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Por Eduardo Larequi, el 13 de mayo de 2005
Desde el 21 de abril al 12 de mayo he impartido un curso en el Centro de Profesores y Recursos de Calahorra, con el título de “Qué hacer con pizarra digital en el aula de Lengua”. A lo largo de las cuatro sesiones del curso, que han supuesto un total de doce horas, hemos examinado las potencialidades de Internet como recurso didáctico en tareas como búsqueda de información, investigación (webquest), producción textual, aprendizaje cooperativo, edición y publicación de páginas web, creación de documentación, utilización de gestores de contenidos, etc. Los interesados en estos temas pueden ver un completo guión de trabajo (que incluye multitud de enlaces y recursos) aquí.
Tengo que agradecer a los asistentes al curso, y en especial al director del CPR de Calahorra, Juanjo Mateo, su magnífica disposición y su colaboración. La verdad es que he quedado muy gratamente sorprendido por el interés de los profesores y profesoras y por la organización del curso.
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Por Eduardo Larequi, el 12 de mayo de 2005
En la columna que publicó ayer en El País, con el título de “Qué cansancio”, de la que me permito copiar su parte más jugosa:
Cuando uno escribe en España un artículo sobre educación en el que se exponen dos realidades que casi todo el mundo conoce —que muchos profesores sienten que se les ningunea, ejerciendo como ejercen de papás, asistentes sociales y psicólogos, y por otro, que los niños acaban la primaria víctimas de una gran ignorancia—, uno recibe dos tipos de cartas, las de profesores que te agradecen que des voz a sus padecimientos, y las de “expertos” que consideran que en tu argumentación va implícita la defensa de la enseñanza franquista. Qué cansancio. En España, los debates acaban siempre en el fango político, no se admite como derecho democrático que no todas nuestras opiniones deben estar dictadas por el partido al que votamos. Sería saludable entender que el hecho de que un ciudadano vote al PSOE no debiera obligarle a defender la LOGSE y el hecho de que un ciudadano vote al PP no debiera significar el admitir la religión como una asignatura más. Pero no hay medias tintas, si eres de unos debes serlo a muerte. Francamente, no pasaría nada por reconocer que muchos sistemas pedagógicos progresistas surgieron del rechazo legítimo a la educación autoritaria. Ese rechazo provocó errores no sólo en España, sino en todos los países occidentales. Ahora el debate internacional consiste en qué es lo que debemos rectificar. No cabe la menor duda de que la gente progresista que tiene dinero juega con ventaja, lleva a sus hijos a colegios privados donde el esfuerzo ha vuelto a premiarse sin complejos, pero ¿qué ocurre con los niños de clase trabajadora para los que la educación pública es su única arma de igualación social?”
Efectivamente, el debate sobre el sistema educativo en España es víctima de una serie de vicios que parecen perpetuos: una politización insoportable, la ignorancia supina de buen número de los que a sí mismos se llaman expertos, y una mezcla de hipocresía y esquizofrenia que lleva a muchos de los miembros de la comunidad educativa (sobre todo docentes), a afirmar en público casi lo contrario de lo que piensan en privado.
Lo peor del caso no son las interminables disputas sobre reformas, leyes y reglamentos, ni la presión sobre la actividad cotidiana de los docentes de un pedagogismo que a veces se vuelve asfixiante, ni tan siquiera el palmario desconocimiento de numerosos creadores de opinión que han convertido sus tribunas en púlpito de inquisidores. Lo peor, como afirma Elvira Lindo, es el destierro, cada vez a territorios más remotos, de la cultura del esfuerzo, de las virtudes cívicas de la superación, el trabajo bien hecho y la emulación positiva, demasiado a menudo contempladas con displicencia (¡incluso en el propio ámbito educativo!), cuando no con abierta sospecha. De esta situación saben muy bien aprovecharse ciertas élites, cada vez menos compactas en el ámbito ideológico, pero mucho más eficaces en la protección de su estatus. Son las mismas élites que no tienen ningún empacho en presentar como el colmo de la modernidad las versiones actualizadas del “panem et circenses”. Qué cansancio, sí, y qué vergüenza.
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Por Eduardo Larequi, el 8 de mayo de 2005
Queda la por ahora última película de Ridley Scott, que acaba de estrenarse en nuestras carteleras. Y, si se me permite el chiste, demasiado cerca del limbo, con una historia difusa y errática que, a pesar de su espectacularidad, de su apelación al estrellato y de sus buenas intenciones, suscita una incómoda sensación de vacío e indiferencia.
Lo cierto es que no resulta fácil señalar los porqués de tal sensación, pues El reino de los cielos es una cinta de factura impecable, como casi todas las que ha firmado su director, con una majestuosa reconstrucción de época, una puesta en escena por momentos bellísima, un discurso ideológico aparentemente irreprochable y un elenco actoral de prestigio que, aunque no destaque por su inspiración, al menos consigue llenar la pantalla. Sin embargo, el resultado final no funciona. O, por decirlo de forma más matizada, no apasiona, no engancha.
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Por Eduardo Larequi, el 1 de mayo de 2005
Las que corren los protagonistas de Sahara, de Breck Eisner, una muy entretenida película a la que hay que acercarse dejando en el guardarropa los escrúpulos de verosimilitud. Pues, en efecto, lo que importa aquí no es la credibilidad de las situaciones o las peripecias, sino las ganas de disfrutar con una historia dinámica, en general bastante divertida y que bajo su inane apariencia esconde alguna peligrosa carga de profundidad.
Sahara presenta todos los ingredientes esperables en el cine de aventuras: protagonistas valientes y atractivos, villanos crueles, escenarios exóticos (Nigeria, Níger, Mali) y un modelo argumental, la búsqueda de un tesoro de los confederados sudistas, improbablemente varado entre las arenas del desierto, que siempre rinde buenos dividendos en el cine. No hace falta ser un lince para encontrar los referentes: por supuesto, las series de Indiana Jones y James Bond (la banda sonora hace guiños más que explícitos a esta última), Tras el corazón verde, la reciente La búsqueda o incluso una serie con tan poco glamour y tanto éxito como MacGyver. Tampoco hay que ser un genio para darse cuenta de la tendencia al cómic que late en todos los títulos citados, y que aquí se pone de manifiesto en una verdadera catarata de inverosimilitudes.
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Por Eduardo Larequi, el 27 de abril de 2005
No quiero pecar de inmodesto, pero al igual que a Jorge Luis Borges, a mí también me chiflan los tigres. Y dado que el felino rayado es el emblema de esta bitácora, no me resisto a incluir aquí dos fotos de algunos de los bibelots que adornan nuestras estanterías:
- Aquí tenemos la cabeza de un tigre de peluche (alias “Simba”, ya sé que no es nada original), de esos que se consiguen en las barracas de feria derribando botes o arrojando pelotas de goma contra una diana. En su día el animalito estuvo a punto de costar un cisma en la familia, pues mis sobrinos querían que su padre (que tiene peor puntería que yo), les consiguiera otro igual. Cabe imaginar su decepción cuando las bolas fueron a estrellarse fuera del blanco.
Este otro tigre tan gracioso (tras la espalda hay un león, casi tan cuco como su primo, al que hace compañía), de pasta o de cerámica pintada, adorna la base de un artilugio de alambre que nos sirve para sostener fotos, post-its, papeles con anotaciones y ese tipo de cosas que suelen danzar por sobre las mesas y los muebles. De momento, no le hemos puesto nombre, pero todo llegará (se admiten sugerencias).
Prometo ir aumentando el zoo con nuevos ejemplares.
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Por Eduardo Larequi, el 27 de abril de 2005
Movido por la buena impresión que me causó La intérprete, el otro día me puse a revisar la filmografía de Sydney Pollack, con la inestimable ayuda que para tales menesteres presta la Internet Movie Database. Efectivamente, el director norteamericano hizo muy buenas películas durante los setenta, a pesar de que fue una década de gusto más bien dudoso (greñas, pellizas, patillas, los insufribles pantalones de campana que vuelven por sus fueros, todavía más anchos y más feos) lo cual no le impidió rodar algunos títulos interesantísimos, como Las aventuras de Jeremías Johnson (1972), Tal como éramos (1973), Yakuza (1975), o El jinete eléctrico (1979). De todas ellas, sólo me quedaba por ver Los tres días del Cóndor, afrenta de la que conseguí desquitarme antesdeayer, gracias a un oportunísimo DIVx.
Esta historia de un agente de la CIA (en realidad, un ratón de biblioteca), acusado de un crimen que no ha cometido y arrojado a un mundo feroz de espías y asesinos sin escrúpulos, ha sido considerada por muchos críticos como un claro antecedente de La intérprete. El parecido es más que notorio, aunque me gustaría precisar que el filme de 1975 resulta, a pesar de los años transcurridos y de los cambios en el gusto dominante, bastante más sólido, audaz y auténtico (si es que tal palabra significa ya algo en nuestros días) que el de 2005. Además de atreverse a poner en solfa los turbios manejos de “La Compañía”, cuyos espurios intereses y sórdidos procedimientos desenmascara, Pollack consigue mantener en pie una intriga apasionante con una puesta en escena deliberadamente fría, casi ascética por momentos, en un tono de cinéma verité muy propio del cine de denuncia política de aquellos años (La conversación, de Francis Ford Coppola, o El último testigo, de Alan J. Pakula, se estrenaron en 1974).
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Por Eduardo Larequi, el 24 de abril de 2005
John Boorman ha sido siempre uno de mis directores favoritos, y de hecho no hay una sola película suya que no me haya gustado. Casi todas las que he visto tienen una intensidad muy singular, un toque áspero y sincero que hace que uno recuerde algunas de sus mejores momentos: los feroces diálogos de sordos entre Lee Marvin y Toshiro Mifune en Infierno en el Pacífico, la animalidad a la que descienden los urbanitas de Deliverance, el universo apocalíptico y retorcido de Zardoz, las cabalgadas de los caballeros pseudomedievales de Excalibur, entre almendros en flor y a los sones del Carmina Burana, el exuberante y onírico mundo vegetal de La selva esmeralda, el humor vitalista de Esperanza y gloria o El general, la desesperación, la crueldad y el miedo casi físico que destila Más allá de Rangún.
Sin embargo, en los últimos tiempos Boorman parece haber perdido fuelle. El sastre de Panamá no era mala película, pero me dejó algo frío. Y esta su última cinta, titulada en España In my country (qué manía la de no traducir el título cuando se hace con toda la película, con lo hermoso que es el del libro de la poetisa surafricana Antjie Krog en que está inspirada, The country of my skull, es decir, ‘El país de mi calavera’ o, mejor, ‘El país de mis huesos’), deja una impresión similar: la de una historia de gran emotividad, llena de sucesos desgarradores y terribles, que no obstante no encuentra ni el tono ni una estructura narrativa convincentes.
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Por Eduardo Larequi, el 21 de abril de 2005
Esa es la impresión que queda después de leer la monumental última novela del escritor norteamericano: que Tom Wolfe ha escrito un libro de lectura apasionante, casi adictiva, con el único fin de apabullar a un enemigo que no merece semejante despliegue. Novecientas páginas para narrar el ascenso, caída y recuperación de una joven estudiante matriculada en una prestigiosa (y ficticia) universidad de la costa este norteamericana se me antojan excesivas para una historia que, a pesar de su intención vigorosamente satírica y de la eficacia de su estilo, resulta para mi gusto excesivamente convencional.
Lo cual no quita para que, como acabo de señalar, se trate de una novela muy entretenida, muy popular en el mejor sentido de la palabra, que se lee a todo meter, a menudo con una sonrisa en los labios. Qué mejor escenario para refocilarse con los tonos y modos habituales de la sátira wolfiana que el de una universidad “pija” yanqui, poblada de una fauna que ya nos hemos encontrado en La hoguera de las vanidades y Todo un hombre: los estudiantes deportistas (sintagma al que hay que atribuir la categoría de oxímoron, a juzgar por el retrato inmisericorde que de este grupo realiza el libro), los miembros de las hermandades estudiantiles, verdaderos cretinos cuando no canallas repugnantes, los intelectuales seudoprogresistas, que comprenden todas las variantes y los tics extraídos del catálogo de la corrección política, los abogados mendaces y manipuladores al servicio de las grandes corporaciones y de los políticos corruptos de turno, y, sobre todo, el variado universo juvenil que puebla la novela, practicante de un obsceno dialecto del inglés contemporáneo (el “putañés”, según Wolfe) y obsesionado con el sexo, con las demostraciones de masculinidad (en el caso de los chicos) o de sex-appeal (en el de las chicas) y con la idea de que ante todo y sobre todo, es preciso ser “guay”.
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Por Eduardo Larequi, el 19 de abril de 2005
Mucho hablar de la perversidad intrínseca de Microsoft, pero en la industria informática hay otros colosos con un apetito tan desenfrenado como el de la compañía de Bill Gates. Ahí tenemos los casos del fabricante de routers Cisco, con sus múltiples tentáculos distribuidos por la Red, o el de la empresa Oracle con sus bases de datos colosales y su atrabiliario presidente Larry Ellison, o el del monstruo Hewlett-Packard/Compaq, responsable de ese invento genial del marketing que consiste en fabricar impresoras cuyos cartuchos de tinta son casi más caros que las propias máquinas.
Y ahora viene a sumarse al delirio de absorciones y expansiones Adobe, con un nuevo ladrillo que añadir a los que ya le habían servido para levantar su emporio de la distribución de documentos y el software gráfico. Tal como han puesto de relieve todos los medios de comunicación, Adobe acaba de engullir a Macromedia y se queda solo en el ámbito de la edición web, lo cual significa ganancia para los accionistas, por supuesto, pero menos competencia para el usuario. Si Dreamweaver, Flash y Photoshop ya eran caros, carísimos, no quiero ni pensar a qué precio nos los van a poner a los sufridos consumidores de estos productos.
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Por Eduardo Larequi, el 18 de abril de 2005
La que se desarrolla en la última producción cinematográfica de Sydney Pollack, La intérprete, un magnífico thriller que nos remite a un modo de hacer cine cada vez más inusual en el género: sólido guión, interpretaciones contenidas y una puesta en escena que sabe construir el suspense desde dentro de la historia, sin recurrir a efectismos truculentos y a movimientos de cámara espasmódicos, para nuestra desgracia tan abundantes en los últimos tiempos.
La historia tiene el aroma de los mejores thrillers: Silvia Broome (Nicole Kidman), una intérprete de las Naciones Unidas, escucha por casualidad un plan para eliminar a un corrupto y tiránico político africano ante las mismas narices de la Asamblea General, lo que hace intervenir al agente federal Tobin Keller (Sean Penn), quien al principio acoge el testimonio de la intérprete con bastantes dudas. Una historia golosa, ciertamente, que proporciona al director Sydney Pollack la oportunidad de mover las cámaras entre ambientes sofisticados, con personajes tocados por ese aire cosmopolita y un tanto estirado de la alta diplomacia. El hecho de que por primera vez en la historia una producción cinematográfica de ficción haya obtenido los permisos necesarios para rodarse en la sede de la ONU otorga al filme una verosimilitud añadida, que no habría existido de no darse ese planteamiento al que hacía referencia al principio de la reseña: el de una película honesta y seria, que no trata al espectador como a un idiota, y que incluso se permite proyectar sobre la escena de los conflictos internacionales una mirada más honda y comprometida que la del discurso habitual en el cine norteamericano.
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