El interior del bosque, de Eugenio Fuentes

El interior del bosque, de Eugenio Fuentes

Hace ya muchas semanas (exactamente desde el 30 de agosto, fecha de publicación de la reseña de Muerte de la luz, de George R.R. Martin) que no escribo prácticamente nada sobre libros y literatura, y por tanto la presente entrada tiene algo de reivindicación de lo que fue el tono característico de este blog durante sus dos o tres primeros años de existencia. Al mismo tiempo, este artículo constituye una buena oportunidad para afilar la pluma con destino a empresas de más fuste: la primera en culminar probablemente sea la reseña de El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa, labor a la que pienso entregarme en cuanto termine la novela del escritor peruano, siempre que no se me cruce por medio el Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay, que compré el domingo y comencé leer con fruición, hasta el punto de que está amenazando con dar al traste con mi siempre precaria programación de actividades reseñistas.

La segunda tarea que me he propuesto es la revivificación de las antiguas reseñas de Lengua en Secundaria, casi la mitad de ellas ya recuperadas gracias a la técnica que expliqué en Para convertir un sitio web estático en un blog y de cuya aplicación traté en Nueva vida para las reseñas de Lengua en Secundaria. La tercera, por último, es una revisión del proyecto de antología literaria digital basada en taxonomías y tipos de contenido personalizados, en torno al cual he estado haciendo diversos experimentos en los últimos meses (véanse los artículos titulados Más sobre taxonomías y tipos de contenido personalizados: artículos, tutoriales, presentaciones, Más sobre taxonomías y tipos de contenido personalizados: plugins para taxonomías y Más sobre taxonomías y tipos de contenido personalizados: plugins para los tipos de contenido), pero que a día de hoy se encuentra a la espera de ciertas decisiones que todavía no he tomado, entre otras razones porque dependen de lo que haga WordPress con la publicación definitiva de la versión 3.1 de dicha aplicación, por el momento en fase beta.

Pero vamos a lo que importa, que son los libros y sus autores. Comienzo esta reseña múltiple –o esta miniserie de reseñas múltiples- con la última de las novelas policiales, policíacas o criminales (nunca estoy muy seguro de qué adjetivo le cuadra mejor al género) que he leído. Me refiero a El interior del bosque, del novelista cacereño Eugenio Fuentes. Aunque el libro se publicó en 1999, no he sabido de su existencia hasta hace poco, con motivo de la reedición por parte de la colección “Andanzas”, de Tusquets Editores. Es una lástima no haberlo leído antes y no haber prestado la debida atención a su autor, porque se trata de una novela muy atractiva, sobre todo por una combinación de trama detectivesca y fondo de drama rural (asesinatos que tienen como escenario un parque natural fecundo en caza y espesos bosques, una anciana propietaria embarcada en una lucha desesperada contra el Estado por la posesión de tierras ancestrales, un denso entretejido de odios y pasiones que tienen mucho de enfermizo y cainita) que no abunda en las novelas policíacas que he tenido oportunidad de leer en los últimos años.

Tampoco es habitual en las novelas policíacas el lirismo y la emoción poética que penetran algunos de los mejores pasajes del relato (a mi modo de ver, los más logrados tienen casi siempre algo que ver con la descripción de la naturaleza en los escenarios ficcionalizados de los montes extremeños, con una amorosa atención al detalle que ha traído a mi memoria El mundo de Juan Lobón, una novela que leí hace más de veinte años y de la que guardo un gratísimo recuerdo), ni el hecho de que la primera víctima que motiva las pesquisas del investigador privado Ricardo Cupido, la pintora madrileña Gloria García Carvajal, de belleza y personalidad arrolladoras, se erija en figura dominante del relato, hasta el punto de obsesionar a todos los personajes que han mantenido algún tipo de relación personal con ella, incluido el detective que investiga su asesinato.

Quizás le falte a El interior del bosque algo del ritmo acelerado y de las argucias detectivescas que tanto gustan a los aficionados al género –Cupido, a pesar de algunos episodios poco edificantes de su juventud que dieron con sus huesos en prisión, se comporta siempre de forma irreprochable; desde luego, nada tiene que ver con el protagonista de las cuatro novelas que voy a comentar a continuación-, pero no hay duda de que la obra de Eugenio Fuentes compensa esa posible decepción con méritos literarios más que sobrados: un estilo depurado, por momentos finísimo (aunque alguna vez se le escape al autor algún exceso retórico), una espléndida galería de personajes –sobre todos ellos destaca el de doña Victoria, una mujer de otro tiempo, y me atrevería a decir que un personaje de novelas de otra época-, acertadísimos retratos sicológicos, en ocasiones muy brillantes por su precisión y brevedad, y un desenlace de la investigación a la que ningún aficionado a las novelas policiales, por muy purista que sea, podrá poner el más mínimo reparo.

Violetas de marzo, de Philip Kerr

Violetas de marzo, de Philip Kerr

De argucias y trapacerías detectivescas, de episodios novelescos en todos los sentidos del término (con cierta frecuencia incluso demasiado novelescos, hasta el punto de rozar la inverosimilitud) y de personajes a cuya moral se podrían poner infinitos reparos están repletas, en cambio, las novelas Violetas de marzo (1989), Pálido criminal (1990), Réquiem alemán (1991) y Unos por otros (2006), todas ellas escritas por el novelista escocés Philip Kerr. Estos cuatro libros, junto a Una llama misteriosa (2008) y Si los muertos no resucitan (2009), forman una serie narrativa cuyo principal nexo común es su protagonista, Bernard “Bernie” Gunther, exagente (no me acostumbro a escribir esta palabra tal como recomienda la RAE en su última reforma ortográfica) de la Kripo y detective privado que ejerce su trabajo durante un largo período de tiempo que comprende desde los preparativos de los Juegos Olímpicos de Berlín del año 1936, escenario de Violetas de marzo, hasta la Cuba de Batista, en 1954, donde transcurre Si los muertos no resucitan.

Mi primer contacto con “Berlin Noir” (este es el título que recibieron las tres primeras novelas de la serie, aunque editoriales, articulistas y los propios aficionados al género suelen aplicarlo a toda ella) se produjo en Unos por otros. Tal vez por haber empezado por la cuarta novela en orden cronológico de publicación (una decisión que, a tenor de mi propia experiencia, no recomiendo a los interesados en las obras de Kerr), me quedé un tanto desconcertado por la arrogancia, la lengua afilada y sarcástica, la flagrante misoginia y la brutalidad de un detective muy sui generis, que seguramente tiene pocos paralelos con otros héroes de la novela policíaca de los últimos años, quizás demasiado afectada por los aires dominantes de la corrección política. Claro que Gunther tiene sobrados motivos para mostrar semejante comportamiento, porque en esta novela, precedida de un llamativo episodio-prólogo que transcurre en territorio palestino, durante la época del mandato británico, el detective se ve obligado a desempeñar su oficio en el durísimo escenario del Múnich de la posguerra, cuatro años tras el final de la contienda mundial, todavía con las cicatrices frescas de los bombardeos y la ocupación de las potencias extranjeras.

Pálido criminal, de Philip Kerr

Pálido criminal, de Philip Kerr

En un argumento que recuerda bastante al de la película Odessa (por cierto, la volví a ver, de forma un tanto casual, a la vez que leía la novela, y lo cierto es que la coincidencia causa efectos perturbadores sobre la recepción del libro), Gunther se ve enredado en las insidiosas maniobras de los antiguos jerarcas nacionalsocialistas y oficiales de las SS empeñados en burlar los procedimientos de desnazificación o emigrar al extranjero, gracias a la ayuda de la famosa red de ayuda mutua nazi y a la la complicidad nada casual de agentes de la CIA y determinados sectores de la Iglesia católica. Para complicar el panorama y hacerle la vida todavía más imposible al bueno de Gunther, por entre las páginas del libro aparecen también los vengativos comandos judíos Nakam, empeñados en ejecutar a cuanto alemán, más o menos connotado como gerifalte nazi, se les pone a tiro.

Con el desarrollo de la serie (las otras tres novelas las leí en el orden correcto, en unas pocas semanas animadas por un auténtico frenesí de entusiasmo lector), la extrañeza inicial por la personalidad y los métodos del protagonista se atemperan. Se comienza a sentir por Gunther una mezcla de admiración, asombro y hasta inconfesable envidia al comprobar cómo es capaz de sobrevivir, no del todo incólume, a toda clase de asechanzas, conspiraciones, amenazas y peligros. Y conviene precisar que este listado de términos no es en absoluto una acumulación retórica, porque el protagonista de la serie “Berlin Noir” tiene que ejercer su profesión en medio de una fauna de auténticos monstruos como la que puebla las novelas, pues en ellas intervienen, como personajes secundarios pero de cierta importancia, tipos tan tristemente famosos como Adolf Eichmann, Hermann Göring, Heinrich Himmler, Reinhard Heydrich, el misterioso Heinrich Müller, Arthur Nebe, que fue jefe y hasta cierto punto amigo personal de Gunther, el místico nazi Otto Rahn, el corrupto gauleiter Julius Streicher, etc.

Réquiem alemán, de Philip Kerr

Réquiem alemán, de Philip Kerr

Para los lectores más estrictos en el respeto a los códigos del género policíaca tal vez no sea fácil acostumbrarse a los lapsos temporales que hay entre las novelas de la serie, separadas por períodos bastante amplios cuyos efectos en la biografía de Gunther debe rastrearse a partir de informaciones fragmentarias. Tal vez protesten también en su fuero interno ante ciertas inverosimilitudes, o cuando menos exageraciones, bastante notorias, como por ejemplo, el hecho de que Gunther siempre salga bien librado de los lances más extremos, o que los más importantes jerarcas nazis acudan a él (al fin y al cabo un mero detective privado, aunque con una distinguida ejecutoria en las fuerzas policiales y muy buenos contactos en los medios oficiales y en los variados submundos del hampa) para encargarle servicios particularmente delicados. Y quizás no puedan pasar por alto los excesos retóricos de Kerr, a quien le gusta poner en boca del detective (o en sus pensamientos) un encadenamiento de frases lapidarias y comparaciones hiperbólicas que en algún momento pueden llegar a resultar involuntariamente cómicas.

Es posible que a esos mismos lectores se les pueda atragantar el carácter atrabiliario del detective, su casi universal antipatía por todo el mundo -los rusos, los americanos, los ingleses, los alemanes, los judíos y sus escuadrones de la muerte, los franceses, las organizaciones secretas protectoras de los nazis, la Iglesia Católica, la República Federal Alemana, los capitalistas, los bolcheviques, los curas italianos, los homosexuales, los drogadictos, los borrachos, los agentes secretos y los espías- antipatía de la que sólo parecen librarse los antiguos camaradas de armas, incluso aunque no fueran de su propio ejército y, a veces, pero no siempre (dos de las novelas terminan con episodios de torturas y muertes de mujeres hermosas, tan brutales y crueles que uno se siente tentado a sospechar que hay una turbia inclinación sádica en Philip Kerr), las mujeres guapas a las que invariablemente conquista el detective con una desenvoltura que más parece cinematográfica que literaria.

Unos por otros, de Philip Kerr

Unos por otros, de Philip Kerr

En todo caso, estoy seguro de que a la mayoría de los aficionados a la narrativa policial, y especialmente a quienes compartan esa afición con el interés por la historia de la Segunda Guerra Mundial y el período nazi, no les costará mucho obviar esas objeciones, porque en el alma del detective alienta un poderoso sentido de la justicia y la dignidad que resiste a todas las violencias, a todas las corrupciones (Gunther es cualquier cosa menos un ingenuo, y no ignora que la Alemania nazi es el estado corrupto y criminal por excelencia) y hasta a sus propias debilidades humanas. Tan poderoso es este aliento justiciero, o esa valoración de la necesidad de respetar el código ético del oficio, pues ambos valores se entremezclan hasta hacerse indistinguibles, que hasta individuos tan notoriamente perversos como Göring o Heydrich, que intentan utilizar al detective para sus propios y siniestros motivos, se ven obligados a reconocerlo y a darle a Gunther un insólito margen de autonomía. Y lo mismo debe hacer el lector, entre otras razones porque su honestidad tiene para el detective un precio altísimo: heridas, sufrimiento, la pérdida de los seres queridos y una soledad y amargura a las que sólo puede sobreponerse desde el compromiso con la estoica y paradójica ética de su profesión.

Mi intención al comenzar a redactar este artículo era la de incluir más autores y más libros, pero finalmente he decidido que la longitud del texto resultante podría ser excesiva para la paciencia de mis lectores. Así pues, en los próximos días (me gustaría que fuera antes del puente foral, pero creo que no voy a tener tiempo ni oportunidad) publicaré un nuevo artículo de esta serie, dedicado a cinco novelas policíacas y thrillers de varios escritores muy interesantes: Don Winslow, Edward Bunker, John Connolly (viejo conocido de este blog) y Henning Mankell.

Eugenio Fuentes, El interior del bosque, Barcelona, Tusquets Editores (Col. “Andanzas”, 663), 2008, 331 páginas.
Philip Kerr, Violetas de marzo, Barcelona, RBA Libros (Col. “Bolsillo”), 2007.
Philip Kerr, Pálido criminal, Barcelona, RBA Libros (Col. “Bolsillo”), 2009.
Philip Kerr, Réquiem alemán, Barcelona, RBA Libros (Col. “Bolsillo”), 2010.
Philip Kerr, Unos por otros, Barcelona, RBA Libros (Col. “Bolsillo”), 2007.

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