marzo de 2010

Está navegando por las entradas publicadas en marzo de 2010.

Portada del libroEl pasado viernes me enteré por El País de una noticia que no sé si ha tenido en la blogosfera educativa el eco que a buen seguro merece: el comienzo de la publicación, por parte de la Editorial Crítica, de una monumental Historia de la literatura española en nueve volúmenes, coordinada por José-Carlos Mainer. Es, como han destacado todas las reseñas y notas de prensa, la primera obra de estas características que se publica en tres décadas, y si a ello se le añade la personalidad y la impresionante trayectoria académica del catedrático de la Universidad de Zaragoza, autor del sexto volumen de la serie (Modernidad y nacionalismo. 1900-1939), se comprenderá mi interés por este grueso volumen de algo más de 800 páginas e impecable encuadernación.

Claro está que no se compra un libro de estas características para devorarlo de una sentada, sino más bien para leer algunos capítulos de especial importancia –por ejemplo, el prólogo general y la introducción, ambos interesantísimos, con ese inimitable “toque Mainer” que aúna perspicacia, rigor intelectual y apabullante dominio de las fuentes- espigar entre sus capítulos y tenerlo a mano, en lugar destacado de la biblioteca. Así lo he venido haciendo desde el pasado sábado, y debo subrayar que me parece muy atinado el tono ensayístico que recorre la obra, voluntariamente aligerada de notas y referencias bibliográficas en busca de un público “que quiere ir más allá de la divulgación al uso y que busca panoramas estimulantes, críticos y no cerrados” (p. X).

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Portada de La mortaja, de Miguel DelibesEn los últimos días he finalizado la lectura de un libro que no dudo en calificar como extraordinario. Su título es Los mecanismos de la ficción. Cómo se construye una novela, un ensayo del crítico y novelista inglés James Wood, cuyo propósito, tal como enuncia el autor en la “Introducción” es justamente el de dilucidar los aspectos esenciales de la ficción narrativa. He aquí cómo lo plantea el escritor:

¿Es real el realismo? ¿Cómo definimos una metáfora afortunada? ¿Qué es un personaje? ¿Cómo reconocer el uso brillante del detalle en la ficción? ¿Qué es el punto de vista, y cómo funciona? ¿Qué es la simpatía imaginativa? ¿Por qué nos conmueve la ficción? (p. 14).

A estas preguntas intenta responder Wood en el curso de una obra de algo menos de doscientas páginas, cuyos rasgos más sobresalientes son la amenidad, la ligereza, la claridad y la combativa falta de pedantería de un autor que, ante todo, quiere hacer accesibles a sus lectores algunos de los más emocionantes desafíos y las técnicas más sutiles de la ficción literaria, sin perder por ello un ápice de rigor expositivo y profundidad analítica.

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Portada de La mortaja, de Miguel DelibesMiguel Delibes fue uno de los primeros escritores “serios” al que leí, por recomendación de un excelente profesor de Lengua (y de otros muchos saberes académicos y de la vida) en el colegio de los Escolapios de Pamplona, al que en alguna otra ocasión he mencionado en este blog: el padre Jesús Guergué. Quizás por esa razón la figura y la obra del escritor vallisoletano están asociadas en mi memoria no sólo a los inicios de la experiencia lectora, sino al interés por el estudio de la lengua y la literatura y la formación de la vocación docente. Ese primer libro era La mortaja, en la inolvidable edición de “El Libro de Bolsillo” de Alianza, con portada de Daniel Gil, y dio lugar a una anécdota muy celebrada en nuestra adolescencia, pues nuestro profesor nos había recomendado que acudiéramos a una conocida librería pamplonesa, a la cual llegó un compañero con una petición verdaderamente insólita: “quiero la mortaja de Guergué”.

Nunca me olvidaré de la impresión que me produjeron aquellos cuentos, de la estupefacción callada y temerosa del jovencísimo Senderines ante la imagen del corpachón muerto de su padre, en la novela corta con que se abre el volumen, de la entrañable relación que establecen a través de la radio de onda corta los protagonistas de “El patio de vecindad”, de los niños curiosos y un poco perversos que alimentan con lecherines a “El conejo”, de la terrible escena de caza en “La perra”, de los diálogos vivísimos que recorren las páginas más logradas de muchos de estos cuentos, y de la singular emanación emotiva que más tarde supe reconocer como uno de los rasgos característicos de la obra narrativa de Miguel Delibes.

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Figura 11 - El editor de WordPress, sólo con las taxonomías personalizadas

4. Ajustes finales.

En esta tercera (y seguramente última) entrega de la serie de entradas que vengo dedicando a las taxonomías personalizadas de WordPress, pretendo explicar algunos de los ajustes que he realizado en el blog Los libros del Tigre para conseguir los objetivos que perseguía cuando comencé la elaboración de un blog organizado según una clasificación taxonómica del contenido.

4.1. Modificación del interfaz de edición de entradas.

Como ya he expuesto en los otros dos artículos de esta serie, el etiquetado semántico basado en criterios taxonómicos no es incompatible con otras técnicas de marcado habitualmente utilizadas en los blogs de WordPress, esto es la clasificación de las entradas por categorías y por etiquetas libres. Ahora bien, supongamos que deseamos montar un blog cuyos usuarios estén limitados al etiquetado taxonómico, es decir, que no puedan introducir etiquetas salvo en los campos correspondientes a las taxonomías personalizadas. Esta restricción puede ser muy útil en blogs de aula cuyo interfaz pretendemos que sea lo más estricto posible, a fin de guiar a los usuarios (probablemente nuestros alumnos y alumnas) en sus tareas. ¿Es posible conseguir que éstos no tengan siquiera la posibilidad de clasificar las entradas por categorías o por etiquetas libres?

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Figura 2 - Campos correspondientes a las taxonomías personalizadas en el editor del blog

3. La construcción de un blog taxonómico.

En la primera entrada de esta serie expuse las ventajas que para un blog educativo puede tener la organización del contenido en base a las taxonomías personalizadas de WordPress. Mostré también el ejemplo de Los libros del Tigre, un blog taxonómico cuyo propósito no es otro que verificar en la práctica este tipo de sitios web, y abordar los problemas y dificultades que pueden derivarse de su práctica. Pues bien, toca ahora explicar cómo he elaborado dicho blog, ya que en el proceso de desarrollo he tenido que afrontar ciertas dificultades cuya resolución tal vez pueda orientar a aquellos colegas que deseen abordar una empresa semejante.

3.1. Exportación e importación del contenido del blog.

Dado que el propósito de Los libros del Tigre no era crear contenido ex novo, sino organizarlo según una estructura taxonómica, consideré conveniente partir de artículos ya existentes. En concreto, utilicé las últimas entradas de La Bitácora del Tigre pertenecientes a la categoría Libros. Para exportarlas, utilicé el plugin Advanced Export for WP & WPMU, que permite aplicar a las funciones de exportación de WordPress distintos filtros: por fechas, por autores, por categorías, por tipo de contenido y por estatus de publicación. Una vez instalado y activado el plugin, y desde el menú Herramientas > Advanced Export, seleccioné las opciones que figuran en la figura 1.

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1. El concepto de taxonomía en WordPress.

Desde la versión 2.3, publicada en septiembre de 2007, WordPress modificó el sistema que hasta entonces venía utilizando para clasificar el contenido, y puso en práctica otro significativamente distinto (y mucho más potente), organizado en torno a tres tablas: wp_terms, que contiene los términos utilizados por la clasificación; wp_term_taxonomy, que permite adjudicar un término a una taxonomía, lo cual determina si un término es una etiqueta, una categoría o ambas cosas; y wp_term_relationships, que relaciona los objetos del blog –es decir, las entradas y los enlaces– con los términos de la taxonomía. Todo ello estaba apoyado por un API taxonómica (posteriormente mejorada en la versión 2.8) que definía una serie de funciones para interrogar a la base de datos y generar consultas sobre ella (para más detalles, véase el artículo WordPress 2.3 Taxonomy Schema, en el que Ryan Boren explica esta importantísima innovación, la correspondiente entrada en el Codex de WordPress, y el modelo gráfico de relaciones publicado por Felipe Lavín en Esquema taxonómico de WordPress).

Por defecto, WordPress 2.3 estableció tres tipos de taxonomías: por una parte, categorías y etiquetas (tags), ambas asociadas a las entradas o artículos del blog, y categorías de enlaces, asociadas a los hipervínculos del blogroll. Tal como expone Joost de Valk en What are "custom taxonomies"?, la diferencia esencial entre las categorías y las etiquetas es que las primeras presuponen una clasificación jerárquica del contenido (de hecho, en WordPress, como en otros gestores de contenidos, se pueden crear categorías, subcategorías, sub-subcategorías, etc.), mientras que las segundas no suponen una intención o propósito jerárquico. Otra explicación de la diferencia entre categorías y etiquetas la encontramos en el artículo Custom taxonomies in WordPress (la traducción es mía):

Una taxonomía es una clasificación, y WordPress ya lleva integradas dos taxonomías: etiquetas y categorías. Las categorías tienden hacia una taxonomía más formal, para cuya configuración son necesarias cierta previsión y planificación, mientras que las etiquetas tienden más bien hacia un tipo de folksonomía, la cual se construye de manera más informal y más ad hoc.

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Cartel de la películaLa película de James Cameron –y advierto a mis lectores habituales que lo que viene a continuación no pretende ser una reseña cinematográfica como tantas otras de La Bitácora del Tigre- ha sido tema casi obligado de mis conversaciones durante los últimos dos meses. Muchos amigos y conocidos me han pedido opinión antes de ir a verla –en encuentros personales, por correo electrónico, o a través de Twitter–, como si tuvieran cierta vergüenza por ceder a las tentaciones que la industria del cine de Hollywood ha puesto ante nuestros ojos con empuje prácticamente irresistible. A todos les he dicho más o menos lo mismo: que Avatar es una película entretenidísima a pesar de su mastodóntica duración, que las gafas para ver el RealD no son la cutrez de antaño y que podrán disfrutar como los proverbiales enanos que una vez fueron. A todos les he recomendado, además, que acudan al cine sin anteojeras ideológicas, sin afanes de trascendencia, con el exclusivo y sanísimo deseo de pasárselo bien.

Casi todos han salido de la proyección muy contentos (hasta donde yo sé, muy pocas personas se han mostrado abiertamente disconformes con la criatura de James Cameron), los ojos brillantes, las mejillas encendidas y la convicción de haber recuperado por unas horas las sensaciones que las buenas películas de la infancia les hacían vivir: el brillo de la aventura, las lecciones morales de una épica combativa en la que los buenos triunfan sobre los malos con derroche de heroísmo y una pizca de suerte, la belleza de las imágenes, la imaginación visual elevada a una potencia exacerbada. Pero, claro, ni ellos ni yo somos niños, y naturalmente todos nos hemos esforzado en poner cara de tipos serios y maduros, y plantear sesudos peros a la película: que el guión es flojo y la historia convencional, que la historia carece de personajes de entidad, que el final resulta inverosímil hasta decir basta, etc.

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