Julio de 2005

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Lecturas ocasionales de vacaciones

En la entrada anterior, escrita (¡con faltas de ortografía!, por culpa del teclado italiano) desde un cibercafé de Florencia, prometía volver a la carga el veinticinco de julio, tras el parón vacacional por tierras del Sur de Francia y la Toscana italiana. Como puede comprobarse, habrá que sumar ésta a la larga lista de mis promesas incumplidas o aplazadas. Hombre, tengo algunas excusas: la fatiga del turista, lo inapropiado de una fecha como la festividad de Santiago Apóstol para retomar la bitácora, lo áspero de volver a la normalidad después de tanto día de “dolce far niente”.

Y eso que de “far niente” es sólo un modo de hablar: apenas un par de horas de playa (en la abarrotadísima de Cannes, que me puso de muy mal humor) y otra de piscina para mí, mientras Pilar echaba la siesta, y para de contar. El resto del tiempo lo hemos invertido en las inevitables obligaciones del turista con pretensiones: recorrer parajes pintorescos, fotografiar monumentos, guardar no menos monumentales colas, leer guías como quien lee los sagrados evangelios, dar vueltas y más vueltas a los mapas en los traicioneros cruces de las carreteras comarcales y, a veces, disfrutar de una merecida recompensa gastronómica en un coqueto restorán.

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Florencia, en directo

Desde un cibercafe del Borgo La Croce, saludos a los que siguen de cerca las entregas de La Bitacora del Tigre, y perdon por las faltas de ortografia. Pequenos inconvenientes de utilizar un teclado italiano.

Prometo volver al tajo el veinticinco de julio, si Dios quiere y no me faltan las fuerzas. Pasear por Florencia bajo el sol del verano le convierte a uno en seguro candidato a padecer los sintomas mas agudos del Sindrome de Stendhal.

Portada de la novelaNo conozco todas las novelas del tándem Douglas Preston y Lincoln Child, pero con las seis que he leído (El ídolo perdido, Nivel 5, El relicario, Más allá del hielo, Los asesinatos de Manhattan, y esta última que acabo de terminar, La mano del diablo) creo que ya he conseguido cogerle el tranquillo a esta pareja de novelistas norteamericanos, practicantes de un género que combina, a mi modo de ver con bastante acierto, lo policíaco, el suspense, el horror y los elementos tecnológicos. Thrillers de alta tecnología, podría ser la etiqueta adecuada para sus novelas, casi siempre de lectura apasionante, que complementan su innegable vocación de superventas con un cierto brillo cultural y, de vez en cuando, estimables cualidades literarias.

Probablemente La mano del diablo no sea la mejor de sus obras (una posición que en mi particular escala de valores habría que conceder a El ídolo perdido o a la estupenda Más allá del hielo), pero tampoco decepcionará a los seguidores de Preston y Child, aunque no sea más que por el hecho de que en ella abundan elementos muy característicos de su narrativa: los motivos siniestros –las muertes sangrientas, los subterráneos, las presencias maléficas o infernales–, la trama tecnológica –que en este caso está bastante cogida por los pelos, aunque tiene su gracia–, los personajes de novelas anteriores –en este caso, los agentes D’Agosta y Pendergast– o incluso una cierta propensión a adornar el relato con un barniz de culturalismo literario-artístico-histórico, que llega al curioso extremo de “resucitar” para la trama a un personaje literario: el conde Fosco, uno de los protagonistas de La dama de blanco, de Wilkie Collins.

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De hombres y ratones (ciegos)

Cartel de la películaLa serie del superhéroe disfrazado de ratón ciego (pues éste es el significado del étimo de “murciélago”) acaba de completarse en nuestras pantallas con su última entrega, Batman begins, un episodio retrospectivo (una precuela, si cedemos al barbarismo) que explica con gran detalle los atormentados antecedentes de la infancia y juventud del enmascarado volador: los cómos y los porqués de su disfraz, de su doble identidad, de su afán justiciero y su aversión al crimen, del origen de su fortuna y de los fascinantes artefactos que maneja.

He empezado escribiendo sobre ratones, pero también podría escribir sobre toros, máxime en estas fechas de tensión presanferminera, en las que las salas de cine pamplonesas manifiestan una preocupante atonía que precede a la masiva deserción de los espectadores durante las fiestas (¡con lo bien que viene el aire acondicionado en días de bochorno sahariano como los que venimos padeciendo!). Y digo lo de los toros porque Batman begins, desafiando la castiza certidumbre del refranero, no hace honor a la sabia máxima taurina de que “no hay quinto malo”.

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