Portada del libroLos méritos literarios de Estado de miedo, la última novela de Michael Crichton publicada en España, son, por decirlo de una manera elegante, más que discutibles. Los personajes no tienen la menor solidez, la trama se deshace en un conjunto deslavazado de situaciones a cuál más insostenible, y la escritura no sobrepasa un nivel crudamente funcional, sin el menor rasgo de estilo (tampoco la traducción ayuda gran cosa a mejorarla, por cierto). De hecho, estoy convencido de que se trata de una de las novelas más flojas de Michael Crichton, y seguramente también una de las más aburridas. Me caben serias dudas, además, de que se pueda considerar como una novela en sentido estricto, pues tanto por la actitud autoral que la preside como por su despliegue erudito (con gráficos, notas a pie de página y un larguísimo listado bibliográfico), se encuentra más cerca del ensayo, e incluso en ciertos aspectos del panfleto, que de los parámetros que suelen considerarse habituales en el ámbito de la ficción literaria.

Ciertamente, no es la primera vez que el autor recurre a los recursos documentales propios de la divulgación científica, que forman parte inconfundible del paisaje novelístico crichtoniano y del peculiar estatus ficcional de eso que, a falta de mejor nombre, suele denominarse tecnothriller. Quizás convenga aclarar que yo no tengo ningún prejuicio especial contra esta clase de relatos o contra su autor. Antes al contrario, Crichton me parece un escritor muy interesante, con magníficas obras no sólo literarias, sino cinematográficas; además, las novelas de intriga tecnológica me gustan, y no tengo empacho en comentarlas en mis reseñas de Lengua en Secundaria o de La Bitácora del Tigre. Lo que ocurre es que Estado de miedo apenas si puede considerarse una novela en el sentido cabal del término, ya que carece de la imprescindible distancia entre la voz del autor y la perspectiva dominante, y la trama de ficción (una conspiración de un grupo ecologista radical que pretende provocar, con el concurso de diversos medios tan tecnificados como inverosímiles, una serie de desastres atribuibles a los efectos del cambio climático) carece de la menor autonomía, puesto que sólo sirve al propósito de justificar las tesis de su autor, a saber: que no existen pruebas fiables de un aumento significativo de la temperatura media de la Tierra como consecuencia de la actividad antrópica, y menos aún de que tal aumento vaya a provocar un cambio climático abrupto y catastrófico.

Hasta tal punto todos los aspectos de la novela están subordinados al mensaje autoral, que ni siquiera los protagonistas alcanzan un mínimo de entidad. El caso más evidente de esta carencia es el personaje de Richard John Kenner, un científico del MIT convertido, de forma bastante improbable, en agente secreto del gobierno norteamericano, cuya función narrativa no es otra que la de servir de portavoz a los puntos de vista del autor frente a las posiciones de los ecologistas, a quienes invariablemente se retrata como fantoches ridículos, cuando no como hipócritas miserables que se merecen una muerte tan espantosa (es el caso del actor de Hollywood Ted Bradley, uno de esos ecologistas “de salón” contra los que truena Crichton y al que los indígenas de las Islas Salomón se comen vivo), que sólo cabe pensar que a través de ese ritual ha exorcizado el autor algún fantasma personal. En realidad, es a Kenner a quien deberían comerse los caníbales, porque si bien tiene mucha más razón que el idiota de Bradley, a cualquier lector acaba por hacérsele insoportable con sus larguísimas y repetitivas peroratas, destinadas a mostrar cuán razonable y documentada es su causa –por cierto, me parece muy significativo, tal como apunta Chris Mooney en su estupenda reseña de la novela (en inglés), que el autor sólo enfrente a Kenner con abogados y estrellas de la pantalla, y nunca con científicos que puedan combatirlo con sus mismas armas–, y cuán estúpida e insensata la de sus adversarios del activismo ecologista radical.

Uno puede simpatizar con la intención de poner en la picota el fundamentalismo de ciertos fanáticos del medio ambiente y de hacer escarnio de muchas de las tonterías que figurones con información parcial y una ignorancia enciclopédica sueltan a troche y moche en los medios de comunicación (seguro que cualquier lector podrá poner al personaje de Bradley el rostro de un buen número de famosos y famosillos). El problema no es si Crichton tiene razón en sus puntos de vista, meridianamente declarados en un apéndice titulado “Mensaje del autor”, y avalados por otros dos apéndices en los que expone los peligros de la politización de la ciencia y declara sus fuentes (casi treinta páginas de referencias bibliográficas). El problema, en efecto, no es de orden ideológico, dado que para contrarrestar la batería de grueso calibre que Crichton aporta en forma de aparato gráfico y documental habría que ser un experto, sino literario: no es aceptable que tales razones se viertan a través del molde de una novela, de una ficción en la que los adversarios ideológicos del autor no gozan de ninguna oportunidad, y en la que el lector, si quiere llegar al desenlace de un argumento tan tosco como previsible, se ve obligado a cargar con carros y carretas. Lo que hace el novelista norteamericano con tal planteamiento es, sencillamente hacer trampas, jugar con ventaja, abusar de la confianza del respetable; romper, en definitiva, el pacto de ficción, y ese es un pecado para el que difícilmente cabe encontrar ninguna disculpa.

Si Crichton estaba buscando desatar la polémica y convertir a su novela en el altavoz de una posición discrepante con las líneas maestras del pensamiento políticamente correcto (colocarse del lado de la Administración norteamericana en su oposición al Protocolo de Kyoto no es, evidentemente, la actitud más popular en nuestros lares), caben pocas dudas de que lo ha conseguido. Bastante más arriesgado resulta decidir si con su mensaje ha conseguido quebrar lo que él considera falsas convicciones propagadas por el movimiento ecologista en las últimas décadas. La verdad es que no tengo la menor idea de hasta qué punto las tesis de Crichton han podido crear el necesario debate en ese ámbito, aunque me temo que la tarea de combatir, con las armas desiguales de una novela, a organizaciones muy potentes, a medios de comunicación prestigiosos y a la buena ciencia que sin duda existe bajo las exageraciones del radicalismo ecologista, constituye un empeño bastante quijotesco, por muy famoso que sea el escritor y por mucho que se vendan sus libros.

Dicho todo lo anterior, quisiera romper una lanza en favor del novelista de Chicago. Es probable que Crichton no tenga razón y que se pase ampliamente de la raya con sus diatribas, pero desde luego que no carece de razones. Hay al menos un punto en su discurso que me parece muy sugestivo, no sólo porque yo lo comparto en gran medida, sino porque mi lectura ha coincidido en el tiempo con alguna de las emociones más características de la película a la que he dedicado mi entrada anterior, Crash, de Paul Haggis. Ese “estado de miedo” con el que Crichton diagnostica un modo de sentir y de vivir, cada vez más evidente en las timoratas sociedades del mundo desarrollado (ahí están los personajes de Haggis y su retrato de la ciudad de Los Ángeles para probarlo), es una idea demasiado interesante para dejarla correr. De hecho, se desarrolla en un momento clave de la novela (pp. 507-525), a través de las declaraciones de Norman Hoffman, un científico social un tanto extravagante y polémico (a quien no parece descabellado asociar con el propio autor de la novela), que irrumpe como una furia en un congreso científico montado por la conspiración ecologista.

Lo que dice Hoffman no tiene desperdicio: el pecado mayor de los ecologistas no son sus errores, sino su propósito de extender el miedo (“¡Gente inmoral que se dedica a infundir temor!”, los llama), fenómeno al que atribuye el papel de instrumento de control social promovido por una conspiración de amplísimo alcance: nada menos que lo que denomina el “complejo político-jurídico-mediático”, o PJM. Espero se me disculpe por la extensión de las citas, porque merecen la pena:

-Quiero ir a parar a la idea de control social, Peter. A la necesidad de todo Estado soberano de ejercer control sobre el comportamiento de sus ciudadanos, de mantenerlos dentro de un orden y fomentar en ellos una actitud razonablemente sumisa: de obligarlos a conducir por el lado derecho de la carretera, o por el izquierdo, según sea el caso; de exigirles el pago de impuestos. Y naturalmente, sabemos que el control social se administra mejor mediante el miedo (p. 518).

Un poco más adelante, el científico prolonga sus afirmaciones con una tesis asombrosa: que la tarea de control social, hasta 1990 asegurada por la Guerra Fría y la amenaza del holocausto nuclear, fue asignada tras la caída del Muro de Berlín a otra clase de miedos, como los derivados del riesgo de crisis ecológicas y de la amenaza del terrorismo fanático. Y sigue:

¿Se ha parado alguna vez a pensar en lo asombrosa que es la cultura de la sociedad occidental? Las naciones industrializadas proporcionan a sus ciudadanos una seguridad, una salud y un bienestar sin precedentes. La esperanza de vida ha aumentado en un cincuenta por ciento en el último siglo. Sin embargo la gente vive hoy día inmersa en un miedo cerval. Les asustan los extranjeros, la enfermedad, la delincuencia, el medio ambiente. Les asustan las casas donde viven, los alimentos que ingieren, la tecnología que les rodea. Especial pánico les producen cosas que ni siquiera pueden ver: los gérmenes, las sustancias químicas, los adictivos [sic; ya dije que la traducción no es precisamente de las que dejan huella], los contaminantes. Son tímidos, nerviosos, asustadizos y depresivos. Y, lo que es aún más asombroso, viven convencidos de que se está destruyendo el medio ambiente de todo el planeta. ¡Increíble! Eso es, al igual que la fe en la brujería, una falsa ilusión extraordinaria, una fantasía global digna de la Edad Media. Todo se va al infierno y debemos vivir con miedo. Asombroso. (p. 519).

La tesis de Hoffman-Crichton merece, cuando menos, pararse a meditar sobre ella. Más allá de las exageraciones pro domo sua y de la paranoia inherente a todas las teorías conspiratorias (se observará que el personaje, o el propio Crichton, cae en el mismo vicio que denuncia), la acusación de Hoffman no carece de fundamento. Hace ya muchos años que un buen conocedor del tono vital del Renacimiento y el Barroco –Ignacio Arellano, que fue uno de mis mejores profesores en la Universidad– nos advertía contra la tentación de pensar que nuestras sociedades contemporáneas son esencialmente más libres que las de épocas pasadas; más bien sucede al contrario, precisaba, pues el control que se ejerce en la actualidad sobre cualquier individuo es infinitamente mayor que el de siglos atrás. No creo que tal situación se deba a la intervención de ningún omnipotente “PJM”, pero tampoco albergo la menor duda de que esa sensación de miedo, de malestar difuso y persistente que corroe nuestras opulentas sociedades, existe, y que desempeña un papel nada desdeñable en la forma en que observamos la realidad. Yo mismo lo he comprobado con la mayor de mis sobrinas, una niña de nueve años que tiene pesadillas ante la perspectiva de las catástrofes climáticas. No sé quien es el culpable de sus desvelos, pero tengo la convicción de que una sociedad como la nuestra, que transmite a sus jóvenes semejante miedo a la vida, está enferma hasta el tuétano.

Michael Crichton, Estado de miedo, Barcelona, Plaza y Janés, 2005, 685 páginas.

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