CentOSAunque de manera bastante inconstante y anárquica, ya he tratado unas cuantas veces en La Bitácora del Tigre sobre mis andanzas por la tierra de Tux, el pingüino mascota de Linux. Comencé describiendo la red del Tigre, con sus arranques duales y sus concesiones al ritual del How-To-Pringao, seguí dando la brasa con la instalación de un Guadalinex rebelde y un Ubuntu ligeramente más dócil y terminé con una intervención que ya va convirtiéndose en tópico de los apologistas de este sistema operativo: la instalación del gestor de ventanas Beryl, adornada con las capturas de pantalla de su famoso cubo tridimensional.

Pero lo cierto es que, aparte de probar mil y una distribuciones, casi siempre muy por encima, apenas si había rascado en la superficie de este magnífico sistema operativo. Es verdad que en mi puesto de trabajo me toca a menudo ponerme ante una consola y acceder a equipos remotos (routers, cortafuegos, proxies), pero esta es un tarea bastante repetitiva, que proporciona una visión limitada de los equipos Linux.

Tenía ganas, pues, de adquirir una perspectiva más amplia de lo que se cuece en el interior de un sistema operativo concebido como servidor de red. Y hoy, por fin, he tenido la oportunidad de lograrla, en el curso de una sesión sobre instalaciones de sistemas Linux, en la que los asistentes hemos comprobado lo que se puede hacer con una distribución estable y de carácter profesional, como la versión 4.4. de CentOS. Nada de probatinas con hardware exótico y de volver el escritorio cabeza abajo. Nada de andar tocando las narices al sistema para exprimir hasta la última gota del rendimiento de la tarjeta gráfica. Nada de periféricos USB y de pichorradicas varias.

Trabajo duro y sistemático, en cambio: instalaciones a partir de DVD y de red, particionado manual con puntos de montaje diversos, creación de conjuntos de particiones en RAID, borrado y creación en caliente de las particiones agrupadas en conjuntos RAID, creación de volúmenes LVM, etc. Todo esto, que suena tan técnico y tan críptico, lo hemos hecho con vistas a un objetivo de gran interés e indudable trascendencia en la actividad cotidiana de un centro educativo: formar un núcleo de personas que puedan asesorar a los centros en la instalación y mantenimiento de servidores de red basados en Linux.

Y es aquí donde el sistema operativo del pingüino se revela como un contendiente sin rival: duro, correoso, resistente, infatigable, a años luz de los sistemas Windows de escritorio (que, por otra parte, no están diseñados para competir a ese nivel). Hace falta entender algunos conceptos básicos que se resisten a una primera mirada, y retener en la memoria (o en las chuletas que cada cual se fabrica) un ciento de comandos con sus parámetros y modificadores, pero la verdad es que, al nivel del que estamos hablando, no hay forma de competir con los incontables méritos de un Linux bien configurado.