesgo de los sitios a los que apuntan los resultados de buscadores como Google, Yahoo o MSN.

De momento, SiteAdvisor es gratis. El fabricante anuncia que más adelante publicará productos de pago con funciones adicionales. Ojalá que ello no signifique una comercialización absoluta de esta utilidad, que por las pruebas que yo he hecho es estable, ligera, poco invasiva y muy eficaz. No hace falta subrayar cuán adecuado puede ser el complemento para las actividades educativas, sobre todo aquellas que implican una navegación más o menos libre por parte de los alumnos. Está claro que, aun con el SiteAdvisor en marcha, nuestros chicos o chicas podrán hacer caso omiso de la X roja que aparece a la derecha del enlace que apunta a una web peligrosa. Ahora bien, si hacen clic sobre él y se les cae la máquina a pedazos, por lo menos no podrán aducir en su descargo la socorrida excusa de siempre: “no, es que yo no sabía…”.