El pasado viernes me enteré por El País de una noticia que no sé si ha tenido en la blogosfera educativa el eco que a buen seguro merece: el comienzo de la publicación, por parte de la Editorial Crítica, de una monumental Historia de la literatura española en nueve volúmenes, coordinada por José-Carlos Mainer. Es, como han destacado todas las reseñas y notas de prensa, la primera obra de estas características que se publica en tres décadas, y si a ello se le añade la personalidad y la impresionante trayectoria académica del catedrático de la Universidad de Zaragoza, autor del sexto volumen de la serie (Modernidad y nacionalismo. 1900-1939), se comprenderá mi interés por este grueso volumen de algo más de 800 páginas e impecable encuadernación.
Claro está que no se compra un libro de estas características para devorarlo de una sentada, sino más bien para leer algunos capítulos de especial importancia –por ejemplo, el prólogo general y la introducción, ambos interesantísimos, con ese inimitable “toque Mainer” que aúna perspicacia, rigor intelectual y apabullante dominio de las fuentes- espigar entre sus capítulos y tenerlo a mano, en lugar destacado de la biblioteca. Así lo he venido haciendo desde el pasado sábado, y debo subrayar que me parece muy atinado el tono ensayístico que recorre la obra, voluntariamente aligerada de notas y referencias bibliográficas en busca de un público “que quiere ir más allá de la divulgación al uso y que busca panoramas estimulantes, críticos y no cerrados” (p. X).

En los últimos días he finalizado la lectura de un libro que no dudo en calificar como extraordinario. Su título es Los mecanismos de la ficción. Cómo se construye una novela, un ensayo del crítico y novelista inglés
Miguel Delibes fue uno de los primeros escritores “serios” al que leí, por recomendación de un excelente profesor de Lengua (y de otros muchos saberes académicos y de la vida) en el colegio de los Escolapios de Pamplona, al que en alguna otra ocasión he mencionado en este blog: el padre Jesús Guergué. Quizás por esa razón la figura y la obra del escritor vallisoletano están asociadas en mi memoria no sólo a los inicios de la experiencia lectora, sino al interés por el estudio de la lengua y la literatura y la formación de la vocación docente. Ese primer libro era La mortaja, en la inolvidable edición de “El Libro de Bolsillo” de Alianza, con portada de Daniel Gil, y dio lugar a una anécdota muy celebrada en nuestra adolescencia, pues nuestro profesor nos había recomendado que acudiéramos a una conocida librería pamplonesa, a la cual llegó un compañero con una petición verdaderamente insólita: “quiero la mortaja de Guergué”.





